Las órdenes que había dado el Almirante Yugu eran claras y concisas. La pacífica y llena de vida Sabaody se encontraba en un estado de máxima alarma al estar bajo el ataque de uno de los criminales con más vileza y una de las grandes potencias de todo el Grand Line y los cuatro mares. El yonko y capitán de los Piratas Armados, Odki ‘Akahige’ Murray. Susurrar su nombre era suficiente motivo para amedrentar incluso al más gallardo de los guerreros pero el Almirante Tucrow era harina de otro costal. En pos de responder al llamado de su compañero, Aoyagi reunió a su escuadrón de máxima confianza, el aclamado y selecto grupo de marines que él mismo había reconocido y entrenado, los Zoodiacool, cuerpo de élite que, entre sus filas, se encontraba el siempre sereno e inalterable Hayato Kiba.
Llevando ya un buen trecho desde que partieron hacia el archipiélago, el navío personal de Tucrow en el que habían embarcado todos, el Cool G. Gang, surcaba los mares raudo hacia su destino. Lejos del ajetreo y el caos que podía protagonizar cualquiera de sus compañeros consagrados y confraternizados, el mink, estando en la cubierta cerca de la proa, podía sentir en silencio como el gélido céfiro acariciaba con gentileza su pelaje, que se mecía ante el viento como si danzara ante la suave brisa. Desde el preciso momento en el que zarparon, el mink permaneció inmóvil en ese punto exacto, como el perro que espera durante horas tras la puerta de su hogar esperando a que su dueño volviera. Con su muñeca derecha apoyada sobre la empuñadura de su fiel arma, Hauru - quién descansaba envainada en el lado izquierdo de su cadera -, Hayato se orientaba hacia el horizonte, con solemnidad, y como si se estuviera preparando mentalmente para lo que estaba a punto de acontecer. Mientras, hacía uso de su refinado Color de la Observación, lo agudizaba y extendía a su máximo alcance. “Que las fuerzas de la justicia sentencien… No… Que los mismos cielos impugnen esta atrocidad que… Tampoco, tiene intensidad mas es demasiado barroco…”. Se debatía, internamente, negando reiteradamente con su cabeza, por escoger que frase sería la que formularía al toparse con el gran enemigo que les esperaba. Por muy terrorífico que pudiera ser enfrentarse a uno de los emperadores de los mares, Hayato no pensaba dejar que saliera indemne alguien que osara perturbar la paz. Además, entre las filas que se situaban defendiendo actualmente las costas del archipiélago, se encontraba el vicealmirante Joe Joestar, quién había sido recientemente reconocido por su admirado Tucrow y había pasado a formar parte del Zoodiacool, ocupando el puesto, hasta ahora vacante, de la serpiente. Ahora era uno de los suyos, un hermano jurado más, y como tal, debían cubrirse las espaldas en las situaciones peliagudas.
Aproximándose cada vez más a las inmediaciones de Sabaody, el olor a pólvora, humo invadían con más intensidad las fosas nasales de Hayato. En adición, múltiples estallidos, explosiones, gritos de guerra y de dolor resonaban con furia y desanhelo, vibrando con fiereza en los tímpanos del mink. Como si estuviera recibiendo una señal de peligro inminente y una alerta de que estaban junto al campo de batalla, cada uno de los pelos de Hayato se erizaron como escarpias. Pero lejos de titubear y achantarse, el espíritu indoblegable de Hayato se mantuvo inquebrantable, no dudando ni un ápice en cual era su cometido, en cual era su misión. Y por si fuera poca su valía, su idolatrado Almirante, irrumpió en la escena brindando moral a las tropas y, sobre todo, a todos los Zoodiacool con una increíble y magnánima actuación, causando que el corazón del mink perro rebosara de coraje, aproximándose a Tucrow a la vez que movía la cola alegremente. Si alguna vez llegaba a defraudar a la persona que más admiraba, Hayato no dudaría en cometer seppuku por tal deshonor.
-Llegada la hora de contener esta afrenta ha. Awooooof- Anunció el mink, pasando a empuñar el rojo cuero de su katana con firmeza, desenvainándola al momento y alzando su filo hacia el cielo.
-No temáis ya más
He aquí los refuerzos
Ora, rendíos -
Versó estoico Hayato, sin deshacer su postura y dando, posteriormente, un aullido alentador hacia el astro rey, a la par que el resto de los Zoodiacool llevaban a cabo sus respectivas disciplinas artísticas - con mejor o peor resultado -, formando un escándalo de tal magnitud que podía ser percibido perfectamente en la lejanía. Por muy poderosos que fueran los Piratas Armados, con ellos sobre el tablero de juego no tenían nada que hacer.
Llevando ya un buen trecho desde que partieron hacia el archipiélago, el navío personal de Tucrow en el que habían embarcado todos, el Cool G. Gang, surcaba los mares raudo hacia su destino. Lejos del ajetreo y el caos que podía protagonizar cualquiera de sus compañeros consagrados y confraternizados, el mink, estando en la cubierta cerca de la proa, podía sentir en silencio como el gélido céfiro acariciaba con gentileza su pelaje, que se mecía ante el viento como si danzara ante la suave brisa. Desde el preciso momento en el que zarparon, el mink permaneció inmóvil en ese punto exacto, como el perro que espera durante horas tras la puerta de su hogar esperando a que su dueño volviera. Con su muñeca derecha apoyada sobre la empuñadura de su fiel arma, Hauru - quién descansaba envainada en el lado izquierdo de su cadera -, Hayato se orientaba hacia el horizonte, con solemnidad, y como si se estuviera preparando mentalmente para lo que estaba a punto de acontecer. Mientras, hacía uso de su refinado Color de la Observación, lo agudizaba y extendía a su máximo alcance. “Que las fuerzas de la justicia sentencien… No… Que los mismos cielos impugnen esta atrocidad que… Tampoco, tiene intensidad mas es demasiado barroco…”. Se debatía, internamente, negando reiteradamente con su cabeza, por escoger que frase sería la que formularía al toparse con el gran enemigo que les esperaba. Por muy terrorífico que pudiera ser enfrentarse a uno de los emperadores de los mares, Hayato no pensaba dejar que saliera indemne alguien que osara perturbar la paz. Además, entre las filas que se situaban defendiendo actualmente las costas del archipiélago, se encontraba el vicealmirante Joe Joestar, quién había sido recientemente reconocido por su admirado Tucrow y había pasado a formar parte del Zoodiacool, ocupando el puesto, hasta ahora vacante, de la serpiente. Ahora era uno de los suyos, un hermano jurado más, y como tal, debían cubrirse las espaldas en las situaciones peliagudas.
Aproximándose cada vez más a las inmediaciones de Sabaody, el olor a pólvora, humo invadían con más intensidad las fosas nasales de Hayato. En adición, múltiples estallidos, explosiones, gritos de guerra y de dolor resonaban con furia y desanhelo, vibrando con fiereza en los tímpanos del mink. Como si estuviera recibiendo una señal de peligro inminente y una alerta de que estaban junto al campo de batalla, cada uno de los pelos de Hayato se erizaron como escarpias. Pero lejos de titubear y achantarse, el espíritu indoblegable de Hayato se mantuvo inquebrantable, no dudando ni un ápice en cual era su cometido, en cual era su misión. Y por si fuera poca su valía, su idolatrado Almirante, irrumpió en la escena brindando moral a las tropas y, sobre todo, a todos los Zoodiacool con una increíble y magnánima actuación, causando que el corazón del mink perro rebosara de coraje, aproximándose a Tucrow a la vez que movía la cola alegremente. Si alguna vez llegaba a defraudar a la persona que más admiraba, Hayato no dudaría en cometer seppuku por tal deshonor.
-Llegada la hora de contener esta afrenta ha. Awooooof- Anunció el mink, pasando a empuñar el rojo cuero de su katana con firmeza, desenvainándola al momento y alzando su filo hacia el cielo.
-No temáis ya más
He aquí los refuerzos
Ora, rendíos -
Versó estoico Hayato, sin deshacer su postura y dando, posteriormente, un aullido alentador hacia el astro rey, a la par que el resto de los Zoodiacool llevaban a cabo sus respectivas disciplinas artísticas - con mejor o peor resultado -, formando un escándalo de tal magnitud que podía ser percibido perfectamente en la lejanía. Por muy poderosos que fueran los Piratas Armados, con ellos sobre el tablero de juego no tenían nada que hacer.
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