01-05-2025, 10:22 PM
De repente, el aire a mi alrededor se volvió denso, casi irrespirable. Sentí una presión aplastante antes de comprender lo que ocurría. Mis manos, ocupadas tratando las heridas del Almirante Yugu Dimípalo, quedaron completamente paralizadas sobre su uniforme desgarrado y ensangrentado por las heridas que había sufrido en combate.
"¿Qué... qué es esto?" – quise preguntar, pero mi garganta se cerró como si una mano invisible me estrangulara. Ni un susurro logró escapar de mis labios.
No pude ni girar la cabeza siquiera, era como si mi cuello estuviera aprisionado por cadenas invisibles. De reojo, vi a Sohem, con su brazo cercenado y la sangre brotando como un manantial carmesí. La mascara que llevaba le ocultaba la expresión que seguramente era una mezcla de impresión, dolor, y coraje desmedido – lo ultimo que pude venir de su energía con mi Haki de Observación – mientras se dirigía en dirección a donde había caído abatido Apolo.
Mis rodillas cedieron por completo. Caí sobre la superficie del manglar empapado, incapaz de mantenerme erguido. Mi cuerpo entero temblaba, pero no era un temblor normal, era como si cada fibra de mi ser intentara huir en direcciones distintas mientras permanecía petrificado.
Era miedo en su estado más puro.
Un miedo primordial, visceral, aterrorizador que se apoderó de mí. No era como el miedo a morir en batalla que había experimentado antes. Era terror en su forma más pura, activando instintos que ni sabía que poseía. Imágenes fragmentadas invadieron mi mente: los cuerpos destrozados en el manglar 33 – recordé con brutal claridad a una mujer con su bebé en brazos, ambos inmóviles bajo escombros humeantes a causa de los ataques del Patriota de esta misma mañana – así como todo lo ocurrido con mis padres y Fugowo en la isla Gyojin. Un anciano (seguramente un simple pescador), decapitado por el Patriota, cuya cabeza había rodado hasta los pies de varios civiles cuando nos encontrábamos en el manglar 69. Los niños... los niños siguieron aquellas imágenes de la mañana, que pasaban por mi cabeza como recuerdos de veterano de guerra que no era, cuyos miembros habían sido dispersados como hojas al viento por las explosiones. La sangre transformando el agua cristalina en un pantano rojizo.
Intenté gritar, advertir al Almirante que seguía frente a mí, pero mis labios solo temblaron inútilmente. Mi mandíbula estaba completamente rígida, mis dientes apretados con tanta fuerza que sentía que se romperían. Un hilillo de saliva escapó por la comisura de mi boca mientras mis ojos, desorbitados, buscaban con desesperación a Sohem de forma inútil rogando internamente que parara. Su figura, consumida por la rabia, se distorsionaba a través de las lágrimas involuntarias que inundaban mis ojos. Era como mirar directamente al abismo y sentir que dicho abismo me devoraba. Quise moverme, huir, esconderme, pero cada músculo de mi cuerpo había abandonado toda voluntad propia. Solo quedaba el miedo, pulsando con cada latido de mi corazón desbocado.
Hasta que, de repente, el miedo se detuvo.
Sohem había controlado su ira y con ella su control sobre su Haki del Conquistador. Estaba claro que este escenario me sobrepasaba de forma descomunal. Una parte de mi quería de verdad huir, escapar de aquí, dejar a estos monstruos pelear la batalla y observar desde la seguridad de la lejanía. Pero mi sentido de la justicia y mi lealtad hacia la institución que representaba detuvieron este impulso cobarde – o de supervivencia, como lo preferían ver aquellos que le obedecían continuamente.
“Almirante, sigo con usted señor, mi vida la entregue a la marina, haga con ella lo que necesite para detener a esta calamidad, úseme de escudo si es necesario, solo usted es capaz de hacerlo.” – le dije al Almirante, convencido de mis palabras, y de que serían las ultimas que seguramente diría en mi vida, mientras juntaba mis cosas para regresar a aplicar los kits médicos que aun portaba conmigo y volvía a activar el Haki de Observación.
El ejemplo de liderazgo que estaba poniendo el Vicealmirante Joe – el héroe – Joestar me hacia entender por fin aquella devoción de Karl hacia esta importante figura de la marina, y me había dado la determinación para hacer lo mismo en caso de ser necesario, a pesar de las consecuencias.
Y apenas era el inicio de la demostración de heroísmo que estaba por suceder.
Mientras seguía curando al Almirante, el Vicealmirante Joe – quien se había colocado de frente al Almirante con los brazos cruzados formando un escudo humano – comenzó a transformarse en un ser inmenso e impresionante, otro monstruo mas que se hacia presente en esta zona de guerra. Su piel adquirió una tonalidad negra mientras que de su espalda surgía un caparazón como el de una tortuga. De la forma mas bizarra posible le apareció una cola en forma de serpiente terminando la cola en una cabeza de serpiente, más bizarro imposible. No tenia idea de que clase de ser era este, pero por lo menos estaba de nuestro lado.
Demostrando la capacidad defensiva de un bloque de diamante, pude sentir como lograba detener uno de los ataques provenientes del barco del Yonko – el cual no pude ver por estar enfocado en la curación del Vicealmirante – escuchando el fuerte impacto de un ataque que seguramente hubiera sido catastrófico de haber sucedido de otra forma.
El milagro se había dado, al menos por el momento, seguíamos todos vivos y el Almirante seguía recuperando sus fuerzas. Era tiempo del contraataque.
"¿Qué... qué es esto?" – quise preguntar, pero mi garganta se cerró como si una mano invisible me estrangulara. Ni un susurro logró escapar de mis labios.
No pude ni girar la cabeza siquiera, era como si mi cuello estuviera aprisionado por cadenas invisibles. De reojo, vi a Sohem, con su brazo cercenado y la sangre brotando como un manantial carmesí. La mascara que llevaba le ocultaba la expresión que seguramente era una mezcla de impresión, dolor, y coraje desmedido – lo ultimo que pude venir de su energía con mi Haki de Observación – mientras se dirigía en dirección a donde había caído abatido Apolo.
Mis rodillas cedieron por completo. Caí sobre la superficie del manglar empapado, incapaz de mantenerme erguido. Mi cuerpo entero temblaba, pero no era un temblor normal, era como si cada fibra de mi ser intentara huir en direcciones distintas mientras permanecía petrificado.
Era miedo en su estado más puro.
Un miedo primordial, visceral, aterrorizador que se apoderó de mí. No era como el miedo a morir en batalla que había experimentado antes. Era terror en su forma más pura, activando instintos que ni sabía que poseía. Imágenes fragmentadas invadieron mi mente: los cuerpos destrozados en el manglar 33 – recordé con brutal claridad a una mujer con su bebé en brazos, ambos inmóviles bajo escombros humeantes a causa de los ataques del Patriota de esta misma mañana – así como todo lo ocurrido con mis padres y Fugowo en la isla Gyojin. Un anciano (seguramente un simple pescador), decapitado por el Patriota, cuya cabeza había rodado hasta los pies de varios civiles cuando nos encontrábamos en el manglar 69. Los niños... los niños siguieron aquellas imágenes de la mañana, que pasaban por mi cabeza como recuerdos de veterano de guerra que no era, cuyos miembros habían sido dispersados como hojas al viento por las explosiones. La sangre transformando el agua cristalina en un pantano rojizo.
Intenté gritar, advertir al Almirante que seguía frente a mí, pero mis labios solo temblaron inútilmente. Mi mandíbula estaba completamente rígida, mis dientes apretados con tanta fuerza que sentía que se romperían. Un hilillo de saliva escapó por la comisura de mi boca mientras mis ojos, desorbitados, buscaban con desesperación a Sohem de forma inútil rogando internamente que parara. Su figura, consumida por la rabia, se distorsionaba a través de las lágrimas involuntarias que inundaban mis ojos. Era como mirar directamente al abismo y sentir que dicho abismo me devoraba. Quise moverme, huir, esconderme, pero cada músculo de mi cuerpo había abandonado toda voluntad propia. Solo quedaba el miedo, pulsando con cada latido de mi corazón desbocado.
Hasta que, de repente, el miedo se detuvo.
Sohem había controlado su ira y con ella su control sobre su Haki del Conquistador. Estaba claro que este escenario me sobrepasaba de forma descomunal. Una parte de mi quería de verdad huir, escapar de aquí, dejar a estos monstruos pelear la batalla y observar desde la seguridad de la lejanía. Pero mi sentido de la justicia y mi lealtad hacia la institución que representaba detuvieron este impulso cobarde – o de supervivencia, como lo preferían ver aquellos que le obedecían continuamente.
“Almirante, sigo con usted señor, mi vida la entregue a la marina, haga con ella lo que necesite para detener a esta calamidad, úseme de escudo si es necesario, solo usted es capaz de hacerlo.” – le dije al Almirante, convencido de mis palabras, y de que serían las ultimas que seguramente diría en mi vida, mientras juntaba mis cosas para regresar a aplicar los kits médicos que aun portaba conmigo y volvía a activar el Haki de Observación.
El ejemplo de liderazgo que estaba poniendo el Vicealmirante Joe – el héroe – Joestar me hacia entender por fin aquella devoción de Karl hacia esta importante figura de la marina, y me había dado la determinación para hacer lo mismo en caso de ser necesario, a pesar de las consecuencias.
Y apenas era el inicio de la demostración de heroísmo que estaba por suceder.
Mientras seguía curando al Almirante, el Vicealmirante Joe – quien se había colocado de frente al Almirante con los brazos cruzados formando un escudo humano – comenzó a transformarse en un ser inmenso e impresionante, otro monstruo mas que se hacia presente en esta zona de guerra. Su piel adquirió una tonalidad negra mientras que de su espalda surgía un caparazón como el de una tortuga. De la forma mas bizarra posible le apareció una cola en forma de serpiente terminando la cola en una cabeza de serpiente, más bizarro imposible. No tenia idea de que clase de ser era este, pero por lo menos estaba de nuestro lado.
Demostrando la capacidad defensiva de un bloque de diamante, pude sentir como lograba detener uno de los ataques provenientes del barco del Yonko – el cual no pude ver por estar enfocado en la curación del Vicealmirante – escuchando el fuerte impacto de un ataque que seguramente hubiera sido catastrófico de haber sucedido de otra forma.
El milagro se había dado, al menos por el momento, seguíamos todos vivos y el Almirante seguía recuperando sus fuerzas. Era tiempo del contraataque.
Resumen
Karmas
Curación al Almirante
Belico
Haki
Gasto
inventario

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