[Pasado] Plaga
#1
Dia 11 de Otoño, Año 15
La espera

Ni la última playa, ni la última ola, ni el último aliento. El momento exacto en que decidí estar allí fue cuando los vi. Siluetas abandonadas y perdidas pidiendo ser rescatadas. Un pueblo hambriento de gloria y abandonado por Dios. Y aquí, un servidor, un pequeño cachorro de policía del mar jugando a ser héroe, mandado a ser héroe. La tijera de la hidalguía jamás había pasado por la tela que formaba mi uniforme. Estaba allí por hambre, por roto, por persona a la deriva que supo tender la mano pidiendo ayuda.

Hoy el pueblo no estaba escandalosamente perdido, pero estaba jodido, una plaga tan letal como ignorada. Y allí estaba yo, esperando ser guiado para averiguar sobre el “pequeño” problema. Qué palabra, “pequeño”; suena diminuta, escasa de valor en el enunciado. Siempre la política tirando los intereses por la borda, soltando la mano de quien buscaba ser rescatado.

Antes de releer la orden que llevaba doblada en mi bolsillo, escribí una nota. La tinta añil, sobre papel amarillo manchado, lleno de pliegues de lo que intentó ser una y otra vez una nueva figura. Ahora sería una frase para encontrar en alguien el abrigo de enunciados escritos con ganas de tender un puente, una mano.



“Ningún niño nace ladrón. Ningún pueblo está condenado al exilio del abrazo fraterno, del encuentro, de la empatía. Esto no lo digo como juez, sino como poeta, como persona arrojada al mundo de la mano de la violencia, del desamor, de tormentas. Aquí me presento al costado, acompañando y nada más. Basta estar. Ningún niño nace ladrón.”



No más que cuatro palabras bastaban, pero el bolígrafo siguió escribiendo por inercia, con las ganas alocadas de dejar un mensaje para nadie, para el exacto, para el olvido. Hecho cuadrado en cuatro pliegues, el trozo de mí quedó para alguien a mi lado, mientras esperaba a ese que-se-yo para que me mostrara cómo transitar el pueblo.

El destino estaba al norte, era lo único que sabía. Yo me encontraba en la gigantesca ciudad principal, fuertemente adoquinada, brutalmente llena de vidrieras que reflejaban el valor de lo hecho por el hombre. Allí parecía que nadie se enterara del lío que había más arriba, al norte. Tal vez porque en el mapa, el Pueblo Shizen era una marca, un lugar que estaba allí, pero las rutas eran invisibles, imposibles. No había información de cómo llegar. Para eso era crucial quién sería mi guía, mi “compañero”, alguien que jamás vi y que, claramente, jamás me vio. ¿Quién podría aceptar este recado con alguien tan incómodo de mirar, tan feo? Hasta los locales me condenaban, solo respetaban mi uniforme; no me veían más que eso, un servil soldado a la orden de la realeza local. Y las palabras de odio no tardaban en llegar a mis oídos, traídas por la brisa otoñal.

“¿Es humano?... No quiero pasar cerca de esa bestia… Dios se apiade de su alma.”

No venían ni a pedirme limosna, ni a ofrecerme bocadillos que, por cierto, abundaban vendedores con canastas llenas de un almuerzo local con aroma de tradición, de cultura. Entre los vendedores, un niño me miraba desde una esquina. Siempre gris, todo lo veía gris. Los pies del joven estaban desprotegidos, descalzos, solos sobre el terreno. Su ropa, las calles, las vidrieras, los edificios; nada en paleta de cálidos ni fríos. Sostenía su canasta con los ojos rasgados, adoloridos de tanto andar, de tanto tener que dejar de ser niño a la fuerza. Jugaba con una piedra que apenas podía mover y me miraba. Nunca dejó de mirarme. Tal vez por miedo o por compasión, nunca lo supe. Él estaba allí, estático, con el mineral entre sus piernas. Un arco reflejo a no soltar ese niño inquieto y juguetón, ese niño que a todos se nos lanza por la borda de la razón alguna vez.

Me recosté contra el respaldo, un movimiento sutil pero destructor de armonía. El niño, una mujer más allá, una más acá, un hombre en la ventana; todos me miraban espantados, esperando mi siguiente movimiento. Yo, una grieta social arruinando el momento folclórico, el ritual de un pueblo que nunca dejó de andar, que estaba calmo pese a mi presencia. Con el movimiento, vi entre los huecos de mi máscara un letrero. Colgaba cansado sobre mi semblante, en una madera que parecía vieja pero resistente, lo suficiente para haber estado allí bastantes otoños. “El terror de las plagas”. La alegoría de la fealdad. O tal vez la señal que una espera por arte divino, ya que en el pueblo del norte una invasión de hormigas estaba arruinando la agricultura. Mi trabajo allí era ser presencia. Un enviado de la Marina para que, aunque solo lo pareciera, habían sido escuchados. Tal vez este lugar necesitaba un feo más de lo que parecía. Bajo mi máscara y tomando mío el momento mágico, emulé una mueca; eso que hacemos los humanos cuando algo nos da gracia.

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[Pasado] Plaga - por Caelum Drift - 17-05-2025, 01:16 AM
RE: [Pasado] Plaga - por Jean D´Orlanais - 18-05-2025, 07:27 PM
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