06-05-2025, 01:51 PM
Nunca hablé, nunca dije nada. Ni a las palabras bonitas de Émile, ni a la cuestión de la koala. Y ellos entendieron de qué iba todo aquello, mis dudas resueltas. Habían entendido.
Estaba bastante nervioso, era una sensación nueva la de enfrentarme a un compañero. Y el comportamiento de Vladimir no fue el que esperaba, se encontraba algo molesto y cargado de energía, era una bestia, un marine cazando a un pirata. Malinterpretó el mensaje, sin dudas. ¿Que si era vengativo? Claro, ¿quién no lo es en este mundo? Pero yo no lo llamo venganza, lo llamo rencor de quien me traiciona, de quien arrebata la confianza de un tirón. Pero por llamarme feo... qué pensamiento más efímero y finito. En mi pueblo escupían el suelo cada vez que me veían, era para quitarse la maldición de mi existencia. Llamarme feo era un privilegio; al menos él sí me veía vivo y no endemoniado. Que estuviera fuera de peso significaba un plus para mi forma de pelear, pero no lo elegí por lo que ocupaba en el espacio, sino que, como yo, parecía estar roto.
Ryu apareció. Ya se me hizo costumbre ese movimiento espectral; moverse entre los de menor experiencia marcaba mucho la cancha. Lo hacía ver elegante y poderoso, claro que lo íbamos a respetar. Nos dio quince minutos para elegir de entre los cachivaches. Armas para levantarlas contra un compañero, lucía y emitía la esencia de la Marina. Educarnos con el sabor de la bota, de la violencia. Hombres fuertes con el cuerpo curtido y el corazón en pedazos. Yo ya venía defectuoso.
En esos quince minutos, mi falta de habilidad me alejaba del armamento, decidí mirar el terreno. Me desplacé sobre él con un andar mudo, imperceptible, como si todo lo que cargara desapareciera. Se sentía lo duro y pesado que sería transitar en adrenalina. Con leves brisas se despegaban pequeñas nubes de polvo, y mis ojos, buscando refugio, solo encontraban las piedras del suelo como aliadas; proyectiles. El que era mi rival traía en la zurda un gran escudo; eso me iba a dificultar un poco mi labor. ¿Podría levantarlo por encima del hombro? Ryu quebró mi análisis ya que seríamos los primeros en enfrentarnos.
Tomamos la distancia que el pelirrojo exigió. Debía alejarme lo antes posible. Pese a su estado físico, el peso de sus golpes sería suficiente para derrumbar mi frágil anatomía de origami. Vladimir decidió ir primero, a toda prisa, y viendo el movimiento de sus rodillas supe que se acercaría por un salto, ese movimiento que forma parte de la naturalidad del ser. Una pequeña flexión de rodilla delataba sus intenciones y activaba mis sensores. Y como una pluma, dancé sobre el terreno, emulé el mismo estilo de mi compañero y, con un salto de un metro más medio, me alejé de lo que parecía ser un terrible puñetazo. Pese a su estado físico, mi compañero, convertido en mi rival, tenía unos movimientos terribles. Si mis reflejos me traicionaban, estaría en el suelo, producto de su golpe. Al tomar contacto con mi nuevo destino dejé que mi mano acariciara el suelo, y con lo que pareció un solo movimiento gimnástico tomé una piedra. La forma casi esférica era perfecta para utilizarla como proyectil. Lancé el mineral con toda mi precisión; el objetivo era su frente. Un simple pero práctico artilugio, lanzar una piedra. Pero que las apariencias no engañen; desde mi formación combativa me he dedicado a arrojar cosas, así como tiré mi corazón por la borda.
Estaba bastante nervioso, era una sensación nueva la de enfrentarme a un compañero. Y el comportamiento de Vladimir no fue el que esperaba, se encontraba algo molesto y cargado de energía, era una bestia, un marine cazando a un pirata. Malinterpretó el mensaje, sin dudas. ¿Que si era vengativo? Claro, ¿quién no lo es en este mundo? Pero yo no lo llamo venganza, lo llamo rencor de quien me traiciona, de quien arrebata la confianza de un tirón. Pero por llamarme feo... qué pensamiento más efímero y finito. En mi pueblo escupían el suelo cada vez que me veían, era para quitarse la maldición de mi existencia. Llamarme feo era un privilegio; al menos él sí me veía vivo y no endemoniado. Que estuviera fuera de peso significaba un plus para mi forma de pelear, pero no lo elegí por lo que ocupaba en el espacio, sino que, como yo, parecía estar roto.
Ryu apareció. Ya se me hizo costumbre ese movimiento espectral; moverse entre los de menor experiencia marcaba mucho la cancha. Lo hacía ver elegante y poderoso, claro que lo íbamos a respetar. Nos dio quince minutos para elegir de entre los cachivaches. Armas para levantarlas contra un compañero, lucía y emitía la esencia de la Marina. Educarnos con el sabor de la bota, de la violencia. Hombres fuertes con el cuerpo curtido y el corazón en pedazos. Yo ya venía defectuoso.
En esos quince minutos, mi falta de habilidad me alejaba del armamento, decidí mirar el terreno. Me desplacé sobre él con un andar mudo, imperceptible, como si todo lo que cargara desapareciera. Se sentía lo duro y pesado que sería transitar en adrenalina. Con leves brisas se despegaban pequeñas nubes de polvo, y mis ojos, buscando refugio, solo encontraban las piedras del suelo como aliadas; proyectiles. El que era mi rival traía en la zurda un gran escudo; eso me iba a dificultar un poco mi labor. ¿Podría levantarlo por encima del hombro? Ryu quebró mi análisis ya que seríamos los primeros en enfrentarnos.
Tomamos la distancia que el pelirrojo exigió. Debía alejarme lo antes posible. Pese a su estado físico, el peso de sus golpes sería suficiente para derrumbar mi frágil anatomía de origami. Vladimir decidió ir primero, a toda prisa, y viendo el movimiento de sus rodillas supe que se acercaría por un salto, ese movimiento que forma parte de la naturalidad del ser. Una pequeña flexión de rodilla delataba sus intenciones y activaba mis sensores. Y como una pluma, dancé sobre el terreno, emulé el mismo estilo de mi compañero y, con un salto de un metro más medio, me alejé de lo que parecía ser un terrible puñetazo. Pese a su estado físico, mi compañero, convertido en mi rival, tenía unos movimientos terribles. Si mis reflejos me traicionaban, estaría en el suelo, producto de su golpe. Al tomar contacto con mi nuevo destino dejé que mi mano acariciara el suelo, y con lo que pareció un solo movimiento gimnástico tomé una piedra. La forma casi esférica era perfecta para utilizarla como proyectil. Lancé el mineral con toda mi precisión; el objetivo era su frente. Un simple pero práctico artilugio, lanzar una piedra. Pero que las apariencias no engañen; desde mi formación combativa me he dedicado a arrojar cosas, así como tiré mi corazón por la borda.
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