[Fic-pasado] El beso del demonio.
#2
Capitulo 2
"La fruta"

Seguíamos improvisando, inmóviles, atentos, adiestrados, solos. Entonces ocurrió. Entre lo lúgubre, lo inhóspito del paisaje, un cadáver amigo empapó el suelo de muerte. El primer disparo surcó el aire, pero no retumbó en los oídos, sino en el pecho. El cuerpo fue el primer testigo de la emboscada. El compañero que tenía la mochila más grande descansó en el fango, con la mirada aún en la misión. Inmóvil, muerto. La primera baja. El primer joven. El ser que no vio que era el final.
¿Cuántas palabras sin decir? ¿Cuántos abrazos, besos, amores y desamores? La vida y su último suspiro fueron la resistencia. El instantáneo dolor de ser atravesado por un proyectil. No sabía qué hacer. Nadie sabía qué hacer. Dejar que el cuerpo nos llevara al suelo, buscando una excusa para refugiarnos, vimos caer al segundo. El gordinflón. Su cuerpo tembló, tembló el suelo, temblamos todos. Tembló la vida. En un estúpido momento de lucidez pude ver humo. Había fuego y gritos en todo el bosque. Y entonces, como si una película se rebobinase, comprendí que seguía vivo.
Y que había que luchar. Repté entre el fango. Me separé del grupo. Me refugié tras un arbusto, cansado de vivir, con el cuerpo en shock.

La emboscada había sido un éxito. Todo orquestado. Todo perfecto. Un banquete de marines. Estúpidos cazadores de maleantes. No lo sabía, pero los gritos no mermaban porque eran mis compañeros, uno tras otro, adornando el piso, el suelo, el terreno. El terreno cobraba vida como el cementerio que siempre fue. Me tomaron del brazo de un solo golpe. Mi cuerpo rezó por su vida.
Mi garganta me fue ajena. Hasta que escuché la calidez de una voz que me rezongaba.

—Drift, hay que pelear. Tomá tu fusil y luchá. Nos estaban esperando. Tus compañeros están cayendo.

Luego de la orden, se volvió a perder entre la espesura. Se fusionó con la noche. Y nuevamente quedé solo. La voz de Marco fue lo suficientemente clara y blanca para recuperar la compostura. Mi cuerpo, desencadenado, eufórico, práctico, útil, se calmó. Dejó de temblar, de pensar, de correr por dentro. Tomé a Grau. Él siempre vuelve sin decir nada. Era práctico, silencioso, preciso, obediente. Repleto de espesura, yo aún no lograba ver a los rivales. Necesitaba acercarme un poco más. Me acerqué lo suficiente para permanecer entre las ramas y ver donde anteriormente habíamos formado de manera circular. Siete cuerpos inmóviles sobre el fango. Todo mi grupo había caído luchando. Y yo solo pude escabullirme. Yo debería estar ahí también. Mudo. Apagado. Extinto. Y entonces los vi,mMis excompañeros, su carne se volvió bancos. Lugares de reposo para sus asesinos, que triunfantes se reunieron alrededor de la muerte. No eran bandidos, eran grietas. Seres tan oscuros que la noche era luz. En total, tres despiadados. Hombres de mundo, de mar. Experimentados y totalmente locos, asesinos. Eran capaces de usar los cuerpos de sus rivales para sentarse. Para seguir planeando, mientras sus conversaciones entraban en los oídos sordos de los cadáveres.

Dejé que Grau fuera libre, furioso, sin hacer ruido. Mudo. Mi objetivo era el que se encontraba más cerca de mi posición, para que al volver el búmeran no demorara tanto. El callaldo impactó e hizo caer a un desprevenido bandido. Los otros dos siguieron el rastro. La estela silenciosa del arma adiestrada que volvía obediente. Mi ubicación fue revelada mi decisión caprichosa de venganza no fue más que una estupidez. Un acto infantil que a posteriori me forjaría como guerrero. En ese momento solo pensé en huir. Mi cuerpo, de pie, pronto para perderse entre la maleza, se detuvo.
Vio un punto de esperanza. Los otros dos bandidos también estaban en el suelo. La brutal anatomía de Marco se erguía en el campo de batalla, victoriosa; seminal.Y sin dar lugar a dudas, ejecutó a los tres malhechores con el filo de un arma que poco pude distinguir entre la polvareda, el humo y las ramas.

—Drift, la próxima vez que intentes suicidarte, que sea sin el uniforme memorable de la Marina.

Los mató sin que se le entumeciera la conciencia. Mató a tres personas. ¿En nombre de quién? ¿De su propia concepción? ¿Por qué no los capturó? ¿Por qué los ejecutó? Convirtiéndome en cómplice del odio, en asesino también. Como si el humano no valiera nada. Vinimos a convertirnos en demonios. Ahora el campo de batalla recogía no solo los cuerpos de mis compañeros, sino también los de mis enemigos. Esto era la guerra. Arrebatando mi pensamiento, Marco me señaló la dirección donde se encontraba el capitán, y me dijo.

—Vete con el capitán e informa lo sucedido. Es una orden.

“Es una orden”. Gritó ante mi palidez, ante mis ganas desamoradas de irme corriendo a no sé dónde. A mi asombro por la muerte de mis colegas. Sus muertes parecían nada. Solo silencio, vacío; nada. ¿Cómo podía volver y dejarlos ahí? Carne de carroñeros, de insectos, de plantas, de musgo, de olvido. Comprendí entonces que no se puede parar a pensar. No se puede detener el tiempo y hacer romántico el fin de un hombre. Lo más bello de aquellos que habían caído era que yo estaba vivo. Esa era el arte final. No hubo misión, principados, órdenes. Solo fueron los primeros. Y es por eso que yo sigo vivo. Corrí por instinto. Avergonzado y loco, no recordaba el camino con exactitud en aquella hecatombe.

Sin querer, y sin quererlo, sin ver ya que corría como un caballo desbocado, choqué contra un muro, contra una inmensa presencia de carne y huesos. Mi golpe no fue ni siquiera una caricia para moverla, yo caí. Junto a mí, una bolsa de tela que tenía algo dentro. Apenas se dejaba ver un objeto de colores vivos, los vi aunque no quisiese. Entre la niebla y la penumbra, encandilaban con solo asomarse por el saco. Giré sobre mi cuerpo en el piso buscando el rostro de aquella masa de músculos. Para mi sorpresa, era una gigantesca bandida. Por su aspecto, curtida por el mundo, por el terror, era un demonio. Furioso, quejoso por perder aquel objeto. Sus fauces babeaban, mientras que sus ojos me devoraban con ira. Con unas ganas tremendas de arrebatarme la vida. Su espada ya estaba en viaje, era imposible detenerla. Tan vehemente, que el aire a mi alrededor era palpable.

A punto de ser partido a la mitad, otro filo apareció para hacer justicia. Para decirme y gritar al silbar cortando el aire que no estaba solo. Ambas armas chocaron. Mi brazo izquierdo fue parte del daño colateral. En él se abrió una herida menor, pero lo suficientemente dolorosa y carmesí como para recordarme que no había muerto. Luego del golpe, el sonido. Un campanazo que casi me deja sordo, dos filos chocando. Uno por venganza y el otro por justicia. Como si primero hubiese existido el impacto y luego, mucho más tarde, llegara el sonido. Marco, mi salvador, era zurdo. Lo suficiente para salvarme, pero no para oprimir a la bestia. Ella rugió. Un grito de desesperación aquella mujer no era humana. Y con el grito, motivó su sed de sangre. Marco no habló, no dijo nada, cargaba en su mano un sable. Y yo, en el suelo, estaba lleno de suerte. Marco no tembló ante el estruendo, ante la amenaza hecha sonido, hecha rugido. Un himno de hambre, de la carencia de todo. Ahora quería devorar, nutrirse, llenarse. Mi salvador, de reflejos limpios, cuidados, erectos, no tembló como yo temblé por dentro. Aquel siempre llegaba tarde, pero justo. Con un golpe cargado de fe, hizo retroceder a la bandida, que no sufrió el filo, solo lo amortiguó con el suyo. Y entonces, un nuevo campanazo de espada contra sable se escuchó.

—Atrás, Drift.

Dijo Marco sin mirarme, sin gritar demasiado. Con el tono justo para que entendiera que aquello no eran palabras de ayuda, sino una orden. Yo obedecí, siempre lo hago. Me arrastré, buscaba desaparecer de la vista de la bandida, encontré en un tronco muerto el escondite.

Marco era claramente más débil, más sutil, menos ruidoso. En cambio, su rival era un vendaval.Un ciclón a toda prisa que gritaba, jadeaba con cada golpe. Como si la guerra la excitara, la llenara de orgasmos. Aun así,Marco resistía, esquivaba y desviaba; era poesía.

Mientras mi lider la pateaba como si se tratara de una danza, de un ritual hermoso, la gigantesca bestia escupió litros de sangre y retrocedió unos metros. Mi mano temblaba, temblaba Grau en mi, sentía sus ganas de volar. Sabía que tenía que intervenir, ayudar. Y entonces volvió a caer el saco, con ese objeto tan colorido dentro. Nunca vi cuándo la bandida lo había tomado. Entendí que eso era su tesoro, sus ganas de luchar, su furia. La bandida se desesperó al ver nuevamente su bolsa en el piso. Pisó la tierra como un toro y rugió como un oso, con esa espada como zarpa. La fruta rodó fuera de la bolsa, el grito de se ex dueña la inspiro. Un fruto estúpidamente hermoso, Nunca había visto nada igual. ¿Acaso aquella furia provenía del hambre? El fruto brillaba, como si entendiera el contexto. Colorido, con vida propia. Mis ojos, en cacería de lo absurdo, lo encontraron. Yo, deseoso de ella, como si me estuviera llamando. Algo por dentro me motivó a buscarla, a tenerla. La fiera también la vio con la misma desesperación, y con un movimiento de sus músculos apartó a Marco lo suficiente para tirarse tras la fruta. Y entonces no pensé, tomé mi arma. El silencio de la orden de mi diestra hizo arrastrarse también al bumerán. Voló mudo a centímetros de la superficie, y fue más rápido que la señora, golpeó la fruta. Mi arma cargada de miedo por lo que se venía, volvió desesperada a mi mano. La fruta le llegó a Marco, y Marco ahora me llamó por mi nombre y me la devolvió. Tenía la fruta en mis manos. Podía sentirla latir, hervía vida, pero era oscura. No su cáscara, sino sus semillas. Las podía sentir, hedían una herencia maldita. El tiempo se quebró y la mordí. No fue una orden, no fue para esconderla, fue por hambre.

La carne se me despegaba del hueso. Mi geta estaba cubierta de desesperación. El gusto era inmundo, infernal. El beso de un demonio me abrazó y se quedó conmigo. Se quedaría conmigo para siempre. No podía componer el aliento mi estómago parecía cargado de ira; tenía ganas de salirse, de darme vuelta el cuerpo y tomar el control de mi voluntad. La bandida enloqueció supo que la fruta ya no era nada, que había sido mordida, había dejado de ser un tesoro.Antes de que ella llegara mi asesina, me caí. Mis piernas eran ajenas, inútiles, pero no estaban rotas; se plegaron.

Sentí un golpe tan fuerte que fue inútil plegarme, encogerme, doblarme. Un golpe tan certero que hizo estragos en mi sistema nervioso, me desmayé. El capitán, más molesto que sabio, furioso por haber mordido el fruto, acabó con mi conciencia de un golpe. Pero no me dejó solo. No fui el único que cayó cayó la bandida antes. Yo no la vi, luego lo supe. El capitán nos había salvado. A mí, a Marco, al resto de infelices que tendrían que cruzarse con aquella aterradora mujer. Pero no estaba contento. Estaba furioso. Como si esa batalla ganada trajera una derrota. Y entendí que lo que mordí fue una Akuma no mi. Un tesoro para los hombres de a pie, hombres de mundo; el sueño de cualquier guerrero. Tomó mi cuerpo apenas vivo, y con una voz que llegó a cada rincón de la isla, gritó.

—¡Nos vamos!

Nos fuimos. Me fui. No fui el mismo. No volvería a ser el mismo. El mar, mi enemigo. Mis compañeros eternos, ajenos. Mis superiores me miraban de cerca, buscando que fuera esa herramienta útil y obediente. Lo era. Podía plegarme. Plegar. Pero aún estaba roto. Y aunque ese día pude plegar el mundo, el mundo no podía juntarme. No podía sanarme.
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[Fic-pasado] El beso del demonio. - por Caelum Drift - 08-05-2025, 01:20 AM
RE: [Fic-pasado] El beso del demonio. - por Caelum Drift - 13-05-2025, 02:33 PM

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