28-04-2025, 04:18 PM
Sintiendo la adrenalina recorrer mi cuerpo mientras los últimos restos del kebab aún calentaban mi estómago, pude ver como los ojos del contrabandista se abrieron con sorpresa antes de estrecharse con furia. "¡Un marine! ¡Aniki, tenemos un maldito marine aquí!" se dirigió hacia el quien seria el jefe de la banda, le hombre del tatuaje.
El hombre del tatuaje – su aniki, aparentemente – se dio la vuelta con un gruñido, desenfundando una espada corta de su cinturón. "Mala noche para salir a pasear, pescadito. Peor aún para meterte en asuntos ajenos."
"¿Una ruta bajo el cuartel de la Marina? Eso lo convierte en mi asunto," respondí, adoptando la postura inicial del Gyojin Karate que había perfeccionado durante mi entrenamiento con mi maestro Ershot Spardal y luego pulido bajo la tutela del maestro glamuroso Trident Glam.
El primer atacante se abalanzó sobre mí con su navaja, la cual había recuperado del piso mientras yo estaba distraído contestándole al hombre del tatuaje, buscando un corte rápido en mi costado. Le voltee a ver justo a tiempo para seguir su movimiento antes de que ocurriera, permitiéndome girar mi cuerpo y esquivar por milímetros.
"Gyojin Karate: Hyakumaigawara seiken," dije de forma sonora y regia, concentrando mi energía en mi puño derecho. No soy de los que suelen ir gritando sus ataques, pero en esta ocasión quería que funcionara como efecto disuasivo para no alargar esta pelea mas de lo necesario.
Mi golpe impactó contra su plexo solar con la fuerza de una corriente marina capaz de romper 100 tejas, expulsando el aire de sus pulmones y enviándolo contra la pared del callejón, cayendo de bruces en el suelo con un sonido seco. No tuve tiempo de verificar si seguiría inconsciente. El hombre del tatuaje ya estaba sobre mí, su espada corta silbando en el aire nocturno. Era mucho más rápido que su compañero.
Bloqueé el primer corte con mi antebrazo revestido de Haki de Armamento. El metal chilló contra mi piel endurecida, levantando chispas en la oscuridad. La sorpresa en su rostro fue momentánea pero satisfactoria.
"Parece que tienes la piel más dura que la de un tiburón. Quizás valga la pena cortarte después de todo," sonrió, revelando un diente de oro. Por lo visto no era consciente del haki de armamento, como era de esperarse de un contrabandista cualquiera.
"Gyojin Karate: Senmaigawara seiken," respondí, esquivando su siguiente estocada y contraatacando con el puño, con una fuerza tan grande como para romper mil tejas de un golpe.
El hombre del tatuaje lo bloqueó con el plano de su espada, pero la fuerza del impacto hizo que la espada se hiciera añicos a la vez que alejaba a este oponente hasta la pared del callejón que se encontraba a cuatro metros de recorrido. Aproveché la distancia para evaluar la situación. El primer hombre seguía en el suelo, aparentemente inconsciente, pero el tercero -del que me había olvidado momentáneamente- apareció a mi derecha con un garrote improvisado.
Apenas tuve tiempo de rodar hacia adelante cuando el garrote golpeó el suelo donde había estado un segundo antes. Las burbujas de Sabaody estallaban a nuestro alrededor con cada movimiento violento, creando una atmósfera surrealista para nuestra pelea. Me incorporé rápidamente, quedando entre ambos atacantes a dos metros de distancia de cada uno. El hombre del tatuaje se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios.
"Para ser tu primera noche fuera del cuartel, no lo haces mal," dijo. "Pero sigues siendo solo uno contra nosotros."
"Gyojin Karate: Karakusagawara seiken," anuncié, girando mi cuerpo en un movimiento fluido mientras impactaba el aire con ambos puños extendidos hacia mis costados, apuntando hacia los dos contrabandistas que estaban a dos metros de mi cada uno.
La técnica, diseñada para combatir múltiples oponentes que se encontraran a dos metros de distancia, golpeó a ambos hombres con la fuerza de una ola rompiendo contra rocas. El del garrote cayó al suelo de inmediato, pero su aniki – el hombre del tatuaje – logró mantenerse en pie, aunque visiblemente afectado.
"¿Quién diablos eres?" gruñó, sujetándose las costillas.
"Te lo dije. Soy la justicia." Aproveché su momento de debilidad para cerrar la distancia. "Gyojin Karate: Samegawara seiken."
Mi mano formó puño que salió disparado hacia al pecho del hombre del tatuaje, pero no haciéndolo con fuerza sino manipulando el vapor de agua para que el golpe le atraviese, lo suficientemente fuerte para derrotarle de un golpe.
"Se acabó. Tú y tus amigos vendrán conmigo al cuartel. Y me contarás todo sobre esa ruta subterránea."
"Esto... no ha terminado..." jadeó, pero el dolor de sus heridas le impedían seguir luchando.
Mientras buscaba algo para atarlos, sentí un dolor punzante en mi hombro. El primer hombre, que creía inconsciente, había logrado levantarse y ser lo suficientemente sigiloso para lanzarme su navaja. La hoja se había clavado superficialmente en mi hombro izquierdo.
"Maldito cobarde," murmuré, arrancando la navaja con un siseo de dolor. Un hilillo de sangre manchó mi uniforme, pero la herida no era grave.
Con una última mirada de odio, me abalance sobre este rival propinando un fuerte golpe con mi puño derecho. El hombre finalmente perdió el conocimiento. Improvisé unas ataduras con cuerdas que encontré en el callejón y aseguré a los tres contrabandistas. La adrenalina comenzaba a disiparse, dejando paso a un dolor sordo en mi hombro y varios puntos donde golpes menores comenzaban a manifestarse.
Saque el Den Den Mushi de la bolsa del pantalón donde lo solía cargar siempre conmigo. Era poco probable que hubiera marines en esta zona a estas horas, pero seguro que habría alguien haciendo guardia en el cuartel de la marina y podrían enviar refuerzos para encarcelar e interrogar a los contrabandistas que había capturado. Me senté en un cajón cercano, vigilando a mis prisioneros mientras esperaba refuerzos. La noche que había planeado como una simple salida por una cerveza y un kebab se había transformado en algo mucho más complejo.
"Vaya primera noche libre," murmuré para mí mismo, presionando mi hombro herido.
Sin embargo, no podía negar cierta satisfacción. Si lo que habían dicho sobre la ruta secreta era cierto, acababa de tropezar con información que podría ser crucial para la seguridad del cuartel y de los civiles en el archipiélago. Tal vez mi sentido de la justicia había servido para algo más que solo arruinar mi cena.
A lo lejos, escuché el inconfundible sonido de botas de marine aproximándose. Al menos ahora tendría una buena historia que contar. Y quizás, solo quizás, una pista sobre algo mucho más grande ocurriendo bajo las burbujantes raíces de Sabaody.
El hombre del tatuaje – su aniki, aparentemente – se dio la vuelta con un gruñido, desenfundando una espada corta de su cinturón. "Mala noche para salir a pasear, pescadito. Peor aún para meterte en asuntos ajenos."
"¿Una ruta bajo el cuartel de la Marina? Eso lo convierte en mi asunto," respondí, adoptando la postura inicial del Gyojin Karate que había perfeccionado durante mi entrenamiento con mi maestro Ershot Spardal y luego pulido bajo la tutela del maestro glamuroso Trident Glam.
El primer atacante se abalanzó sobre mí con su navaja, la cual había recuperado del piso mientras yo estaba distraído contestándole al hombre del tatuaje, buscando un corte rápido en mi costado. Le voltee a ver justo a tiempo para seguir su movimiento antes de que ocurriera, permitiéndome girar mi cuerpo y esquivar por milímetros.
"Gyojin Karate: Hyakumaigawara seiken," dije de forma sonora y regia, concentrando mi energía en mi puño derecho. No soy de los que suelen ir gritando sus ataques, pero en esta ocasión quería que funcionara como efecto disuasivo para no alargar esta pelea mas de lo necesario.
Mi golpe impactó contra su plexo solar con la fuerza de una corriente marina capaz de romper 100 tejas, expulsando el aire de sus pulmones y enviándolo contra la pared del callejón, cayendo de bruces en el suelo con un sonido seco. No tuve tiempo de verificar si seguiría inconsciente. El hombre del tatuaje ya estaba sobre mí, su espada corta silbando en el aire nocturno. Era mucho más rápido que su compañero.
Bloqueé el primer corte con mi antebrazo revestido de Haki de Armamento. El metal chilló contra mi piel endurecida, levantando chispas en la oscuridad. La sorpresa en su rostro fue momentánea pero satisfactoria.
"Parece que tienes la piel más dura que la de un tiburón. Quizás valga la pena cortarte después de todo," sonrió, revelando un diente de oro. Por lo visto no era consciente del haki de armamento, como era de esperarse de un contrabandista cualquiera.
"Gyojin Karate: Senmaigawara seiken," respondí, esquivando su siguiente estocada y contraatacando con el puño, con una fuerza tan grande como para romper mil tejas de un golpe.
El hombre del tatuaje lo bloqueó con el plano de su espada, pero la fuerza del impacto hizo que la espada se hiciera añicos a la vez que alejaba a este oponente hasta la pared del callejón que se encontraba a cuatro metros de recorrido. Aproveché la distancia para evaluar la situación. El primer hombre seguía en el suelo, aparentemente inconsciente, pero el tercero -del que me había olvidado momentáneamente- apareció a mi derecha con un garrote improvisado.
Apenas tuve tiempo de rodar hacia adelante cuando el garrote golpeó el suelo donde había estado un segundo antes. Las burbujas de Sabaody estallaban a nuestro alrededor con cada movimiento violento, creando una atmósfera surrealista para nuestra pelea. Me incorporé rápidamente, quedando entre ambos atacantes a dos metros de distancia de cada uno. El hombre del tatuaje se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios.
"Para ser tu primera noche fuera del cuartel, no lo haces mal," dijo. "Pero sigues siendo solo uno contra nosotros."
"Gyojin Karate: Karakusagawara seiken," anuncié, girando mi cuerpo en un movimiento fluido mientras impactaba el aire con ambos puños extendidos hacia mis costados, apuntando hacia los dos contrabandistas que estaban a dos metros de mi cada uno.
La técnica, diseñada para combatir múltiples oponentes que se encontraran a dos metros de distancia, golpeó a ambos hombres con la fuerza de una ola rompiendo contra rocas. El del garrote cayó al suelo de inmediato, pero su aniki – el hombre del tatuaje – logró mantenerse en pie, aunque visiblemente afectado.
"¿Quién diablos eres?" gruñó, sujetándose las costillas.
"Te lo dije. Soy la justicia." Aproveché su momento de debilidad para cerrar la distancia. "Gyojin Karate: Samegawara seiken."
Mi mano formó puño que salió disparado hacia al pecho del hombre del tatuaje, pero no haciéndolo con fuerza sino manipulando el vapor de agua para que el golpe le atraviese, lo suficientemente fuerte para derrotarle de un golpe.
"Se acabó. Tú y tus amigos vendrán conmigo al cuartel. Y me contarás todo sobre esa ruta subterránea."
"Esto... no ha terminado..." jadeó, pero el dolor de sus heridas le impedían seguir luchando.
Mientras buscaba algo para atarlos, sentí un dolor punzante en mi hombro. El primer hombre, que creía inconsciente, había logrado levantarse y ser lo suficientemente sigiloso para lanzarme su navaja. La hoja se había clavado superficialmente en mi hombro izquierdo.
"Maldito cobarde," murmuré, arrancando la navaja con un siseo de dolor. Un hilillo de sangre manchó mi uniforme, pero la herida no era grave.
Con una última mirada de odio, me abalance sobre este rival propinando un fuerte golpe con mi puño derecho. El hombre finalmente perdió el conocimiento. Improvisé unas ataduras con cuerdas que encontré en el callejón y aseguré a los tres contrabandistas. La adrenalina comenzaba a disiparse, dejando paso a un dolor sordo en mi hombro y varios puntos donde golpes menores comenzaban a manifestarse.
Saque el Den Den Mushi de la bolsa del pantalón donde lo solía cargar siempre conmigo. Era poco probable que hubiera marines en esta zona a estas horas, pero seguro que habría alguien haciendo guardia en el cuartel de la marina y podrían enviar refuerzos para encarcelar e interrogar a los contrabandistas que había capturado. Me senté en un cajón cercano, vigilando a mis prisioneros mientras esperaba refuerzos. La noche que había planeado como una simple salida por una cerveza y un kebab se había transformado en algo mucho más complejo.
"Vaya primera noche libre," murmuré para mí mismo, presionando mi hombro herido.
Sin embargo, no podía negar cierta satisfacción. Si lo que habían dicho sobre la ruta secreta era cierto, acababa de tropezar con información que podría ser crucial para la seguridad del cuartel y de los civiles en el archipiélago. Tal vez mi sentido de la justicia había servido para algo más que solo arruinar mi cena.
A lo lejos, escuché el inconfundible sonido de botas de marine aproximándose. Al menos ahora tendría una buena historia que contar. Y quizás, solo quizás, una pista sobre algo mucho más grande ocurriendo bajo las burbujantes raíces de Sabaody.

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