05-05-2025, 02:31 AM
(Última modificación: 05-05-2025, 02:57 AM por RedSmoke Kelo.)
Justo cuando sus piernas se cerraban, ya estaba en el aire, pero no sin antes dejarle un par de recuerdos donde más duele. Dos cortes precisos. Lo justo para que no sangrara… pero sí para que picara como un papel afilado en la yema del dedo. O peor.
El muy bestia se encogió de golpe y su mano pasó de querer partirme en dos a sobarse las pelotas con desesperación. Una escena grotesca. Por poco no me meo de la risa.
—¿Qué cojones? Maldito gigante salido...—solté con sorna mientras me alzaba por encima de él, flotando con las alas abiertas.
Aquella imagen fue lo más surrealista que había visto jamás...tardaría en borrarlo de mi mente.
Sentí cómo cambiaba el aire.
Ya no rugía, ya no bufaba. Se había calmado. Pero no de forma normal… era raro. Como si de golpe todo tuviera otro peso. Y entonces lo vi levantarse.
Rápido.
Demasiado para ese tamaño. Un viento fuerte le levantó la capucha, y ahí fue cuando el mundo se me encogió un poco por dentro.
Cabello negro.
Una cicatriz, de lado a lado de la frente.
Y esos ojos... joder.
Esos ojos sin iris, como lechos secos. Blancos como hueso.
Algo dentro de mí hizo clic. No por miedo. Por duda. Por una sombra vieja, como si alguien hubiese encendido una vela en una habitación cerrada desde hace años. Me quedé ahí, en el aire, sin bajar la guardia pero sin avanzar. El filo de Kurimuzon aún humeaba de calor. Mi fuego, vibrando suave sobre mi cabeza.
—No puede ser... —murmuré, en voz baja, más para mí que para él— Esos ojos…
El latigazo que soltó me pilló. Pero no me importaba el ataque.
Me importaba lo que vino después.
Esa voz. Esa forma de decir mi nombre.
Me quedé en silencio un segundo, clavando la mirada en él. El corazón me dio un golpe en el pecho. No era un rival. No del todo.
—…¿Beto?
Bajé ligeramente la guardia, sin llegar a romper la postura de combate.
—Joder… ¿Eres tú, cabrón?
El muy bestia se encogió de golpe y su mano pasó de querer partirme en dos a sobarse las pelotas con desesperación. Una escena grotesca. Por poco no me meo de la risa.
—¿Qué cojones? Maldito gigante salido...—solté con sorna mientras me alzaba por encima de él, flotando con las alas abiertas.
Aquella imagen fue lo más surrealista que había visto jamás...tardaría en borrarlo de mi mente.
Sentí cómo cambiaba el aire.
Ya no rugía, ya no bufaba. Se había calmado. Pero no de forma normal… era raro. Como si de golpe todo tuviera otro peso. Y entonces lo vi levantarse.
Rápido.
Demasiado para ese tamaño. Un viento fuerte le levantó la capucha, y ahí fue cuando el mundo se me encogió un poco por dentro.
Cabello negro.
Una cicatriz, de lado a lado de la frente.
Y esos ojos... joder.
Esos ojos sin iris, como lechos secos. Blancos como hueso.
Algo dentro de mí hizo clic. No por miedo. Por duda. Por una sombra vieja, como si alguien hubiese encendido una vela en una habitación cerrada desde hace años. Me quedé ahí, en el aire, sin bajar la guardia pero sin avanzar. El filo de Kurimuzon aún humeaba de calor. Mi fuego, vibrando suave sobre mi cabeza.
—No puede ser... —murmuré, en voz baja, más para mí que para él— Esos ojos…
El latigazo que soltó me pilló. Pero no me importaba el ataque.
Me importaba lo que vino después.
Esa voz. Esa forma de decir mi nombre.
Me quedé en silencio un segundo, clavando la mirada en él. El corazón me dio un golpe en el pecho. No era un rival. No del todo.
—…¿Beto?
Bajé ligeramente la guardia, sin llegar a romper la postura de combate.
—Joder… ¿Eres tú, cabrón?
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