12-05-2025, 01:57 PM
Por fin terminó el combate, no con el último golpe, sino con el absurdo momento en que el gordinflón aceptó el pájaro plegado. Permanecí de pie delante de él, como si nada más importara entonces. Entre carcajadas tomó el papel doblado y no quiso aceptarse como ganador, lo que aceptó fue mi regalo, eructando, siendo igual de sincero con sus más bajos instintos. Y allí estábamos, los rotos, entregando lo más humano que aún nos quedaba. Migajas, tal vez, pero eran suficientes. Sus actos bastaron para darme cuenta de que estábamos vivos. Yo no lo entendí, y seguramente él no comprendió del todo el gesto.
Vladimir, casi con el orgullo intacto y el pulso caliente de su última danza como mi rival, me reconoció. Me vio. Se vio perdedor frente a “alguien muy extraño”. Ya no era el invisible, el feo, el solitario. Aunque un instante podía separarnos para siempre, nunca se sabe dónde pueden dejarte las intenciones de la Marina, aquel instante fue preciso. Bajo mi máscara, alejado del público, en la penumbra de mi magnífico rostro, también reí. No a carcajadas, sino con una sutil y reconfortante risa que bailó con la hecatombe del que ya no era mi enemigo. Y su final, un eructo lleno de bajeza y barrio, como telón de una obra de teatro callejera, me hizo mirar el cielo por un momento y darme cuenta de que allí, donde estábamos nosotros, las sombras,no había nada divino.
Vinieron los demás. El siguiente combate fue entre los seres más angelicales, delicados, pero por lo demostrado, no los más débiles. Eukaly parecía que, desde que había nacido, nunca había descansado, nunca estuvo quieta. Y cargada del hambre, de ese instinto salvaje que define a los mink, lo devoró. Émile era más metódico, certero, preciso, su mano sobre el acero de su arma, obediente. Pero fue el rifle el que no obedeció a su alma.
Luego, el combate entre Max y Peter. Un combate que nunca vi venir, casi como si no hubiera existido. El combate que nunca fue. Peter fue el vencedor, no sé ni cómo. Duró lo suficiente como para haberlo sentido, pero nunca lo vi. Tal vez por las preguntas incómodas de Eukaly o los gestos obscenos y rotos de Vladimir, la grada me distrajo lo suficiente como para solo ver el momento en que el ganador fue proclamado.
Y como una tormenta, un ciclón invasor que llega sin ser detectado, el grito del sargento estremeció todo el campo de batalla. No solo su grito fue imponente, sino el dibujo de su silueta colándose entre la penumbra del pasillo. Un hombre alto, fuerte, atlético, cargado de ganas de hablar, cargado de vitalidad y emociones. Un hacha descansaba sobre su hombro, rompiendo la armonía del uniforme de la Marina. Un berserker. Un soldado implacable. Por instinto, tragué un mar de saliva, tan espeso que era difícil de digerir.
Ryu, de inmediato, se tensó. Su cuerpo, rígido y obediente, dibujó con la diestra una venia, un sutil gesto, un saludo, una formalidad. El resto supimos entonces, con el gesto del pelirojo, lo que había que hacer. Calcamos sus movimientos como si fuéramos máquinas y le dimos nuestras almas al sargento. No lo hice por jerarquía. Simplemente obedecía, como siempre, en silencio.
Lo escuchaba sin atención. Era lo mismo que no oírlo. Me perdía en cómo la tierra vibraba, temblaba, aterrada con el vozarrón del sargento. Cómo la palabra “mar” me dolía tanto. Yo sabía que era ajeno a la gracia del mar. Esas tres palabras eran un presagio. Me heló el pecho, me secó de golpe, como si estuviera volviendo de la muerte. “Salir al mar”. Sabía que esa puerta estaba cerrada para mí. Era una historia aterradora. Una nueva historia que seguiría por orden, y no por elección. Las palabras seguían allí, y el sargento ya no. Su idea, su misión, había sido tan densa que el sonido seguía retumbando en mi cabeza.
Yo no hablaba para los demás. Hablaba para calmarme, para entender y para sentir que aún estaba vivo. Que aquellas palabras no trajeron mi fin, sino mi comienzo.
En un susurro silencioso, apartado de los oídos de mis compañeros, emití, sin gloria, obediente.
—Aquí empieza.
Vladimir, casi con el orgullo intacto y el pulso caliente de su última danza como mi rival, me reconoció. Me vio. Se vio perdedor frente a “alguien muy extraño”. Ya no era el invisible, el feo, el solitario. Aunque un instante podía separarnos para siempre, nunca se sabe dónde pueden dejarte las intenciones de la Marina, aquel instante fue preciso. Bajo mi máscara, alejado del público, en la penumbra de mi magnífico rostro, también reí. No a carcajadas, sino con una sutil y reconfortante risa que bailó con la hecatombe del que ya no era mi enemigo. Y su final, un eructo lleno de bajeza y barrio, como telón de una obra de teatro callejera, me hizo mirar el cielo por un momento y darme cuenta de que allí, donde estábamos nosotros, las sombras,no había nada divino.
Vinieron los demás. El siguiente combate fue entre los seres más angelicales, delicados, pero por lo demostrado, no los más débiles. Eukaly parecía que, desde que había nacido, nunca había descansado, nunca estuvo quieta. Y cargada del hambre, de ese instinto salvaje que define a los mink, lo devoró. Émile era más metódico, certero, preciso, su mano sobre el acero de su arma, obediente. Pero fue el rifle el que no obedeció a su alma.
Luego, el combate entre Max y Peter. Un combate que nunca vi venir, casi como si no hubiera existido. El combate que nunca fue. Peter fue el vencedor, no sé ni cómo. Duró lo suficiente como para haberlo sentido, pero nunca lo vi. Tal vez por las preguntas incómodas de Eukaly o los gestos obscenos y rotos de Vladimir, la grada me distrajo lo suficiente como para solo ver el momento en que el ganador fue proclamado.
Y como una tormenta, un ciclón invasor que llega sin ser detectado, el grito del sargento estremeció todo el campo de batalla. No solo su grito fue imponente, sino el dibujo de su silueta colándose entre la penumbra del pasillo. Un hombre alto, fuerte, atlético, cargado de ganas de hablar, cargado de vitalidad y emociones. Un hacha descansaba sobre su hombro, rompiendo la armonía del uniforme de la Marina. Un berserker. Un soldado implacable. Por instinto, tragué un mar de saliva, tan espeso que era difícil de digerir.
Ryu, de inmediato, se tensó. Su cuerpo, rígido y obediente, dibujó con la diestra una venia, un sutil gesto, un saludo, una formalidad. El resto supimos entonces, con el gesto del pelirojo, lo que había que hacer. Calcamos sus movimientos como si fuéramos máquinas y le dimos nuestras almas al sargento. No lo hice por jerarquía. Simplemente obedecía, como siempre, en silencio.
Lo escuchaba sin atención. Era lo mismo que no oírlo. Me perdía en cómo la tierra vibraba, temblaba, aterrada con el vozarrón del sargento. Cómo la palabra “mar” me dolía tanto. Yo sabía que era ajeno a la gracia del mar. Esas tres palabras eran un presagio. Me heló el pecho, me secó de golpe, como si estuviera volviendo de la muerte. “Salir al mar”. Sabía que esa puerta estaba cerrada para mí. Era una historia aterradora. Una nueva historia que seguiría por orden, y no por elección. Las palabras seguían allí, y el sargento ya no. Su idea, su misión, había sido tan densa que el sonido seguía retumbando en mi cabeza.
Yo no hablaba para los demás. Hablaba para calmarme, para entender y para sentir que aún estaba vivo. Que aquellas palabras no trajeron mi fin, sino mi comienzo.
En un susurro silencioso, apartado de los oídos de mis compañeros, emití, sin gloria, obediente.
—Aquí empieza.
OFF
