15-04-2025, 01:03 PM
(Última modificación: 15-04-2025, 02:34 PM por Jean D´Orlanais.)
Nadie respondió. Jean se giró para ver a sus compañeros malheridos. Los recorrió con la mirada, frenética. Uno de ellos se mantenía consciente, pero con la pierna en una posición imposible, fracturada o rota por la cara de dolor del Marine. Los otros dos yacían tendidos en el suelo, esperaba que solo inconscientes. Se movió hacía ellos para ayudarles. Tenía que comprobar si los dos que estaban tumbados, inmóviles, seguían vivos. Y tenía que ver la gravedad de la herida del tercero. Una pierna fracturada podía llegar a ser una herida mortal, y Jean no tenía conocimientos médicos. ¿Qué podía hacer? ¿Retroceder para buscar ayuda, dejándolos solos, a su suerte? ¿Intentar cargar con el que aun se encontraba consciente, esperando que pudieran recorrer los túneles que les habían llevado hasta allí sin mayor inconveniente? Su mente era una densa marea de pensamientos, posibilidades y riesgos. Le costaba moverse por ella, ver con claridad. Hasta que escuchó la voz.
El violento oleaje de pensamientos cesó de golpe, dejando un mar en calma. Todo desapareció y Jean se dio la vuelta apresuradamente, dándole la espalda de nuevo a sus compañeros y levantando a Zéphyros con su diestra. Su mente recorrió los momentos inmediatamente anteriores, contando los bandidos que había previamente y que yacían desperdigados por el suelo, la mayoría inconscientes, algunos muertos. No faltaba nadie, no había contado mal. La voz provenía de alguien nuevo. Alguien que antes no estaba allí. Centró su mirada en la alta silueta, destellando su afilada katana. De tez oscura y pelo azabache, rizado, tenía más presencia y vestía mejor que los bandidos a los que acababan de enfrentarse. Avanzó hacia Jean, presentándose y lanzando una advertencia. Una amenaza. Aquella voz potente, la pesadez de sus pisadas. Debía ser el jefe de los bandidos.
- Jean D´Orlanais, encantada. - le devolvió Jean la presentación sin bajar a Zéphyros ni un centímetro.
La joven Marine, con gesto serio, movió sus pies con cautela, desplazándose en un semicírculo respecto a Dumati. Quería alejarse un poco de sus compañeros Marines, lo suficiente como para que no se vieran de frente al bandido si este atacaba y Jean decidía esquivarlo, pero lo bastante cerca como para poder defenderlos si los atacaba directamente.
- Bueno, siento discrepar... - dijo Jean - Los cuerpos que hemos visto de camino, la actitud de tus... secuaces... Dice lo contrario. No se qué estáis buscando, pero hacer daño a los demás no os detiene, en absoluto. No se si esta será vuestra guerra, pero desde luego no es vuestro territorio. Habéis invadido las minas matando a quien se os ha puesto por delante.
Jean forzó el agarre de su espada y apretó los dientes. Notaba como la ira comenzaba a acumularse en su pecho. El camino hasta ese lugar había sido lento, tenso. Al llegar, el ataque de los bandidos les había pillado por sorpresa. No había podido pensar con calma hasta aquel momento. Lanzó una mirada de desafió a Dumati.
- No somos civiles. No somos trabajadores desarmados a los que podéis masacrar. Y vosotros no sois más que unos matones con ínfulas que creen poder tomar lo que no es suyo, matando a quien se ponga por delante sin consecuencias. - dijo entre dientes - Bien: Somos las consecuencias. Baja tu espada. Ahora. Quedas arrestado en nombre de la Marina.
Jean estaba calmada. Sabía que aquel hombre no cedería tan fácilmente, pero era su deber intentarlo. Sabía que lo más probable era que su respuesta fuese un ataque directo. Estaba lista. Sus piernas tensas, su brazo firme. Zéphyros apuntando a su oponente.
El violento oleaje de pensamientos cesó de golpe, dejando un mar en calma. Todo desapareció y Jean se dio la vuelta apresuradamente, dándole la espalda de nuevo a sus compañeros y levantando a Zéphyros con su diestra. Su mente recorrió los momentos inmediatamente anteriores, contando los bandidos que había previamente y que yacían desperdigados por el suelo, la mayoría inconscientes, algunos muertos. No faltaba nadie, no había contado mal. La voz provenía de alguien nuevo. Alguien que antes no estaba allí. Centró su mirada en la alta silueta, destellando su afilada katana. De tez oscura y pelo azabache, rizado, tenía más presencia y vestía mejor que los bandidos a los que acababan de enfrentarse. Avanzó hacia Jean, presentándose y lanzando una advertencia. Una amenaza. Aquella voz potente, la pesadez de sus pisadas. Debía ser el jefe de los bandidos.
- Jean D´Orlanais, encantada. - le devolvió Jean la presentación sin bajar a Zéphyros ni un centímetro.
La joven Marine, con gesto serio, movió sus pies con cautela, desplazándose en un semicírculo respecto a Dumati. Quería alejarse un poco de sus compañeros Marines, lo suficiente como para que no se vieran de frente al bandido si este atacaba y Jean decidía esquivarlo, pero lo bastante cerca como para poder defenderlos si los atacaba directamente.
- Bueno, siento discrepar... - dijo Jean - Los cuerpos que hemos visto de camino, la actitud de tus... secuaces... Dice lo contrario. No se qué estáis buscando, pero hacer daño a los demás no os detiene, en absoluto. No se si esta será vuestra guerra, pero desde luego no es vuestro territorio. Habéis invadido las minas matando a quien se os ha puesto por delante.
Jean forzó el agarre de su espada y apretó los dientes. Notaba como la ira comenzaba a acumularse en su pecho. El camino hasta ese lugar había sido lento, tenso. Al llegar, el ataque de los bandidos les había pillado por sorpresa. No había podido pensar con calma hasta aquel momento. Lanzó una mirada de desafió a Dumati.
- No somos civiles. No somos trabajadores desarmados a los que podéis masacrar. Y vosotros no sois más que unos matones con ínfulas que creen poder tomar lo que no es suyo, matando a quien se ponga por delante sin consecuencias. - dijo entre dientes - Bien: Somos las consecuencias. Baja tu espada. Ahora. Quedas arrestado en nombre de la Marina.
Jean estaba calmada. Sabía que aquel hombre no cedería tan fácilmente, pero era su deber intentarlo. Sabía que lo más probable era que su respuesta fuese un ataque directo. Estaba lista. Sus piernas tensas, su brazo firme. Zéphyros apuntando a su oponente.
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