07-05-2025, 11:40 AM
La gente del pueblo soltó los jabalís tan pronto como Beto lo ordenó, algo confusos al principio, pensando que tal vez no querría ayuda o que quizás tenía otros planes para la piara salvaje de marranos con prominentes colmillos. Sin embargo en cuanto escucharon que el auténtico depredador ya venía se quedaron, de nuevo, helados; soltaron los jabalís y todos se apartaron de la plaza — ¿Otro más? ¿Qué hemos hecho en este pueblo para que nos pasen tantas desgracias? — decía uno de los chicos más jóvenes que se encontraba por allí. Todos hicieron caso de las directrices que el gigante comandaba, buscaron refugio y, esta vez, no se preocuparon de recoger nada, pues sabían que su ángel de la guarda particular estaba ahí para protegerlos, y no había nada que temer con el gran Beto de su lado, pues tenerlo a él significaba tener al gran señor de su lado también. Todos los habitantes del otrora tranquilo pueblo Cobo se encontraban escondidos, pero mirando con detenimiento todo lo que pasaba, de la maleza salió un enorme oso pardo que resultaba aún más enorme al ponerse sobre sus dos patas, aunque no era más enorme que el gigante que los protegía, que había decidido darle la espalda al animal mientras rugía para mostrar su dominancia, lanzándose al ataque antes de que el gigante correspondiera a su gesto con todo el amor que se podría esperar de una persona sin enemigos.
El oso quedó visiblemente confuso para todos, menos para Beto, claro. El animal se acercó con cuidado hacia el carro que se le había ofrecido, olfateó los peces por encima y tras unos segundos de silencio en los que tan solo podía escucharse su pesada respiración y como su morro se encogía con cada olisqueada que le daba al montón de pescados hundió su cara en el carro, devorando todo lo que había en él como si llevase días sin comer. Usó sus garras para tumbar el carrito, haciendo que los peces cayeran al suelo y pudiera comerlos de allí, con mayor facilidad. Cuando acabó de comer tan solo quedaban los peces más pequeños, alrededor de un tercio de lo que había antes de que el gran mamífero empezase a comer, y una vez saciado volvió al bosque sin mediar palabra. -o gruñido-, con nadie, simplemente dejó la plaza del pueblo y volvió al interior del bosque. Cuando el peligro estaba completamente fuera de la vista todos volvieron a salir de sus escondites, y esta vez más que nunca, explotaron en euforia, todos se arremolinaron alrededor del gigante, vitoreando y cantando su nombre a coro para celebrar lo que había sucedido allí, pero el sonido de un disparo puso en pausa, una vez más, la alegría de los ciudadanos. — Me han dicho que había problemas, ¿Qué ha pasado? — un hombre calvo armado con una escopeta entraba en escena, — Ya no hace falta el arma, Beto nos ha salvado con pescado, pero gracias por venir tan rápido, Rick. — respondió un hombre joven.
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