05-05-2025, 07:59 AM
Las lágrimas empezaron a correr por aquellos gigantes cachetes. Esa voz, ese olor. Ahora lo recordaba. Solo bastó escuchar su nombre para que Beto confirmara su sospecha. Se trataba del señor Kelo. El corazón del gigante latía de alegría, y sus lágrimas no paraban de caer en la tierra.
— Que Dios me perdone por haberle hecho daño a un amigo. Y por haberle llamado demonio. Amén —dijo Beto arrodillándose en tierra y autoflagelándose literalmente con su propio látigo.
Un latigazo, dos latigazos, tres latigazos. Con eso debía bastar por haber sido violento con un ser querido. De repente, la cara de Beto se sonrojó al pensar que el señor Kelo le había tocado la entrepierna. Todo estaba mal, muy mal. ¿Necesitaba más latigazos?
El gigante metió sus manos entre sus ropas y sacó algunas monedas que cargaba encima. No eran muchas. Pero por tacto nuestro ciego amigo pudo determinar que serian suficiente para compensar los daños.
— Le ruego que me perdone señor Kelo. Acepte por favor estas monedas para que pueda ir a que un médico revise sus heridas —le dijo el gigante ofreciéndole aproximadamente unos 2000 berries en monedas—. Me llena de alegría escuchar su voz. Ha pasado ya mucho tiempo.
Aunque la mayoría de las personas de Korossasu viven en Cobo, habían ciertas excepciones, entre ellas, Beto y Kelo. Ambos, años atrás, residían en Yasu. Eran muchas las anécdotas del pasado que compartían. Y al igual que Beto le debía mucho a los aldeanos de Cobo, también le debía a Kelo.
— Por favor, le ruego que me acompañe hacia donde mis compañeros se han ido. No logro ubicarme. Nos dirigimos a mi cabaña. Agradecería su ayuda para no tener que molestar a nadie en Cobo a estas horas de la noche —le pidió Beto a su querido amigo—. Ha sido Dios el que lo ha puesto en mi camino. Amen.
— Que Dios me perdone por haberle hecho daño a un amigo. Y por haberle llamado demonio. Amén —dijo Beto arrodillándose en tierra y autoflagelándose literalmente con su propio látigo.
Un latigazo, dos latigazos, tres latigazos. Con eso debía bastar por haber sido violento con un ser querido. De repente, la cara de Beto se sonrojó al pensar que el señor Kelo le había tocado la entrepierna. Todo estaba mal, muy mal. ¿Necesitaba más latigazos?
El gigante metió sus manos entre sus ropas y sacó algunas monedas que cargaba encima. No eran muchas. Pero por tacto nuestro ciego amigo pudo determinar que serian suficiente para compensar los daños.
— Le ruego que me perdone señor Kelo. Acepte por favor estas monedas para que pueda ir a que un médico revise sus heridas —le dijo el gigante ofreciéndole aproximadamente unos 2000 berries en monedas—. Me llena de alegría escuchar su voz. Ha pasado ya mucho tiempo.
Aunque la mayoría de las personas de Korossasu viven en Cobo, habían ciertas excepciones, entre ellas, Beto y Kelo. Ambos, años atrás, residían en Yasu. Eran muchas las anécdotas del pasado que compartían. Y al igual que Beto le debía mucho a los aldeanos de Cobo, también le debía a Kelo.
— Por favor, le ruego que me acompañe hacia donde mis compañeros se han ido. No logro ubicarme. Nos dirigimos a mi cabaña. Agradecería su ayuda para no tener que molestar a nadie en Cobo a estas horas de la noche —le pidió Beto a su querido amigo—. Ha sido Dios el que lo ha puesto en mi camino. Amen.
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