14-05-2025, 06:13 PM
Había pasado una noche desde el punto de inflexión que quedaría marcado para siempre en mí, tanto de forma metafórica en mi alma, como físicamente en mis propias carnes. Fue el día más extraño que pude vivir desde que pertenecía a la Marina: primero viví amenazas de un compañero con la realidad alterada que resultó ser un lameculos del gobierno. Luego un almirante nos hizo desfilar con un proyecto fallido que acabó masacrando a gente inocente y que tuvimos que arreglar nosotros. Un huracán nos separa y, como si fuese obra del destino, me hace conocer a otro cabecilla de la revolución... alguien sensato y con un discurso bastante agradable. Y finalmente llegó el enfrentamiento contra aquel emperador, en el que diría que las heridas en mi orgullo dolían más que las heridas en mi cara ya que me sentí fuera de lugar. No poseía el conocimiento médico de Fuguwu ni las habilidades sanatorias de Karl, tampoco podía convertirme en una muralla gigante como Joe para proteger a mis aliados, ni tenía el alcance y la fuerza de un almirante. Sin embargo había dado la cara, literalmente, por la Marina y por la División. ¿Había merecido la pena? Empezaba a dudarlo. Tampoco llegaba a entender qué hacía yo allí, ni qué podía ofrecer.
Lo último que recuerdo fue que todo terminó con una orden de Gukuro. Ordenó que se ocupasen de los que estuviésemos heridos y nos retirásemos. Yo sentía que tenía la energía para poder seguir combatiendo mucho más tiempo pero el haber perdido tanta sangre me había dejado casi fuera de combate.
Esa noche la pasé completamente en vela, sin llegar a poder dormir ni un minuto y cuyas secuelas se marcaban debajo de mis ojos, o mejor dicho, de mi ojo izquierdo. No fue por algún tipo psicológico, de remordimiento o algo similar sino que el culpable fue el dolor tan intenso que me hizo sufrir aquel pirata. Era un daño tan fuerte que me impidió pegar ojo pese a estar agotado por todo el estrés vivido ese día. Me encontraba a oscuras en un camarote del barco del almirante Gukuro iluminado únicamente con la luz de una vela, no sabía adónde nos dirigíamos y en ese momento me daba completamente igual. Estaba sentado en una silla, reclinado hacia atrás sobre las dos patas traseras de ésta y con los pies sobre un escritorio, meciéndome levemente. Sólo llevaba mis pantalones del uniforme y las botas, además de un vendaje en la cabeza de forma diagonal que cubría desde mi lado izquierdo por encima de la ceja, hasta por debajo de mi pómulo derecho, tapando el lado diestro de mi cara. Aún no había visto el resultado de las secuelas que tenía pero me daban ganas de arrancarme el vendaje de lo que me picaba y dolía. Estaba pensativo y con mi ojo izquierdo cerrado, a la vez que escuchaba música a través de mis auriculares que llevaba siempre, llevando la diadema de éstos por detrás de mi nuca. Intentaba relajarme pero el hecho de notar molestias en mi lado derecho por culpa del aparato musical, sumado a que no era capaz de oír la música igual de bien que siempre, empezó a acelerarme el pulso y a ponerme de los nervios.
Me quité los auriculares visiblemente molesto y los arrojé sobre el escritorio, a la vez que suspirando empecé a sacudir mi pelo con mi zurda. Poco después mi den den mushi, el cual se encontraba también en la mesa junto a mi mochila y mis bártulos, comenzó a sonar. De él sonó la voz de Fuguwu convocándonos a los presentes en la pelea contra el yonko, afirmando que seguía sin saber nada de Ryze y de James. Yo tampoco sabía nada de ellos y en las condiciones en las que yo me encontraba eran la menor de mis preocupaciones, pero Fuguwu se había ganado el derecho de que si me llamaba, yo acudiría.
Cogí una camisa blanca limpia del uniforme y me la puse, dejándola abierta. Apagué la vela con mis dedos índice y pulgar de la mano derecha y salí de mi camarote con toda la parsimonia del mundo. Caminaba a través de los pasillos de aquel buque con las manos en los bolsillos de mi pantalón y haciendo resonar la suela de mis botas en el suelo pero no llegaba a cruzar la mirada con nadie, como si me encontrase solo en el lugar. Estiré mi diestra para abrir una de las puertas que daban acceso a la cubierta principal a la que Fuguwu nos convocó pero mis dedos chocaron contra ella antes de lo esperado. Aún no estaba acostumbrado a ver sólo por un ojo y por lo tanto no medía bien las distancias. Chisté ligeramente frustrado y, fruto de la rabia, posé la palma de mi mano derecha sobre la madera. Empecé a eliminar todo rastro de humedad y, cuando noté la puerta frágil, la pateé con la suela de mi pie derecho rompiendo las tablas y levantando polvo.
Volví a llevarme mi diestra al bolsillo y empecé a caminar, deslumbrado por el contraste de la luz del día y divisando posteriormente a mis compañeros en la cubierta. Caminaba visiblemente cansado por no haber dormido, transmitiendo el aura de un fantasma penitente con media cara vendada y mi pelo despeinado cayendo por el lado izquierdo de mi testa. No dije ni una palabra, simplemente avancé hasta el grupo y me senté en el suelo, apoyando la nuca y la espalda en la pared de la borda del buque. Del bolsillo del pantalón saqué un pequeño bote de pastillas sedantes que me habían ofrecido los médicos al tratarme y me tragué una de ellas, esperando a que hiciesen efecto rápido y me aliviasen algo del dolor. Suspiré y esperé a ver qué decían y por qué estábamos allí.
Lo último que recuerdo fue que todo terminó con una orden de Gukuro. Ordenó que se ocupasen de los que estuviésemos heridos y nos retirásemos. Yo sentía que tenía la energía para poder seguir combatiendo mucho más tiempo pero el haber perdido tanta sangre me había dejado casi fuera de combate.
Esa noche la pasé completamente en vela, sin llegar a poder dormir ni un minuto y cuyas secuelas se marcaban debajo de mis ojos, o mejor dicho, de mi ojo izquierdo. No fue por algún tipo psicológico, de remordimiento o algo similar sino que el culpable fue el dolor tan intenso que me hizo sufrir aquel pirata. Era un daño tan fuerte que me impidió pegar ojo pese a estar agotado por todo el estrés vivido ese día. Me encontraba a oscuras en un camarote del barco del almirante Gukuro iluminado únicamente con la luz de una vela, no sabía adónde nos dirigíamos y en ese momento me daba completamente igual. Estaba sentado en una silla, reclinado hacia atrás sobre las dos patas traseras de ésta y con los pies sobre un escritorio, meciéndome levemente. Sólo llevaba mis pantalones del uniforme y las botas, además de un vendaje en la cabeza de forma diagonal que cubría desde mi lado izquierdo por encima de la ceja, hasta por debajo de mi pómulo derecho, tapando el lado diestro de mi cara. Aún no había visto el resultado de las secuelas que tenía pero me daban ganas de arrancarme el vendaje de lo que me picaba y dolía. Estaba pensativo y con mi ojo izquierdo cerrado, a la vez que escuchaba música a través de mis auriculares que llevaba siempre, llevando la diadema de éstos por detrás de mi nuca. Intentaba relajarme pero el hecho de notar molestias en mi lado derecho por culpa del aparato musical, sumado a que no era capaz de oír la música igual de bien que siempre, empezó a acelerarme el pulso y a ponerme de los nervios.
Me quité los auriculares visiblemente molesto y los arrojé sobre el escritorio, a la vez que suspirando empecé a sacudir mi pelo con mi zurda. Poco después mi den den mushi, el cual se encontraba también en la mesa junto a mi mochila y mis bártulos, comenzó a sonar. De él sonó la voz de Fuguwu convocándonos a los presentes en la pelea contra el yonko, afirmando que seguía sin saber nada de Ryze y de James. Yo tampoco sabía nada de ellos y en las condiciones en las que yo me encontraba eran la menor de mis preocupaciones, pero Fuguwu se había ganado el derecho de que si me llamaba, yo acudiría.
Cogí una camisa blanca limpia del uniforme y me la puse, dejándola abierta. Apagué la vela con mis dedos índice y pulgar de la mano derecha y salí de mi camarote con toda la parsimonia del mundo. Caminaba a través de los pasillos de aquel buque con las manos en los bolsillos de mi pantalón y haciendo resonar la suela de mis botas en el suelo pero no llegaba a cruzar la mirada con nadie, como si me encontrase solo en el lugar. Estiré mi diestra para abrir una de las puertas que daban acceso a la cubierta principal a la que Fuguwu nos convocó pero mis dedos chocaron contra ella antes de lo esperado. Aún no estaba acostumbrado a ver sólo por un ojo y por lo tanto no medía bien las distancias. Chisté ligeramente frustrado y, fruto de la rabia, posé la palma de mi mano derecha sobre la madera. Empecé a eliminar todo rastro de humedad y, cuando noté la puerta frágil, la pateé con la suela de mi pie derecho rompiendo las tablas y levantando polvo.
Volví a llevarme mi diestra al bolsillo y empecé a caminar, deslumbrado por el contraste de la luz del día y divisando posteriormente a mis compañeros en la cubierta. Caminaba visiblemente cansado por no haber dormido, transmitiendo el aura de un fantasma penitente con media cara vendada y mi pelo despeinado cayendo por el lado izquierdo de mi testa. No dije ni una palabra, simplemente avancé hasta el grupo y me senté en el suelo, apoyando la nuca y la espalda en la pared de la borda del buque. Del bolsillo del pantalón saqué un pequeño bote de pastillas sedantes que me habían ofrecido los médicos al tratarme y me tragué una de ellas, esperando a que hiciesen efecto rápido y me aliviasen algo del dolor. Suspiré y esperé a ver qué decían y por qué estábamos allí.
