11-05-2025, 01:47 PM
Mis manos solo doblaron con todo mi potencial. En aquel rincón del mar aún me quedaba un as bajo la manga que no era necesario mostrar. No era momento para mostrar todo lo que era, todo el peso de mis batallas mundanas. Algunas batallas es mejor dejarlas ahí, inalcanzables. Es más sabio irse y mantener aún más el anonimato para cuando estemos listos para pelear. Aunque era un arma, aunque me hubiese posicionado con más respeto. ¿De qué valía utilizarlo en ese momento? El resultado sería el mismo. Este combate ya no me pertenecía. Seguir luchando por el ego del gordinflón no es una opción; ni mi ego me gobierna.
Vladimir rugía, bufaba, maldecía. Él sí parecía estar gobernado por su orgullo, un orgullo que parecía haberle roto solo con el acto de hacerme a un costado. No era necesario seguir. Podía acompañar, estar a su lado; tenía la ofrenda para marcar que él ya no era mi enemigo. Yo estaba en un lugar interno, ya fuera del combate, escandalosamente alejado de lo que podía suponer una disputa. Putinoff no lo podía comprender. Estaba ruborizado, no de amor sino de furia. Me amenazó, buscaba de mí un cuerpo inerte, sin futuro, más alejado de lo terrenal. No fui yo, tampoco él se detuvo. Fue Ryu, una aparición adoctrinadora y totalmente alejada de la vista de cualquiera de los que estábamos allí.
Un ninja, sigiloso, atrevido y lleno de misterio. Su shuriken acarició el aire imperceptible, impresionante, majestuosa. Un movimiento lleno de jerarquía, recordándonos a todos allí que el campo de batalla tenía sus reglas. Sus palabras, justas. Su voz era música serena y conciliadora. No dejábamos de estar en el mismo bando. Nadie quería ser un ser carroñero. Yo estuve cerca de serlo, de dejarme llevar por el ego. Cuánto me faltaba aprender aún.
No quise quedarme quieto. Me motivaron las palabras del pelirrojo. Habitualmente permanecería al margen, al lado, pero me moví silencioso, sin prisa, sin provocación. Aún me quedaba algo que entregar. Era hermoso, era de mí para él. El pájaro, mi símbolo de decisión, aún colgaba en mi diestra.
Me acerqué lo suficiente para estar cara a cara con Vladimir. Era la primera vez que estaba tan cerca de mi rival. Lo miré a los ojos. Fue un instante, atravesando los umbrales de mi máscara, y frente a él volví a ofrecer aquel papel doblado. Sin decir nada, callado. Tampoco buscaba respuesta, solo aceptación.
Por un segundo pensé que todos allí pensarían que perdí por claudicar, pero estuvo lejos de ser eso. Además, había ganado algo distinto; no aplausos ni el honor de ser el siguiente sargento. Recordé que aún podía elegir. Yo me estaba rindiendo de aquel circense combate, mas no me estaba retirando. Y aquel papel en mis manos tenía el filo de mi decisión, de cada una de mis ideas dobladas. Incluso el papel, a veces, puede cortar.
Vladimir rugía, bufaba, maldecía. Él sí parecía estar gobernado por su orgullo, un orgullo que parecía haberle roto solo con el acto de hacerme a un costado. No era necesario seguir. Podía acompañar, estar a su lado; tenía la ofrenda para marcar que él ya no era mi enemigo. Yo estaba en un lugar interno, ya fuera del combate, escandalosamente alejado de lo que podía suponer una disputa. Putinoff no lo podía comprender. Estaba ruborizado, no de amor sino de furia. Me amenazó, buscaba de mí un cuerpo inerte, sin futuro, más alejado de lo terrenal. No fui yo, tampoco él se detuvo. Fue Ryu, una aparición adoctrinadora y totalmente alejada de la vista de cualquiera de los que estábamos allí.
Un ninja, sigiloso, atrevido y lleno de misterio. Su shuriken acarició el aire imperceptible, impresionante, majestuosa. Un movimiento lleno de jerarquía, recordándonos a todos allí que el campo de batalla tenía sus reglas. Sus palabras, justas. Su voz era música serena y conciliadora. No dejábamos de estar en el mismo bando. Nadie quería ser un ser carroñero. Yo estuve cerca de serlo, de dejarme llevar por el ego. Cuánto me faltaba aprender aún.
No quise quedarme quieto. Me motivaron las palabras del pelirrojo. Habitualmente permanecería al margen, al lado, pero me moví silencioso, sin prisa, sin provocación. Aún me quedaba algo que entregar. Era hermoso, era de mí para él. El pájaro, mi símbolo de decisión, aún colgaba en mi diestra.
Me acerqué lo suficiente para estar cara a cara con Vladimir. Era la primera vez que estaba tan cerca de mi rival. Lo miré a los ojos. Fue un instante, atravesando los umbrales de mi máscara, y frente a él volví a ofrecer aquel papel doblado. Sin decir nada, callado. Tampoco buscaba respuesta, solo aceptación.
Por un segundo pensé que todos allí pensarían que perdí por claudicar, pero estuvo lejos de ser eso. Además, había ganado algo distinto; no aplausos ni el honor de ser el siguiente sargento. Recordé que aún podía elegir. Yo me estaba rindiendo de aquel circense combate, mas no me estaba retirando. Y aquel papel en mis manos tenía el filo de mi decisión, de cada una de mis ideas dobladas. Incluso el papel, a veces, puede cortar.
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