26-04-2025, 01:33 PM
Dada la inexperiencia del gran mink para los negocios, a Comi le fue imposible reducir el desorbitado precio que les habían puesto los artesanos para recubrir su barco. Por encima de todo, el que parecía el cabecilla del grupo parecía ser alguien arisco y desagradable y, por tanto, alguien tozudo al que no iba a ser un paseo de rosas convencer para rebajar el precio del revestimiento. Estaba claro que era una tarea imposible para el cerdo pero, por fortuna, Comilón Mc Bacon no se encontraba solo.
Antes de que pudiera tan siquiera intentar dirigir la atención del capataz - para que, egoístamente no fuera a ayudar a otra gente, seguramente inocente, que dependía de aquellos artesanos para salir del archipiélago y sobrevivir - Kisuke cumplió con la parte de su misión y, si bien no traía el dinero que faltaba, si que llevaba consigo una ayuda que arrojaría un poco de luz sobre la desesperación económica en la que se podían encontrar los revolucionarios. Sasha, la navegante de los Alas Negras, había acudido al rescate de los Toros Negros con el fin de intentar reducir la cuantiosa cantidad monetaria que había que apoquinar. Al líder de ese grupo de artesanos - que se iba a partir de mirar hacia arriba entre Comilón y ahora Sasha - se le escapó una risa burlesca al observar como la semioni ninguneaba al puerco antes de que pudiera decir nada.- Pfé - Bufó al ver la patética actuación de Comi, dirigiendo toda su atención en la pirata. A pesar de que estaban contrarreloj, y a diferencia de sus compañeros, el capataz estaba completamente tranquilo y sereno, como si supiera que, en cualquier momento, se las piraban y todo fuera a salir bien. De hecho, lo que les pasara a aquel grupo de variopinto le traía al pairo. Sin embargo, le llamaba la atención lo que tuviera que decirle la adolescente.
Nada más escuchar como se metía con el cerdo, el hombre, sin dejar de chupetear el palillo de su boca, asintió con la cabeza, escapándosele una risilla. A diferencia del lechón, aquella chica tenía carácter, y eso le gustaba. Con algunos puntos ya sumados a su favor, Sasha recriminó sobre el demencial precio que le habían puesto a revestir al barco, demandando reducirlo a tres millones y medio, bajo el pretexto de darse todos el piro y santas pascuas a otra cosa mariposa. Al escuchar el regateo de la adolescente, el hombre se llevó la mano a su palillo, extrayéndolo de su boca como si de un cigarro se tratara.- Acho, no etá mal para cé una shiquilla… - Dijo para, seguidamente, mirar hacia Comi.- Azi eh como ce hace, a ver ci aprendeh. - Espetó, volviendo a mirar hacia la semioni, introduciendo su palillo de nuevo en la boca.- Hay trato shiquilla. pero… - Señaló hacia el cofre con el dinero.- Ahí no veo aún tré milloneh y medio - Se cruzó de brazos.- Azi que hata que no pagueih el resto a pahta. - Declaró, asintiendo a sus compañeros.
Fue entonces cuando, casi previendo la falta aún existente de dinero, que Kisuke intento abaratar aún más el coste ofreciendo, en esta vez servicios, un transporte de mercancía hasta la isla Gyojin como método de pago. Antes estas palabras, miró con incredulidad al capitán revolucionario.- Pero vamo ave, me ehta diciendo que os rebajemo caci un millón de berri por coger nueztra mercancía, ya colocada en nueztro barco recubierto, y lo llevemo al vueztro? - Miró a sus compañeros, como si en ellos quisiera encontrar la coherencia que estaba intentando encontrar en su razonamiento.- Acho, ¿no veh que no tiene ni pieh ni cabeza? - Concluyó el capataz.
Por fortuna, raudo y veloz, Don Bambú, tras las negociaciones con los piratas Mushoku, regresó hacia dónde estaban los Toros Negros con un millón más de berries, una cuantía que le aseguraba ahora, sí que sí, su supervivencia.- ¡Ahora ci noh entendemoh! - Exclamó el arisco artesano al ver depositar un millón más de berries al cofre. Pero, como sabe más el diablo por viejo que por diablo, cogió todos los fajos y monedas reunidas en el baúl y las empezó a contar, una por una, generando un gran estrés en el resto de sus compañeros al ver la lentitud de su jefe.- Ehtá todo, ¡ganduleh a trabajar ahora! ¡Ehte barco no se recubre zolo! - Animó al personal, escupiendo su palillo al suelo y ajustándose su gorro mientras, el resto del equipo hacía lo mismo y lo propio para prepararse para dejar listo el Saint Fermin.
Con una peripecia sin igual, y con la mayor rapidez posible, los artesanos comenzaron a recubrir de la resina autóctona de Sabaody cada rincón de la superficie del barco, formando una especie de burbuja viscosa alrededor de este pero sin hinchar. Una vez terminado de sellar el navío en esa película de resina, el capataz fue directo hacia el último que había ofrecido el dinero, Don Bambú, extendiéndole su mano derecha.- Pueh por aquí ya ehtaría, ezo ci, toma ehto. - Y al abrir su mano, apareció una especie cachivache, parecido a una válvula y se lo cedió al mink panda.- Cuando ehteí lihto para zalir, pulza ehte aparatejo y hará que la recina ce hinshe creando una ezpecie de burbuja, ¿me cigues? Tardará unoh minutoh y oz zalvará de la preción del agua, ya zabes. - Explicó el capataz tras, lo cual, se marchó junto al resto de su equipo.- No la palmeí anda, noh vemoh. - Se despidió, con poca gracia, dejando ahora solos a los Toros Negros en su navío pero con la tranquilidad de que, ahora sí, tenían la garantía de poder sobrevivir al cataclismo que podrían presenciar.
Antes de que pudiera tan siquiera intentar dirigir la atención del capataz - para que, egoístamente no fuera a ayudar a otra gente, seguramente inocente, que dependía de aquellos artesanos para salir del archipiélago y sobrevivir - Kisuke cumplió con la parte de su misión y, si bien no traía el dinero que faltaba, si que llevaba consigo una ayuda que arrojaría un poco de luz sobre la desesperación económica en la que se podían encontrar los revolucionarios. Sasha, la navegante de los Alas Negras, había acudido al rescate de los Toros Negros con el fin de intentar reducir la cuantiosa cantidad monetaria que había que apoquinar. Al líder de ese grupo de artesanos - que se iba a partir de mirar hacia arriba entre Comilón y ahora Sasha - se le escapó una risa burlesca al observar como la semioni ninguneaba al puerco antes de que pudiera decir nada.- Pfé - Bufó al ver la patética actuación de Comi, dirigiendo toda su atención en la pirata. A pesar de que estaban contrarreloj, y a diferencia de sus compañeros, el capataz estaba completamente tranquilo y sereno, como si supiera que, en cualquier momento, se las piraban y todo fuera a salir bien. De hecho, lo que les pasara a aquel grupo de variopinto le traía al pairo. Sin embargo, le llamaba la atención lo que tuviera que decirle la adolescente.
Nada más escuchar como se metía con el cerdo, el hombre, sin dejar de chupetear el palillo de su boca, asintió con la cabeza, escapándosele una risilla. A diferencia del lechón, aquella chica tenía carácter, y eso le gustaba. Con algunos puntos ya sumados a su favor, Sasha recriminó sobre el demencial precio que le habían puesto a revestir al barco, demandando reducirlo a tres millones y medio, bajo el pretexto de darse todos el piro y santas pascuas a otra cosa mariposa. Al escuchar el regateo de la adolescente, el hombre se llevó la mano a su palillo, extrayéndolo de su boca como si de un cigarro se tratara.- Acho, no etá mal para cé una shiquilla… - Dijo para, seguidamente, mirar hacia Comi.- Azi eh como ce hace, a ver ci aprendeh. - Espetó, volviendo a mirar hacia la semioni, introduciendo su palillo de nuevo en la boca.- Hay trato shiquilla. pero… - Señaló hacia el cofre con el dinero.- Ahí no veo aún tré milloneh y medio - Se cruzó de brazos.- Azi que hata que no pagueih el resto a pahta. - Declaró, asintiendo a sus compañeros.
Fue entonces cuando, casi previendo la falta aún existente de dinero, que Kisuke intento abaratar aún más el coste ofreciendo, en esta vez servicios, un transporte de mercancía hasta la isla Gyojin como método de pago. Antes estas palabras, miró con incredulidad al capitán revolucionario.- Pero vamo ave, me ehta diciendo que os rebajemo caci un millón de berri por coger nueztra mercancía, ya colocada en nueztro barco recubierto, y lo llevemo al vueztro? - Miró a sus compañeros, como si en ellos quisiera encontrar la coherencia que estaba intentando encontrar en su razonamiento.- Acho, ¿no veh que no tiene ni pieh ni cabeza? - Concluyó el capataz.
Por fortuna, raudo y veloz, Don Bambú, tras las negociaciones con los piratas Mushoku, regresó hacia dónde estaban los Toros Negros con un millón más de berries, una cuantía que le aseguraba ahora, sí que sí, su supervivencia.- ¡Ahora ci noh entendemoh! - Exclamó el arisco artesano al ver depositar un millón más de berries al cofre. Pero, como sabe más el diablo por viejo que por diablo, cogió todos los fajos y monedas reunidas en el baúl y las empezó a contar, una por una, generando un gran estrés en el resto de sus compañeros al ver la lentitud de su jefe.- Ehtá todo, ¡ganduleh a trabajar ahora! ¡Ehte barco no se recubre zolo! - Animó al personal, escupiendo su palillo al suelo y ajustándose su gorro mientras, el resto del equipo hacía lo mismo y lo propio para prepararse para dejar listo el Saint Fermin.
Con una peripecia sin igual, y con la mayor rapidez posible, los artesanos comenzaron a recubrir de la resina autóctona de Sabaody cada rincón de la superficie del barco, formando una especie de burbuja viscosa alrededor de este pero sin hinchar. Una vez terminado de sellar el navío en esa película de resina, el capataz fue directo hacia el último que había ofrecido el dinero, Don Bambú, extendiéndole su mano derecha.- Pueh por aquí ya ehtaría, ezo ci, toma ehto. - Y al abrir su mano, apareció una especie cachivache, parecido a una válvula y se lo cedió al mink panda.- Cuando ehteí lihto para zalir, pulza ehte aparatejo y hará que la recina ce hinshe creando una ezpecie de burbuja, ¿me cigues? Tardará unoh minutoh y oz zalvará de la preción del agua, ya zabes. - Explicó el capataz tras, lo cual, se marchó junto al resto de su equipo.- No la palmeí anda, noh vemoh. - Se despidió, con poca gracia, dejando ahora solos a los Toros Negros en su navío pero con la tranquilidad de que, ahora sí, tenían la garantía de poder sobrevivir al cataclismo que podrían presenciar.
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