[Pr Rl - Ent. Haki Obs Med] El Día Después
#1
Día 07 de Invierno, Año 14.
Archipiélago Sabaody, Manglar 70.
Buque Acorazado del Almirante Yugu Dimípalo, 1200 horas.
 


 
El sol de mediodía caía aplastante sobre los manglares supervivientes. Las gaviotas revoloteaban despreocupadas, posándose en las ramas de aquellos árboles gigantescos que asomaban de cada uno de los manglares que componían el archipiélago, ajenas por completo a la destrucción que casi las había dejado sin hogar. El mar seguía su ritmo implacable, imperturbable, como si nada de lo acontecido el día anterior hubiera sucedido.
 
Yo apenas podía mantener los ojos abiertos. El agotamiento me consumía desde cada fibra de mi ser. No era solo la batalla contra Akahige lo que me había dejado exhausto. Cada hora del día anterior había sido una sucesión brutal de enfrentamientos que parecían no tener fin. Primero, el Patriota, esa arma de la División Científica de la Marina que se había salido de control, sembrando muerte por todo el archipiélago. Junto con mis compañeros de división, la División Diecisiete, apenas logramos detenerlo después de que masacrara a incontables civiles. Y como si eso no fuera suficiente, justo después me vi envuelto en un combate contra tres piratas a los cuales una voz en mi interior me decía que debía haber capturado. Los derroté, sí, pero la urgencia del llamado del Almirante Yugu para enfrentar a Akahige, aunado a la resolución de dos de ellos, me impidió capturarlos. Llevaba el recuerdo de aquellos piratas aun conmigo, incrédulo de que un objeto tan delicado haya sobrevivido al día pasado.
 
La destrucción que el yonko Akahige dejó a su paso es algo que jamás olvidaré. De los setenta y nueve manglares que conformaban el archipiélago Sabaody, solo setenta y ocho permanecen en pie. El caos que desató fue instantáneo y devastador, sin que ninguno de nosotros entendiera realmente el motivo de su ataque pues para nuestra buena suerte logramos repelerle antes de que se presentara dicha calamidad en las costas el archipiélago. Todo sucedió tan rápido. Akahige apareció de repente, sembrando destrucción por doquier. No había explicación, no había advertencia. Simplemente llegó y comenzó a arrasar con todo a su paso. Todos los esfuerzos de la Marina, del Almirante Yugu Dimípalo, y de nuestros aliados del gremio de cazadores Magna, lograron contener su avance lo suficiente para permitir la intervención del Almirante Tucrow y su grupo de Zodiacool.
 
Lo más irónico fue conocer quien había sido el responsable de aquel temporal de viento que nos separó a todos justo antes del ataque del yonko. Lo vi personalmente: el Almirante Yugu enfrentándose al Yonko, generando ese extraño fenómeno meteorológico que nos dispersó en aquella segunda ocasión para formar un túnel de viento de dimensión inconmensurables. Desde el primer vendaval que nos separó a todos no sé nada del paradero de Ryze y James. La incertidumbre de su destino se suma a la pesadez de nuestra supervivencia. El precio de nuestra supervivencia ha sido alto. Mis compañeros han sufrido heridas que cambiarán sus vidas para siempre. Sohem, del Gremio Magna, perdió un brazo en la batalla. Apolo, uno de mis nakamas más cercanos, ahora es un guerrero mutilado, privado de un ojo y una oreja por los brutales ataques de Akahige. Sin mencionar como el Almirante Yugu estuvo al borde de la muerte siendo salvado gracias a los esfuerzos de Viktor, del Vicealmirante Joe, de Karl y míos. Fue un momento de tensión absoluta, donde cada segundo contaba y cada movimiento pudo significar la diferencia entre la vida y la muerte.
 
El camarote el cual se me había sido asignado era pequeño pero funcional, típico de un barco de la marina el cual busca priorizar capacidad contra lujo. Aunque supongo que los cuartos de los grandes rangos serán más espaciosos. Yo no necesito más, en realidad si necesito espacio siempre puedo acudir al inmenso mar de ser necesario. Sin embargo, el camarote era funcional y cómodo. Las paredes de madera oscura estaban cubiertas por un fino revestimiento que amortiguaba los sonidos del exterior. Una base de cama metálica ocupaba un lateral, con sábanas color gris ceniza, impecablemente tendidas. Un pequeño escritorio empotrado en la pared, sujetado por bisagras de bronce que no chirriaban levemente al abrirse, demostrando el grado de impecabilidad al que se sometía el barco del Almirante Yugu en línea con su porte y majestuosidad, completaba el mobiliario esencial. Una única lámpara colgaba del techo, proyectando sombras irregulares que bailaban con cada suave mecedura del barco durante la noche cuando era necesario encenderla.
 
Mi Den Den Mushi era una pieza fascinante. Aunque era igual que cualquiera de los otros vulgares dispositivos de comunicación corrientes, siempre me había fascinado su funcionamiento. Este era un modelo de la marina el cual destacaba por sus delicados detalles pintados en la concha del dispositivo la cual es de un blanco aperlado acompañado de dos líneas paralelas de color azul a lo largo de la parte superior de la misma terminando cerca de la cola y de la cabeza del aparato viviente. Sus ojos, grandes como dos platos, cambiaban de expresión según el estado de quien llamara (ahora mismo estaban cerrados pues no había llamada alguna por responder). La boca del caracol, bordeada de pequeños pliegues, parecía lista para murmurar secretos de un narrador a otro. Levante el comunicador que reposa a un costado del Den Den Mushi en búsqueda de mis compañeros de división.
 
“Aquí Fuguwu, Apolo, Karl, vicealmirante Joe, ¿me escuchan? Creo que hace falta reunirnos, aun no he escuchado nada de Ryze o de James, estaré en la cubierta principal del barco en 15 minutos, pero tómense su tiempo. Fuguwu, cambio y fuera.” – dije sin esperar respuesta a aquella convocatoria, colocando el comunicador de vuelta en su lugar y guardando aquel fascinante aparato en uno de los bolsillos de mi uniforme el cual lucia impecable sobre una de las sillas del camarote.
 
Me incorporé con un esfuerzo que hizo crujir cada músculo de mi cuerpo. El nuevo uniforme de la marina que había pedido al cuartel esperaba doblado con precisión militar sobre una silla plegable. Un blanco inmaculado, con los bordes de los puños y el cuello en un azul marino profundo. Lo vestí con movimientos lentos, casi rituales. Cada botón abrochado era como un recordatorio de la batalla recién librada. El pasillo que conducía a la cubierta principal era un laberinto de pasillos estrechos. Paredes de madera tratada, con algunas zonas marcadas por el impacto de combates previos. Pequeñas tuberías de bronce corrían a lo largo del techo, algunas con pequeñas gotas de condensación que brillaban bajo la luz tenue de las lámparas empotradas. El suelo metálico resonaba con mis pasos, cada pisada amortiguada por mis botas nuevas que aún conservaban ese olor a cuero recién fabricado.
 
Al salir a la cubierta principal, el panorama cambió completamente. El cielo era de un azul brillante, sin embargo, a lo lejos, un lienzo de grises pesados se empezaba a asomar cargado de nubes que amenazaban tormenta, pero que no terminarían de estallar hasta el bien llegada la noche. El viento marino golpeaba con una intensidad que hacía ondear las pocas banderas que quedaban intactas. El olor a pólvora, muerte y destrucción empezaba a desaparecer, aunque aún se podía oler en el viento si se inhalaba con profundidad. Ese indefinible aroma a desolación que queda tras una batalla.
 
El mar se extendía alrededor del manglar 70, un gris uniforme que parecía querer tragarse el horizonte. Las olas golpeaban el casco del barco con un ritmo casi hipnótico, un constante recordatorio de que la vida continuaba más allá de nuestra pequeña y devastada realidad. Me senté sobre la baranda del buque acorazado que daba a estribor y esperé pacientemente que alguno de mis compañeros de división hiciera acto de aparición tal como les había pedido.
 

 
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[Pr Rl - Ent. Haki Obs Med] El Día Después - por Fuguwu - 12-05-2025, 05:29 PM

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