Día 35 de Verano, Año 15.
País de Kano.
Capítulo 5: "Yōen no Shishi".
La oscuridad aún cubría el País de Kano cuando abrí los ojos. El calor de mi espalda latía con vida propia, como si me empujara desde dentro. Me levanté en silencio, envolviendo mi trenza blanca sobre el hombro mientras el fuego se agitaba en mis omóplatos, me lave la cara, cogí mi mochila y me coloque a Kurimuzon bien agarrada al cinto. Pin ya me esperaba afuera, apoyado en la barandilla del taller de Suiro, con su mirada clavada en el cielo nocturno que empezaba a rendirse al amanecer.
Me enchufé un cigarro y saqué otro para Pin.
Caminamos hasta la playa, solo nosotros, la arena y el sonido de las olas. Aquel rincón del mundo, tan pacífico y salvaje a la vez, parecía preparado para lo que iba a intentar. Era hora de enfrentar el muro: la forma híbrida.
Me coloqué en el centro de la playa, clavando los pies en la arena. Respiré hondo. Sentí el fuego recorrer mi columna como un torrente vivo. Lo dejé fluir, buscando ese punto intermedio entre mi cuerpo humano y la bestia que dormía en mi interior. El poder de mi fruta, del modelo pantera, vibraba bajo la piel.
Pin se mantuvo a un lado, observando.
—No lo fuerces. Me dijo.
—Escúchala.
Me concentré. Las llamas de mi espalda comenzaron a danzar. El calor envolvía mi pecho, se expandía hacia mis brazos, mis piernas, mi rostro. Mi respiración se agitó. El fuego rugía, reclamando forma. Y entonces... nada.
El ardor se disipó. Caí de rodillas.
—¡Maldita sea! Golpeé la arena con el puño. Sentía que estaba tan cerca… y aún tan lejos.
—Otra vez. Dijo Pin, con calma.
Me puse en pie. El proceso volvió a empezar. Llamas, respiración, concentración. Intenté fusionar mis sentidos con la parte animal: garras, velocidad, agilidad salvaje. Intenté mantener el control humano: razón, instinto táctico, foco. Pero se me escapaba como humo entre los dedos.
A la quinta vez ya estaba jadeando. El cuerpo me ardía como si alguien hubiera encendido una forja dentro de mí.
—¿Sabes por qué no puedes hacerlo? Preguntó Pin, al fin.
Lo miré, furioso, frustrado.
—¿Por qué?
—Porque estás intentando controlar algo que todavía no conoces.
Lo dijo como si fuera una lección que él ya había vivido. Me mordí el interior de la mejilla. Me ardía todo el cuerpo, pero aún así, lo intenté una vez más. Y otra. Y otra. Solo conseguí que la forma se rozara, pero jamás se manifestara por completo. La parte animal se resistía. No era cuestión de fuerza. Era cuestión de entendimiento mutuo.
Cuando el sol finalmente comenzó a subir por el horizonte, yo ya estaba tumbado sobre la arena, sudando, con el fuego chisporroteando en mi espalda, furioso por no encontrar salida. Pin se sentó a mi lado, y por primera vez me dirigió una mirada que no era de juicio, sino de respeto.
—Fallaste. Pero hoy te acercaste más que nunca. Eso también es avanzar.
No contesté. Cerré los ojos, dejando que el mar se llevara mi frustración, al menos por un rato.
Más tarde, ya limpio y vestido, nos reunimos con Suiro afuera del taller. El viejo nos había preparado un almuerzo que olía a gloria.
—¡Mirad quiénes vienen arrastrando las piernas! Dijo, levantando un bol de arroz en alto.
—¿Entrenamiento o pelea con un dragón?
Me senté sin ganas, pero el hambre me rugía tanto como mi forma animal interior. Pin no dijo nada, como de costumbre. Suiro, en cambio, se encargó de llenar el aire con historias absurdas.
—Una vez me enfrenté a un pulpo gigante con un solo palillo.
—Fue en la Isla Conomi. ¿Sabéis lo que hice? Le recité un poema. Y se fue llorando.
—¿Llorando por el poema? Pregunté, con una ceja alzada.
—¡No! ¡Por lo malo que era!
Pin soltó una risa corta. Yo me atraganté con el arroz.
—¿Sabes que cada vez que abres la boca sube el precio de mis dolores de cabeza?
—Y aún así vuelves a comer conmigo, eso es lo que me halaga. Dijo Suiro, riendo como un niño.
La comida nos devolvió parte de la energía perdida. La tensión del entrenamiento se alivió un poco. El sol caía fuerte sobre el taller, y yo sabía que aún quedaba otra sesión.
Por la tarde, en lugar de insistir con la forma híbrida, decidí trabajar en otra cosa. Una idea que me venía rondando desde hacía semanas. Pero ahora, después de consumir la Neko-Neko, conseguí darle forma en mi mente.
Crear vida con mi fuego.
No verdadera vida, claro. Pero algo que distrajera, que protegiera, que engañara. En un combate, el daño directo no lo es todo. A veces, lo más letal es lo que tu enemigo no puede anticipar.
Me coloqué en el mismo claro de siempre. Desenfundé a Kurimuzon, pero no para atacar, sino para trazar un círculo frente a mí, una especie de ritual visual. El fuego de mi espalda respondió al instante.
—Vamos a jugar un poco. Murmuré.
Concentré el calor en mis omóplatos, canalizándolo como si moldeara barro candente. Empujé el fuego hacia fuera… y algo ocurrió. Una chispa se desprendió. Flotaba. Una especie de fuego fatuo. Pequeño. Curvado. Una cría...
Luego otra.
Y otra.
Y otra.
Cuatro fuegos fatuos, flotando alrededor de mí. Pequeñas crías hechas de llama viva. No hacían ruido. Solo flotaban, lentas, girando a mi alrededor.
Sonreí.
—Sois preciosas… y peligrosas.
Lancé una hacia un tronco. En cuanto tocó la madera, explotó, pero no creó ningún daño ya que ese no era su cometido.
—¡Eso sí que ciega! Exclamó Pin.
—¿Qué demonios es eso?
—Aún no tienen nombre… pero nacen de mí. De mi fuego.
—¿Y hacen daño?
—No. Solo distraen. Confunden. Y luego… yo remato.
Me observó con esa mirada suya, entre juicio y fascinación.
—Es buena. Muy buena. Pero necesitas controlarlas mejor.
—Lo haré. Le aseguré.
—Son solo crías… pero van a crecer.
Miré a una de ellas flotar junto a mi rostro, como si me reconociera. Luego se deshizo en una bruma cálida.
—Yōen no Shishi. Dije.
—Cachorros de llama fantasmal.
Pin asintió sin decir más. El nombre quedó flotando en el aire como si siempre hubiese estado allí.
Esa noche, como ya era costumbre, nos sentamos afuera del taller. El cielo estaba estrellado, y la brisa del mar llegaba cargada de calma. Estaba agotado, con algunas heridas, pero me sentía vivo. No había conseguido la forma híbrida, pero había creado algo nuevo. Algo mío.
—¿Y entonces qué pasó con aquel tipo del sombrero de flamencos? Pregunté mientras Suiro bebía un trago.
—Se fue corriendo desnudo por los arrozales, gritando que era una nube.
—¿Y tú?
—Yo me puse a llover.
Reímos. Pin solo negó con la cabeza, sonriendo por dentro, como siempre.
Por un momento, todo era perfecto. El fuego suave en mi espalda, las historias, el sonido de las olas.
Pero entonces, pude olerlo.
Una intención.
No sabría explicarlo, pero desde que me comí la fruta mis sentidos se habían vuelto más.. felinos. En concreto mi olfato en ciertas situaciones captaba más información de la que estaba acostumbrado.
Y allí, tras las rocas de la playa, alguien observaba. No lo vi, pero lo supe. Y esa sensación se me clavó como una garra en la nuca.
No dije nada. Aún no.
Pero sabía que no estábamos solos.
Y quien fuera que estuviera allí, no había venido por las historias.
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País de Kano.
Capítulo 5: "Yōen no Shishi".
La oscuridad aún cubría el País de Kano cuando abrí los ojos. El calor de mi espalda latía con vida propia, como si me empujara desde dentro. Me levanté en silencio, envolviendo mi trenza blanca sobre el hombro mientras el fuego se agitaba en mis omóplatos, me lave la cara, cogí mi mochila y me coloque a Kurimuzon bien agarrada al cinto. Pin ya me esperaba afuera, apoyado en la barandilla del taller de Suiro, con su mirada clavada en el cielo nocturno que empezaba a rendirse al amanecer.
Me enchufé un cigarro y saqué otro para Pin.
Caminamos hasta la playa, solo nosotros, la arena y el sonido de las olas. Aquel rincón del mundo, tan pacífico y salvaje a la vez, parecía preparado para lo que iba a intentar. Era hora de enfrentar el muro: la forma híbrida.
Me coloqué en el centro de la playa, clavando los pies en la arena. Respiré hondo. Sentí el fuego recorrer mi columna como un torrente vivo. Lo dejé fluir, buscando ese punto intermedio entre mi cuerpo humano y la bestia que dormía en mi interior. El poder de mi fruta, del modelo pantera, vibraba bajo la piel.
Pin se mantuvo a un lado, observando.
—No lo fuerces. Me dijo.
—Escúchala.
Me concentré. Las llamas de mi espalda comenzaron a danzar. El calor envolvía mi pecho, se expandía hacia mis brazos, mis piernas, mi rostro. Mi respiración se agitó. El fuego rugía, reclamando forma. Y entonces... nada.
El ardor se disipó. Caí de rodillas.
—¡Maldita sea! Golpeé la arena con el puño. Sentía que estaba tan cerca… y aún tan lejos.
—Otra vez. Dijo Pin, con calma.
Me puse en pie. El proceso volvió a empezar. Llamas, respiración, concentración. Intenté fusionar mis sentidos con la parte animal: garras, velocidad, agilidad salvaje. Intenté mantener el control humano: razón, instinto táctico, foco. Pero se me escapaba como humo entre los dedos.
A la quinta vez ya estaba jadeando. El cuerpo me ardía como si alguien hubiera encendido una forja dentro de mí.
—¿Sabes por qué no puedes hacerlo? Preguntó Pin, al fin.
Lo miré, furioso, frustrado.
—¿Por qué?
—Porque estás intentando controlar algo que todavía no conoces.
Lo dijo como si fuera una lección que él ya había vivido. Me mordí el interior de la mejilla. Me ardía todo el cuerpo, pero aún así, lo intenté una vez más. Y otra. Y otra. Solo conseguí que la forma se rozara, pero jamás se manifestara por completo. La parte animal se resistía. No era cuestión de fuerza. Era cuestión de entendimiento mutuo.
Cuando el sol finalmente comenzó a subir por el horizonte, yo ya estaba tumbado sobre la arena, sudando, con el fuego chisporroteando en mi espalda, furioso por no encontrar salida. Pin se sentó a mi lado, y por primera vez me dirigió una mirada que no era de juicio, sino de respeto.
—Fallaste. Pero hoy te acercaste más que nunca. Eso también es avanzar.
No contesté. Cerré los ojos, dejando que el mar se llevara mi frustración, al menos por un rato.
Más tarde, ya limpio y vestido, nos reunimos con Suiro afuera del taller. El viejo nos había preparado un almuerzo que olía a gloria.
—¡Mirad quiénes vienen arrastrando las piernas! Dijo, levantando un bol de arroz en alto.
—¿Entrenamiento o pelea con un dragón?
Me senté sin ganas, pero el hambre me rugía tanto como mi forma animal interior. Pin no dijo nada, como de costumbre. Suiro, en cambio, se encargó de llenar el aire con historias absurdas.
—Una vez me enfrenté a un pulpo gigante con un solo palillo.
—Fue en la Isla Conomi. ¿Sabéis lo que hice? Le recité un poema. Y se fue llorando.
—¿Llorando por el poema? Pregunté, con una ceja alzada.
—¡No! ¡Por lo malo que era!
Pin soltó una risa corta. Yo me atraganté con el arroz.
—¿Sabes que cada vez que abres la boca sube el precio de mis dolores de cabeza?
—Y aún así vuelves a comer conmigo, eso es lo que me halaga. Dijo Suiro, riendo como un niño.
La comida nos devolvió parte de la energía perdida. La tensión del entrenamiento se alivió un poco. El sol caía fuerte sobre el taller, y yo sabía que aún quedaba otra sesión.
Por la tarde, en lugar de insistir con la forma híbrida, decidí trabajar en otra cosa. Una idea que me venía rondando desde hacía semanas. Pero ahora, después de consumir la Neko-Neko, conseguí darle forma en mi mente.
Crear vida con mi fuego.
No verdadera vida, claro. Pero algo que distrajera, que protegiera, que engañara. En un combate, el daño directo no lo es todo. A veces, lo más letal es lo que tu enemigo no puede anticipar.
Me coloqué en el mismo claro de siempre. Desenfundé a Kurimuzon, pero no para atacar, sino para trazar un círculo frente a mí, una especie de ritual visual. El fuego de mi espalda respondió al instante.
—Vamos a jugar un poco. Murmuré.
Concentré el calor en mis omóplatos, canalizándolo como si moldeara barro candente. Empujé el fuego hacia fuera… y algo ocurrió. Una chispa se desprendió. Flotaba. Una especie de fuego fatuo. Pequeño. Curvado. Una cría...
Luego otra.
Y otra.
Y otra.
Cuatro fuegos fatuos, flotando alrededor de mí. Pequeñas crías hechas de llama viva. No hacían ruido. Solo flotaban, lentas, girando a mi alrededor.
Sonreí.
—Sois preciosas… y peligrosas.
Lancé una hacia un tronco. En cuanto tocó la madera, explotó, pero no creó ningún daño ya que ese no era su cometido.
—¡Eso sí que ciega! Exclamó Pin.
—¿Qué demonios es eso?
—Aún no tienen nombre… pero nacen de mí. De mi fuego.
—¿Y hacen daño?
—No. Solo distraen. Confunden. Y luego… yo remato.
Me observó con esa mirada suya, entre juicio y fascinación.
—Es buena. Muy buena. Pero necesitas controlarlas mejor.
—Lo haré. Le aseguré.
—Son solo crías… pero van a crecer.
Miré a una de ellas flotar junto a mi rostro, como si me reconociera. Luego se deshizo en una bruma cálida.
—Yōen no Shishi. Dije.
—Cachorros de llama fantasmal.
Pin asintió sin decir más. El nombre quedó flotando en el aire como si siempre hubiese estado allí.
Esa noche, como ya era costumbre, nos sentamos afuera del taller. El cielo estaba estrellado, y la brisa del mar llegaba cargada de calma. Estaba agotado, con algunas heridas, pero me sentía vivo. No había conseguido la forma híbrida, pero había creado algo nuevo. Algo mío.
—¿Y entonces qué pasó con aquel tipo del sombrero de flamencos? Pregunté mientras Suiro bebía un trago.
—Se fue corriendo desnudo por los arrozales, gritando que era una nube.
—¿Y tú?
—Yo me puse a llover.
Reímos. Pin solo negó con la cabeza, sonriendo por dentro, como siempre.
Por un momento, todo era perfecto. El fuego suave en mi espalda, las historias, el sonido de las olas.
Pero entonces, pude olerlo.
Una intención.
No sabría explicarlo, pero desde que me comí la fruta mis sentidos se habían vuelto más.. felinos. En concreto mi olfato en ciertas situaciones captaba más información de la que estaba acostumbrado.
Y allí, tras las rocas de la playa, alguien observaba. No lo vi, pero lo supe. Y esa sensación se me clavó como una garra en la nuca.
No dije nada. Aún no.
Pero sabía que no estábamos solos.
Y quien fuera que estuviera allí, no había venido por las historias.
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