[Presente absoluto] West Blue, Rumbo a Ballywood
#1
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Día 60 de Verano, Año 15.
West Blue. 



Rumbo a Ballywood.



Amanecía en Kano por última vez.  
Con la bruma matinal acariciando las tejas del taller de Suiro, terminé de preparar mi mochila. Eché un último vistazo para asegurarme de no dejarme nada: mi bolsita con berries, la cazuela de Suiro, los víveres para dos días, el den den mushi, mi brújula… y, por supuesto, Kurimuzon. 

Inspiré hondo. No porque me faltara el aire, sino porque no sabía si me estaba despidiendo de una aldea… o de una parte de mi. 



—¿Listo, gatito? —me dijo Suiro con su habitual tono burlón, aunque se le escapaba una nota de melancolía.

—Listo. —le respondí con firmeza, aunque la garganta me picaba.

Pin se acercó y me golpeó el pecho con fuerza.  

—La próxima vez que aparezcas, más te vale dominar esa forma híbrida a la perfección.

—Y tú más te vale que hayas mejorado tus lanzamientos. —le guiñé un ojo, y nos reímos los tres.

Antes de subir al bote, Suiro me lanzó una última recomendación, rascándose la barba con los nudillos.

—Ah… casi lo olvido. Pasate por el Reino de Ballywood, busca en Golden Lake a un viejo conocido mío… Un tipo peculiar. Regenta una taberna. Lo llaman *Papa Ostias*. Era rival mío cuando aún formaba parte de la Marina, pero ahora… bueno, digamos que sigue siendo igual de peligroso, solo que más sabio. Si le dices que vienes de mi parte, no te romperá los dientes. Probablemente...

—¿Papa Ostias? —repetí, medio riendo.
—¿Qué clase de nombre es ese?

—El tipo se lo ganó con creces. Ya lo verás.

Me subí en mi pequeño bote, y me alejé poco a poco de la costa, alzando el brazo en alto para despedirme de mis dos únicos amigos en esa isla. Ellos respondieron levantando los brazos. No hubo palabras. No hacían falta.



El viento me acompañó. El cielo estaba despejado, ni rastro de nubes o tormentas. El mar parecía un cristal líquido, y las alas a mi espalda se desplegaron sin esfuerzo. Volar no era opción aquí, pero el sol y la brisa eran suficientes para sentirme libre.

Para no quedarme atrapado en pensamientos, saqué a Kurimuzon y la dejé a un lado. Después marqué un pequeño círculo sobre la cubierta.

—Vamos, pequeña manada. Hora de entrenar.

—Yōen no Shishi.

Primer intento: cuatro crías deformes de fuego. Una estalló antes de formarse, otra giró como loca hasta deshacerse.

Segundo intento: dos crías aguantaron unos segundos, flotando con cierta gracia antes de disiparse como humo.

Tercer intento: una única criatura de fuego surgió. Nítida. Una pantera bebé. Flotó a mi alrededor, mirándome con ojos vacíos y se desvaneció con suavidad.

Me llevé la mano al cinturón y saqué un cigarro.  
Lo encendí con el fuego de mi espalda.

Tragué el humo despacio. Lo exhalé sin prisa.

—Parece que tú sí quieres aprender…



A mitad de jornada me recosté, apoyado en mi mochila, y encendí un cigarro.  
Era un gesto mecánico, ritual. El humo subía lento, acariciando el cielo abierto.  
Recordé a Suiro, a Pin, a la niña que salvé…  
Y por primera vez en días, sonreí sin pensar demasiado.

Pero la calma no duró.

Una silueta en el horizonte.  
Una embarcación, pequeña… pero errática.

Cuando me acerqué lo suficiente, vi tres figuras a bordo. Piratas, sin duda. Sus ropas eran harapientas, uno de ellos llevaba una botella de ron en la mano, y otro afilaba un cuchillo con una piedra oxidada.

Intentaron asaltarme sin mucho protocolo, creyendo que yo iba solo y desarmado.

Grave error.

Uno de ellos saltó a mi bote.  
Desplegué mis alas con violencia, el aire lo empujó hacia atrás, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, lo golpeé con la empuñadura de mi katana en la boca del estómago haciéndole caer sin respiración.

El segundo vino directo a mí con una lanza corta.  
Esquivé por la izquierda, giré el cuerpo, y con un corte diagonal preciso, hice que la lanza volara por los aires y cayese al mar.

El tercero, el que parecía el líder, retrocedió.

—¡No vale usar magia, monstruo!

—Esto no es magia, —dije mientras alzaba mi katana a la altura del hombro.
—Esto es vivir en el Grand Line.

Salté a su barco, y rápidamente me encargué de inutilizar el timón, después de eso me giré y fui directo a por el líder, y con un corte descendente en vertical lo desarme partiéndole la espada y derribándolo en la cubierta. 

Los tres acabaron atados con sus propias sogas, dejados a la deriva. Y el timón partido, para que no pudieran retomar la marcha más tarde. 

Y en su bodega, encontré un pequeño cofre.  
Dentro: 17.300 berries.  

—Gracias por la donación. —murmuré, volviendo a mi embarcación sin perder la sonrisa.



La tarde cayó despacio, teñida de tonos naranjas y morados.  
A lo lejos, durante la última hora de luz, unas sombras enormes cruzaron mi camino.

Por un instante mi pulso se disparó.  
Pero no era peligro.

Ballenas.

Enormes, lentas, majestuosas.  
Navegaban tranquilas, en silencio. Como si el mar les perteneciera solo a ellas. 

El mar también era esto.  
Silencio.  
Ritmo.  
Y sorpresas.

Me acomodé junto al borde del bote, con el den den mushi dormido a mí lado, Kurimuzon envainada apoyada sobre mi pierna y me enchufé un cigarro.

—Que vida más plena! —dije soltando el humo que se mezclaba con el de la espalda. 

Y así, entre ballenas lejanas y el cielo manchado de estrellas, la primera noche rumbo a Ballywood terminó. 


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Aclaraciones





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[Presente absoluto] West Blue, Rumbo a Ballywood - por RedSmoke Kelo - 20-04-2025, 11:15 PM

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