01-05-2025, 07:14 AM
(Última modificación: 01-05-2025, 07:17 AM por Beto Matashita.)
El sol, algo que para mí era un concepto abstracto que solo podía comprender por el calor en mi piel, comenzaba a esconderse lentamente tras las colosales viviendas del Pueblo Yasu. Con mi látigo extendido como si de otra extremidad se tratara, me orientaba mientras caminaba por aquel pueblo gigante.
El cuero de mi arma azotaba suavemente contra las paredes y el suelo, devolviéndome ecos que me servían para tener un mapa mental del entorno. De una manera u otra conocía cada rincón peligroso, cada saliente inestable, y cada hueco profundo donde un paso en falso podría significar una caída. Mi fe, enorme como las montañas de Korossasu, me guiaba también en cada paso, y siempre con una plegaria podía encontrar las bendiciones que Dios me ofrecía por medio de la tierra.
Hoy, necesitaba una gran cantidad de unos hongos que les dicen vulgarmente “trompeta de la muerte”, ya que mis amigos revolucionarios se habían hecho adictos a los hongos comestibles de la isla.
El otoño se acercaba y aunque yo no lo podía notar con la vista, sí que podía percibir que el aire cada vez era más frío y que empezaba a haber escasez de ciertos aromas. Para el otoño y el invierno los guisos siempre caen bien para mantener el calor del cuerpo, la barriga llena y el corazón contento. Aún recuerdo las enseñanzas de la anciana Mary que en paz descanse, que siempre me enseñaba acerca de las propiedades nutritivas de todos los tipos de setas, así como la mejor manera de aprovechar su sabor profundo para complementar los tubérculos y las hierbas de otoño.
La ventaja de las trompetas de la muerte es que se pueden consumir inmediatamente o también pueden conservarse durante bastante tiempo, por lo que sí recogía una buena cantidad quizá podría guardar para todo el otoño o por lo menos para una parte del mismo.
Mientras exploraba una sección particularmente sombreada de una antigua vivienda abandonada, el aroma húmedo y terroso se intensificó. Decidí palpar la base de una pared derrumbada, sintiendo la textura rugosa de la piedra cubierta de musgo. Luego, la punta de mis dedos rozó algo diferente, una superficie más suave, abultada y ligeramente húmeda. Me arrodille con cuidado explorando la zona. Y allí estaban agrupados en la oscuridad los hongos que buscaba.
Los desprendí de su base, y los coloque en una gran cesta de mimbre que llevaba conmigo. La cosecha de hoy fue más rápida y prometedora de lo que esperaba. Mientras recogía las últimas una brisa suave recorrió las ruinas de Yasu, trayendo consigo el distante sonido de las olas rompiendo en la costa.
— Gracias por los alimentos que le ofreces a tus hijos, amen —dije ofreciéndole una plegaria de agradecimiento a mi dios, que incluso en los lugares olvidados, siempre proveía.
Luego, de recoger salir de aquella enorme casa abandonada continué con mi recolección y escuché unos pasos acercándose. Pero me parecieron pasos de animales del bosque, que a veces vagaban por el lugar. Supuse que eran pasos de humanos, eran por lo menos dos personas.
— ¿Hola? —dijo una voz joven, ligeramente insegura—. ¿Hay alguien ahí?
Me detuve, con mi latigo inmovil al reconocer la voz de Miko, una joven de mi misma edad, que era aldeana de Cobo. Era extraño que estuviera en Yasu, ya que para llegar de un pueblo a otro tenía que cruzar todo el bosque. Sin embargo, no sabía aún quién la acompañaba.
— Miko, soy Beto, ¿qué haces por estos lados de la isla? — pregunté con mi amable voz.
Miko y su acompañante se acercaron hacia mí según lo que sus pasos me indicaban.
— ¿Beto? ¡Qué alegría! —me preguntó Miko—. Nosotros estábamos... explorando. Escuchamos que a veces encuentras cosas interesantes aquí.
— Yasu guarda muchos secretos, tanto para gigantes como yo, como para humanos como ustedes. Pero también puede ser peligroso al caer la noche. Es mejor que regresen al pueblo —les dije.
Sin embargo, Miko me ignoró por completo y se interesó por los hongos que yo cargaba encima.
— ¿Qué son esas? Nunca las había visto —me preguntó.
— Vulgarmente en esta isla se le llaman "trompetas de la muerte". Son hongos que crecen en las sombras de estas ruinas. Son nutritivos y tienen un sabor fuerte. Los uso para acompañar varios platos —le dije mientras amablemente le ofrecí uno de aquellos especímenes para que pudiera probarlo, ya que se podían comer crudos.
— Huelen... profundo —me respondió un poco sorprendida.
— Así es —le respondí—. Son un regalo de Dios, incluso en este lugar tan olvidado. Pero ahora, es hora de volver a casa..
Con una suave y amable insistencia, los convencí de volver hacia el sendero que conducía al Pueblo Cobo.
Tras mi encuentro con Miko y con su acompañante, que ahora me doy cuenta de que no le habia preguntado su nombre y ojala no haya pensado que soy un maleducado, regresé a mi cabaña con la cesta llena de hongos. En mi hogar ya no me encontraba solo, varios colegas revolucionarios actualmente estaban como inquilinos en mi cabaña, otros habían decidido mezclarse con los aldeanos de Cobo. Aunque eran pocos, ciertos aldeanos se habían unido a las filas de la revolución tal y como yo lo hice.
Ahora que había dejado los hongos en la cabaña me dirigí a un lugar cerca del bosque, que lo llamaba el claro del leñador porque era un lugar frecuentado por los leñadores de Cobo. Aunque no era para buscar madera sino para buscar raíces de savia salada, que crecían en las zonas donde los árboles más grandes habían sido talados. Las raíces de savia salada liberan una sustancia deliciosa y pegajosa al ser cocinadas lentamente, lo que le añade un sabor y una textura interesante a algunos de mis platos.
Conforme caminaba, con mi látigo azotando ligeramente el suelo, noté poco a poco el olor característico de la madera recién cortada y el sonido de herramientas dejadas a un lado. Y pronto escuché una voz muy familiar.
— Buenas tardes, Beto —me saludó James, uno de los leñadores más jóvenes del pueblo que se encontraba limpiando su hacha al final de la jornada. Yo solo podía definirlo como un hombre de pocas palabras pero que siempre me trataba con respeto y amabilidad—. ¿Por aquí hoy?"
— Buenas tardes, mi querido amigo. Que Dios te bendiga —le respondí—. Ando en busca de raíces de savia salada. Suelen crecer bien por aquí, donde la tierra ha sido removida.
— No sé si quedan muchas por aquí. Quizá los viejos las hayan recogido ya. —me dijo con sinceridad.
Yo confiaba en mi olfato y el aroma a tierra removida aun persistía, así que me agache y palpe con mis manos la tierra que ya habían removido. Y no tardé en encontrar algo firme y alargado con mis manos.
— Creo que aún quedan algunas — le dije a James mientras mis manos encontraban varias raíces gruesas, enterradas parcialmente en la tierra suelta.
Nunca he probado esas raíces —me comentó el leñador— . ¿Qué haces con ellas? ¿Cómo las usas?
— Generalmente las cocino a fuego lento — le expliqué—. Y al cocerlas liberan una sustancia que le da un sabor increíble a la comida. Es un ingrediente que solo Dios crearía.
Mientras yo continuaba con la recolección, James se ofreció a ayudarme a lo que accedí con gusto. Así, mientras él usaba su hacha para aflojar la tierra alrededor de las raíces más grandes, yo las recogía. Estuvimos un gran rato trabajando en silencio.
Al final, la cantidad de raíces que había recogido fue bastante decente, y como agradecimiento le ofrecí algunas al leñador por su gran ayuda.
Tras toda la jornada, ya al final del día, regresé a mi cocina. Como siempre, el aire de mi cabaña olía a madera quemada y a especias. Para mi, mi cocina era mi santuario, el lugar donde mis sentidos se sentían elevados, y un lugar donde la oscuridad de mis ojos no era una limitación sino un lienzo para la sinfonía de aromas y texturas que yo creaba.
Lo primero que hice fue colocar todos los ingredientes frescos en la mesa en la que solía trabajar, que era una mesa de piedra lisa que mi tacto conocía como la palma de mi mano. Sobre la mesa también podía sentir la textura carnosa de los hongos y la firmeza de las raíces.
Antes de comenzar a preparar los alimentos, como era costumbre primero había que honrar a Dios por todo lo recibido. Así que hice una plegaria de agradecimiento a Dios, por su generosidad, su grandeza y su infinita benevolencia. Mi fe era el ingrediente invisible que sazonaba cada plato.
Luego, con movimientos metódicos que nadie esperaría de un ciego, comencé a preparar mis utensilios. Con mis manos alcance mis cuchillos gigantes, mis ollas enormes, y mis morteros de piedra.
El aroma de los hongos llenó la cocina cuando comencé a cortarlos en trozos gruesos y su textura cedía bajo el filo de mi cuchillo. Mientras que las raíces de savia salada, después de que las lavé y raspé, revelaron un interior blanco y fibroso, listo para liberar su sabor durante la cocción.
Cuando yo cocino, la oscuridad se transforma en un universo de sensaciones, donde los ingredientes recolectados con cuidado y gratitud, siempre esperaban ser transformados en un festín para el cuerpo pero por encima de eso, en un manjar para el espíritu. Ya la preparación había comenzado, y el aire ya anunciaba la promesa de sabores únicos.
El primer plato que me dispuse a cocinar era una sopa deliciosa. espesa, nutritiva y reconfortante, que estuviera centrada en el sabor profundo de los hongos “trompetas de la muerte”. Asi que tome una de mis ollas mas grandes y verti agua fresca que algunos de mis compañeros revolucionarios habian obtenido de una fuente de agua cercana. Calculé la cantidad de agua en base a mi experiencia. Luego añadí las trompetas de la muerte cortadas.
Sin embargo, los hongos no eran lo único que acompañaría a las raíces, sería una receta muy simplona. Por lo que busqué entre mis hierbas secas, identificándolas una por una según su textura y su olor. Entre todas las hierbas decidí usar hojas de lirio de carmesí por su sabor ligeramente amargo y sus propiedades digestivas. Luego de seleccionarlas las añadí a la olla, dejando que sus sabores se liberen lentamente con el calor.
Para darle espesor a la sopa el ingrediente principal eran las raíces, así que tomé algunas de las que había recolectado. Y con mis propias manos las corté en trozos más pequeños y las añadí a la olla. El resultado sería predecible y es que durante la cocción lenta, liberarían su sabor y su almidón, espesando el caldo y añadiendo un toque inesperado al platillo.
Mientras la sopa comenzaba a hervir suavemente, me concentré totalmente en los aromas que emanaban de la olla, como si fuese una bomba de olores placenteros. El olor terroso de los hongos se mezclaba con los toques amargos del lirio y el sabor intenso de las raíces. Con cuidado añadí una pizca de sal marina que los comerciantes de las islas vecinas traían a Korossasu, y unas hojas secas de una hierba local conocida como Pimienta Silvestre que aportaba un ligero toque picante.
La cocción lenta era clave para esta sopa en particular, así que dejé que la sopa hirviera durante horas, revolviéndola ocasionalmente con una cuchara de madera gigante. El sonido burbujeante y el cambio gradual en el aroma era lo que me indicaba el progreso de la cocción. Los hongos debían ablandarse hasta casi deshacerse y las raíces debían volverse tiernas.
Al final de la cocción, el aroma que llenaba la cocina era rico y complejo. Probé un poco de sopa con una gran cuchara y mis papilas gustativas, increíblemente desarrolladas, detectando el equilibrio perfecto de sabores. No pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. Que sabor tan perfecto.
— Gracias por esto Dios. Amen —dije en voz alta tras darle un sorbo a la sopa que sin duda seria una ofrenda cálida y nutritiva para los fríos días que se avecinaban.
Aunque la sopa ya era suficiente decidí preparar otro plato mas, uno que resaltara la textura carnosa y el sabor profundo de los hongos de una manera diferente. Así que decidí cocinar algunos en una rica salsa de hierbas silvestres que había recolectado en los márgenes del Bosque unos días atrás.
Comencé cortando los hongos que no había usado para la sopa en rodajas gruesas y en una sartén gigante de hierro fundido vertí un poco de aceite de las nueces de Korossasu, y lo calenté suavemente. Tras calentar el aceite en la sartén, añadí las rodajas y las doré por ambos lados hasta que liberaron un aroma característico.
Para la salsa de hierbas utilicé unas hojas de luna, flores de sol y unas hojas de una hierba misteriosa, cuyo sabor era difícil de describir pero que añadía una profundidad umami a los platos. Todas las hierbas las machaque con el mortero con un poco de sal marina y un poquito de aceite para crear una especie de pasta.
Cubrí las rodajas de los hongos con esa pasta en la sartén y removí todo para que todo quedara cubierto. Cuando el calor hizo su trabajo, el aroma de las hierbas inundó la cocina. Añadí un poquito de agua a la sartén y deje que todo hirviera y se espesara.
Y así, tanto la sopa como los hongos en salsa estaban listos para recibir el otoño.
El cuero de mi arma azotaba suavemente contra las paredes y el suelo, devolviéndome ecos que me servían para tener un mapa mental del entorno. De una manera u otra conocía cada rincón peligroso, cada saliente inestable, y cada hueco profundo donde un paso en falso podría significar una caída. Mi fe, enorme como las montañas de Korossasu, me guiaba también en cada paso, y siempre con una plegaria podía encontrar las bendiciones que Dios me ofrecía por medio de la tierra.
Hoy, necesitaba una gran cantidad de unos hongos que les dicen vulgarmente “trompeta de la muerte”, ya que mis amigos revolucionarios se habían hecho adictos a los hongos comestibles de la isla.
El otoño se acercaba y aunque yo no lo podía notar con la vista, sí que podía percibir que el aire cada vez era más frío y que empezaba a haber escasez de ciertos aromas. Para el otoño y el invierno los guisos siempre caen bien para mantener el calor del cuerpo, la barriga llena y el corazón contento. Aún recuerdo las enseñanzas de la anciana Mary que en paz descanse, que siempre me enseñaba acerca de las propiedades nutritivas de todos los tipos de setas, así como la mejor manera de aprovechar su sabor profundo para complementar los tubérculos y las hierbas de otoño.
La ventaja de las trompetas de la muerte es que se pueden consumir inmediatamente o también pueden conservarse durante bastante tiempo, por lo que sí recogía una buena cantidad quizá podría guardar para todo el otoño o por lo menos para una parte del mismo.
Mientras exploraba una sección particularmente sombreada de una antigua vivienda abandonada, el aroma húmedo y terroso se intensificó. Decidí palpar la base de una pared derrumbada, sintiendo la textura rugosa de la piedra cubierta de musgo. Luego, la punta de mis dedos rozó algo diferente, una superficie más suave, abultada y ligeramente húmeda. Me arrodille con cuidado explorando la zona. Y allí estaban agrupados en la oscuridad los hongos que buscaba.
Los desprendí de su base, y los coloque en una gran cesta de mimbre que llevaba conmigo. La cosecha de hoy fue más rápida y prometedora de lo que esperaba. Mientras recogía las últimas una brisa suave recorrió las ruinas de Yasu, trayendo consigo el distante sonido de las olas rompiendo en la costa.
— Gracias por los alimentos que le ofreces a tus hijos, amen —dije ofreciéndole una plegaria de agradecimiento a mi dios, que incluso en los lugares olvidados, siempre proveía.
Luego, de recoger salir de aquella enorme casa abandonada continué con mi recolección y escuché unos pasos acercándose. Pero me parecieron pasos de animales del bosque, que a veces vagaban por el lugar. Supuse que eran pasos de humanos, eran por lo menos dos personas.
— ¿Hola? —dijo una voz joven, ligeramente insegura—. ¿Hay alguien ahí?
Me detuve, con mi latigo inmovil al reconocer la voz de Miko, una joven de mi misma edad, que era aldeana de Cobo. Era extraño que estuviera en Yasu, ya que para llegar de un pueblo a otro tenía que cruzar todo el bosque. Sin embargo, no sabía aún quién la acompañaba.
— Miko, soy Beto, ¿qué haces por estos lados de la isla? — pregunté con mi amable voz.
Miko y su acompañante se acercaron hacia mí según lo que sus pasos me indicaban.
— ¿Beto? ¡Qué alegría! —me preguntó Miko—. Nosotros estábamos... explorando. Escuchamos que a veces encuentras cosas interesantes aquí.
— Yasu guarda muchos secretos, tanto para gigantes como yo, como para humanos como ustedes. Pero también puede ser peligroso al caer la noche. Es mejor que regresen al pueblo —les dije.
Sin embargo, Miko me ignoró por completo y se interesó por los hongos que yo cargaba encima.
— ¿Qué son esas? Nunca las había visto —me preguntó.
— Vulgarmente en esta isla se le llaman "trompetas de la muerte". Son hongos que crecen en las sombras de estas ruinas. Son nutritivos y tienen un sabor fuerte. Los uso para acompañar varios platos —le dije mientras amablemente le ofrecí uno de aquellos especímenes para que pudiera probarlo, ya que se podían comer crudos.
— Huelen... profundo —me respondió un poco sorprendida.
— Así es —le respondí—. Son un regalo de Dios, incluso en este lugar tan olvidado. Pero ahora, es hora de volver a casa..
Con una suave y amable insistencia, los convencí de volver hacia el sendero que conducía al Pueblo Cobo.
Tras mi encuentro con Miko y con su acompañante, que ahora me doy cuenta de que no le habia preguntado su nombre y ojala no haya pensado que soy un maleducado, regresé a mi cabaña con la cesta llena de hongos. En mi hogar ya no me encontraba solo, varios colegas revolucionarios actualmente estaban como inquilinos en mi cabaña, otros habían decidido mezclarse con los aldeanos de Cobo. Aunque eran pocos, ciertos aldeanos se habían unido a las filas de la revolución tal y como yo lo hice.
Ahora que había dejado los hongos en la cabaña me dirigí a un lugar cerca del bosque, que lo llamaba el claro del leñador porque era un lugar frecuentado por los leñadores de Cobo. Aunque no era para buscar madera sino para buscar raíces de savia salada, que crecían en las zonas donde los árboles más grandes habían sido talados. Las raíces de savia salada liberan una sustancia deliciosa y pegajosa al ser cocinadas lentamente, lo que le añade un sabor y una textura interesante a algunos de mis platos.
Conforme caminaba, con mi látigo azotando ligeramente el suelo, noté poco a poco el olor característico de la madera recién cortada y el sonido de herramientas dejadas a un lado. Y pronto escuché una voz muy familiar.
— Buenas tardes, Beto —me saludó James, uno de los leñadores más jóvenes del pueblo que se encontraba limpiando su hacha al final de la jornada. Yo solo podía definirlo como un hombre de pocas palabras pero que siempre me trataba con respeto y amabilidad—. ¿Por aquí hoy?"
— Buenas tardes, mi querido amigo. Que Dios te bendiga —le respondí—. Ando en busca de raíces de savia salada. Suelen crecer bien por aquí, donde la tierra ha sido removida.
— No sé si quedan muchas por aquí. Quizá los viejos las hayan recogido ya. —me dijo con sinceridad.
Yo confiaba en mi olfato y el aroma a tierra removida aun persistía, así que me agache y palpe con mis manos la tierra que ya habían removido. Y no tardé en encontrar algo firme y alargado con mis manos.
— Creo que aún quedan algunas — le dije a James mientras mis manos encontraban varias raíces gruesas, enterradas parcialmente en la tierra suelta.
Nunca he probado esas raíces —me comentó el leñador— . ¿Qué haces con ellas? ¿Cómo las usas?
— Generalmente las cocino a fuego lento — le expliqué—. Y al cocerlas liberan una sustancia que le da un sabor increíble a la comida. Es un ingrediente que solo Dios crearía.
Mientras yo continuaba con la recolección, James se ofreció a ayudarme a lo que accedí con gusto. Así, mientras él usaba su hacha para aflojar la tierra alrededor de las raíces más grandes, yo las recogía. Estuvimos un gran rato trabajando en silencio.
Al final, la cantidad de raíces que había recogido fue bastante decente, y como agradecimiento le ofrecí algunas al leñador por su gran ayuda.
Tras toda la jornada, ya al final del día, regresé a mi cocina. Como siempre, el aire de mi cabaña olía a madera quemada y a especias. Para mi, mi cocina era mi santuario, el lugar donde mis sentidos se sentían elevados, y un lugar donde la oscuridad de mis ojos no era una limitación sino un lienzo para la sinfonía de aromas y texturas que yo creaba.
Lo primero que hice fue colocar todos los ingredientes frescos en la mesa en la que solía trabajar, que era una mesa de piedra lisa que mi tacto conocía como la palma de mi mano. Sobre la mesa también podía sentir la textura carnosa de los hongos y la firmeza de las raíces.
Antes de comenzar a preparar los alimentos, como era costumbre primero había que honrar a Dios por todo lo recibido. Así que hice una plegaria de agradecimiento a Dios, por su generosidad, su grandeza y su infinita benevolencia. Mi fe era el ingrediente invisible que sazonaba cada plato.
Luego, con movimientos metódicos que nadie esperaría de un ciego, comencé a preparar mis utensilios. Con mis manos alcance mis cuchillos gigantes, mis ollas enormes, y mis morteros de piedra.
El aroma de los hongos llenó la cocina cuando comencé a cortarlos en trozos gruesos y su textura cedía bajo el filo de mi cuchillo. Mientras que las raíces de savia salada, después de que las lavé y raspé, revelaron un interior blanco y fibroso, listo para liberar su sabor durante la cocción.
Cuando yo cocino, la oscuridad se transforma en un universo de sensaciones, donde los ingredientes recolectados con cuidado y gratitud, siempre esperaban ser transformados en un festín para el cuerpo pero por encima de eso, en un manjar para el espíritu. Ya la preparación había comenzado, y el aire ya anunciaba la promesa de sabores únicos.
El primer plato que me dispuse a cocinar era una sopa deliciosa. espesa, nutritiva y reconfortante, que estuviera centrada en el sabor profundo de los hongos “trompetas de la muerte”. Asi que tome una de mis ollas mas grandes y verti agua fresca que algunos de mis compañeros revolucionarios habian obtenido de una fuente de agua cercana. Calculé la cantidad de agua en base a mi experiencia. Luego añadí las trompetas de la muerte cortadas.
Sin embargo, los hongos no eran lo único que acompañaría a las raíces, sería una receta muy simplona. Por lo que busqué entre mis hierbas secas, identificándolas una por una según su textura y su olor. Entre todas las hierbas decidí usar hojas de lirio de carmesí por su sabor ligeramente amargo y sus propiedades digestivas. Luego de seleccionarlas las añadí a la olla, dejando que sus sabores se liberen lentamente con el calor.
Para darle espesor a la sopa el ingrediente principal eran las raíces, así que tomé algunas de las que había recolectado. Y con mis propias manos las corté en trozos más pequeños y las añadí a la olla. El resultado sería predecible y es que durante la cocción lenta, liberarían su sabor y su almidón, espesando el caldo y añadiendo un toque inesperado al platillo.
Mientras la sopa comenzaba a hervir suavemente, me concentré totalmente en los aromas que emanaban de la olla, como si fuese una bomba de olores placenteros. El olor terroso de los hongos se mezclaba con los toques amargos del lirio y el sabor intenso de las raíces. Con cuidado añadí una pizca de sal marina que los comerciantes de las islas vecinas traían a Korossasu, y unas hojas secas de una hierba local conocida como Pimienta Silvestre que aportaba un ligero toque picante.
La cocción lenta era clave para esta sopa en particular, así que dejé que la sopa hirviera durante horas, revolviéndola ocasionalmente con una cuchara de madera gigante. El sonido burbujeante y el cambio gradual en el aroma era lo que me indicaba el progreso de la cocción. Los hongos debían ablandarse hasta casi deshacerse y las raíces debían volverse tiernas.
Al final de la cocción, el aroma que llenaba la cocina era rico y complejo. Probé un poco de sopa con una gran cuchara y mis papilas gustativas, increíblemente desarrolladas, detectando el equilibrio perfecto de sabores. No pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. Que sabor tan perfecto.
— Gracias por esto Dios. Amen —dije en voz alta tras darle un sorbo a la sopa que sin duda seria una ofrenda cálida y nutritiva para los fríos días que se avecinaban.
Aunque la sopa ya era suficiente decidí preparar otro plato mas, uno que resaltara la textura carnosa y el sabor profundo de los hongos de una manera diferente. Así que decidí cocinar algunos en una rica salsa de hierbas silvestres que había recolectado en los márgenes del Bosque unos días atrás.
Comencé cortando los hongos que no había usado para la sopa en rodajas gruesas y en una sartén gigante de hierro fundido vertí un poco de aceite de las nueces de Korossasu, y lo calenté suavemente. Tras calentar el aceite en la sartén, añadí las rodajas y las doré por ambos lados hasta que liberaron un aroma característico.
Para la salsa de hierbas utilicé unas hojas de luna, flores de sol y unas hojas de una hierba misteriosa, cuyo sabor era difícil de describir pero que añadía una profundidad umami a los platos. Todas las hierbas las machaque con el mortero con un poco de sal marina y un poquito de aceite para crear una especie de pasta.
Cubrí las rodajas de los hongos con esa pasta en la sartén y removí todo para que todo quedara cubierto. Cuando el calor hizo su trabajo, el aroma de las hierbas inundó la cocina. Añadí un poquito de agua a la sartén y deje que todo hirviera y se espesara.
Y así, tanto la sopa como los hongos en salsa estaban listos para recibir el otoño.
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