06-05-2025, 07:50 PM
(Última modificación: 06-05-2025, 07:52 PM por Jean D´Orlanais.)
Jean suspiró. En el fondo sabía que la probabilidad de que sus palabras hicieran que aquel hombre bajase su arma y se rindiera era, siendo generosos, limitada. No iba a atender a razones, podía verse en el reflejo de sus ojos la firme convicción de quien cree estar en el lado bueno de la historia, de aquellos que manchan sus manos de la sangre de otros alegando motivos superiores que los justifiquen. Siempre había habido hombres así, y siempre los habría. Personas que ni siquiera eran conscientes del daño que hacían a los demás, aunque ellos mismos lo hubiesen sufrido en sus propias carnes. Personas que elegían el camino fácil, el ojo por ojo, y que solo querían verter la sangre que ellos habían perdido antes.
-No me vengas con condescendencia. No soy una ingenua. - murmuró la joven frunciendo el ceño mientras Dumati arremetía contra ella, salvando en pocos segundos los metros que los separaban. - Se que el mundo es duro y puede estar lleno de sufrimiento e injusticias...
Dumati, prácticamente encima de ella, lanzó un tajo con su afilada katana. Jean inspiró. Sintió aquella desagradable mezcla de carbón, óxido y tierra que apelmazaba el aire a su alrededor, pero no se movió. "Justo en el último momento" recordó Jean. Que la sargento Amren, su instructora, era una persona temeraria no era ningún secreto. Pero tampoco había nadie que dudara de su talento para el combate. El corazón de la joven marine, inexperta, se aceleró hasta casi salirse de su pecho cuando vio el destello del frio acero acercándose rápida y peligrosamente hacia ella. "¡Ahora!". En un segundo, las piernas de Jean se tensaron y dio un rápido pasó hacía atrás, esquivando por poco el sencillo pero peligroso tajo de Dumati. Era peligroso apurar tanto una esquiva, pero también dejaba al oponente más expuesto a un contrataque.
- ... pero nada justifica el utilizar la violencia contra los demás. Lo que habéis hecho en estas minas no tiene excusa ni perdón, quieras justificarlo de una forma u otra. - dijo Jean mirándolo fijamente a los ojos.
Una pequeña ráfaga de polvo se levantó tras su talón al frenar. Toda su figura se tensó. Apenas a un metro escaso de su oponente, levantó su espada frente a su rostro, lista para contratacar, pero algo tiró de ella. Apretó los dientes. Una rápida sucesión de imágenes bailó por su mente. Decenas de obreros huyendo despavoridos, los cuerpos de quienes no lograron hacerlo tumbados inertes en los túneles que habían recorrido, cascos aplastados, la sonrisa de suficiencia de aquellos bandidos, sus propios compañeros tras ella... Dumati. Una rabia furibunda se apoderó de la joven, impulsándola a atacar como si el propio viento fuese a acompañar los movimientos de Zéphyros. Su corazón pedía vengar a todos aquellos que no iban a volver a levantarse, su cuerpo ansiaba la emoción de la pelea... Pero su mente los contuvo a ambos.
- Debo ser mejor... Debemos ser mejores... Podemos ser mejores...
Erguida y con la espada en vertical frente a su cara, llevó su mano izquierda a la espalda y bajo levemente a Zéphyros, hasta colocarla en un ángulo de cuarenta y cinco grados apuntando a Dumati. No atacó. No se lanzó a por él. No intentó aprovechar la abertura que había quedado tras su esquiva. No contratacó.
- No quiero luchar. No quiero herirte. No ganaremos nada con ello. Hemos venido un destacamento completo junto con nuestra Sargento. Estas solo. No podrás escapar... - le explicó Jean, con un tono duro, pero suplicante. - Pero detén la rueda, por favor. No se lo que has tenido que sufrir, pero aquellos a los que has matado no lo merecían. Estaban en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Como puede que lo estuvieras tu en su momento. La diferencia es que tu, ahora, puedes elegir. Puedes elegir parar. Puedes elegir no seguir con esto. Dumati. - mencionó su nombre con voz más suave - Se diferente. Haz lo correcto.
Tragó saliva mientras plantaba sus pies bien en el suelo, preparada para una nueva arremetida. Estaba jugando con fuego, pero debía intentarlo. Debía hacer todo lo posible por intentar que no se derramara más sangre.
-No me vengas con condescendencia. No soy una ingenua. - murmuró la joven frunciendo el ceño mientras Dumati arremetía contra ella, salvando en pocos segundos los metros que los separaban. - Se que el mundo es duro y puede estar lleno de sufrimiento e injusticias...
Dumati, prácticamente encima de ella, lanzó un tajo con su afilada katana. Jean inspiró. Sintió aquella desagradable mezcla de carbón, óxido y tierra que apelmazaba el aire a su alrededor, pero no se movió. "Justo en el último momento" recordó Jean. Que la sargento Amren, su instructora, era una persona temeraria no era ningún secreto. Pero tampoco había nadie que dudara de su talento para el combate. El corazón de la joven marine, inexperta, se aceleró hasta casi salirse de su pecho cuando vio el destello del frio acero acercándose rápida y peligrosamente hacia ella. "¡Ahora!". En un segundo, las piernas de Jean se tensaron y dio un rápido pasó hacía atrás, esquivando por poco el sencillo pero peligroso tajo de Dumati. Era peligroso apurar tanto una esquiva, pero también dejaba al oponente más expuesto a un contrataque.
- ... pero nada justifica el utilizar la violencia contra los demás. Lo que habéis hecho en estas minas no tiene excusa ni perdón, quieras justificarlo de una forma u otra. - dijo Jean mirándolo fijamente a los ojos.
Una pequeña ráfaga de polvo se levantó tras su talón al frenar. Toda su figura se tensó. Apenas a un metro escaso de su oponente, levantó su espada frente a su rostro, lista para contratacar, pero algo tiró de ella. Apretó los dientes. Una rápida sucesión de imágenes bailó por su mente. Decenas de obreros huyendo despavoridos, los cuerpos de quienes no lograron hacerlo tumbados inertes en los túneles que habían recorrido, cascos aplastados, la sonrisa de suficiencia de aquellos bandidos, sus propios compañeros tras ella... Dumati. Una rabia furibunda se apoderó de la joven, impulsándola a atacar como si el propio viento fuese a acompañar los movimientos de Zéphyros. Su corazón pedía vengar a todos aquellos que no iban a volver a levantarse, su cuerpo ansiaba la emoción de la pelea... Pero su mente los contuvo a ambos.
- Debo ser mejor... Debemos ser mejores... Podemos ser mejores...
Erguida y con la espada en vertical frente a su cara, llevó su mano izquierda a la espalda y bajo levemente a Zéphyros, hasta colocarla en un ángulo de cuarenta y cinco grados apuntando a Dumati. No atacó. No se lanzó a por él. No intentó aprovechar la abertura que había quedado tras su esquiva. No contratacó.
- No quiero luchar. No quiero herirte. No ganaremos nada con ello. Hemos venido un destacamento completo junto con nuestra Sargento. Estas solo. No podrás escapar... - le explicó Jean, con un tono duro, pero suplicante. - Pero detén la rueda, por favor. No se lo que has tenido que sufrir, pero aquellos a los que has matado no lo merecían. Estaban en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Como puede que lo estuvieras tu en su momento. La diferencia es que tu, ahora, puedes elegir. Puedes elegir parar. Puedes elegir no seguir con esto. Dumati. - mencionó su nombre con voz más suave - Se diferente. Haz lo correcto.
Tragó saliva mientras plantaba sus pies bien en el suelo, preparada para una nueva arremetida. Estaba jugando con fuego, pero debía intentarlo. Debía hacer todo lo posible por intentar que no se derramara más sangre.
Bélico
