17-05-2025, 02:07 PM
Leyenda
El sueño siempre volvía, como una brisa antigua que susurraba recuerdos de aprendizajes pasados. Mi sensei, con su mirada severa pero sabia, gobernaba cada rincón de mi memoria. Aún podía sentir el peso de aquellos entrenamientos, los músculos tensándose bajo las exigencias de kilómetros interminables recorridos mientras cargaba pesadas bolsas de arena en mis hombros. "La espada no es solo un arte de los brazos" Me instruía con voz firme. "Las piernas son los pilares de tu fortaleza." Cada paso que daba, cada gota de sudor que mojaba el terreno bajo mis pies era una lección, una revelación de que el arte exige cuerpo y alma.
Después venían las sesiones de espada. El sonido seco de las espadas de madera chocando aún resonaba en mi mente, un eco de aquellos duelos en los que siempre me encontraba frente a él. Las armas, talladas con precisión y dedicación por sus propias manos, parecían una extensión de su espíritu. Me enfrentaba a su destreza con la misma intensidad con la que me enfrentaba a mis propias limitaciones, aprendiendo no solo a manejar la espada, sino también a manejarme a mí mismo.
Pero no todo era rigor. Había una calma que llegaba al final de cada jornada, como la paz tras la tormenta. Sentados juntos, compartíamos comidas que no solo saciaban el cuerpo agotado, sino que también nutrían el alma. Eran momentos simples pero profundos, donde el silencio estaba lleno de gratitud y camaradería. Era en esos instantes que podía ver al hombre detrás del maestro, y comprendía que su dureza no era más que el reflejo de su amor por el arte y por aquellos a quienes enseñaba.
El sueño, sin embargo, tenía su manera de desvanecerse, como niebla bajo el sol de la mañana. Una voz irrumpió desde las sombras, llamando mi nombre con urgencia. Al principio era un sonido extraño, distante, pero pronto cobró sentido. Era mi capitán. Abrí los ojos para encontrarme en la realidad del camarote, el techo de madera balanceándose suavemente al ritmo del mar. El eco de mi sueño aún persistía, pero la realidad se imponía con su propia fuerza.
Aún tumbado, me llevé una mano al rostro, pensando en todo lo que mi sensei me había enseñado. Aunque la presente era diferente, sus lecciones seguían siendo mi guía. En cada paso que daba sobre la cubierta del barco y en cada decisión que tomaba como parte de la tripulación, sabía que su voz siempre estaría conmigo, recordándome que la fuerza no reside únicamente en el cuerpo, sino también en la voluntad y en el espíritu.
Con un suspiro profundo, me levanté, listo para enfrentar la jornada. El recuerdo de mi sensei no era solo un eco del pasado; era la luz que seguía iluminando mi camino.
- Vamos, hay trabajo que hacer. Se acabó el descanso. Venga, venga - Apremió Ashura mientras abría la puerta con brusquedad. Su voz era una mezcla de urgencia y su habitual tono autoritario. - Cada segundo que nos retrasamos estamos más cerca de esos putos comunistas - Prosiguió, asomando la cabeza por el marco con una expresión grave.
En un principio no entendí a qué comunistas se refería el capitán; su lógica a menudo era un enigma para la tripulación. Él era conocido por sus extravagantes razonamientos y pensamientos, pero lo que jamás se podía negar era su capacidad de liderazgo, por poco ortodoxa que fuera. Sin embargo, no me detuve a cuestionar sus palabras. Con Ashura, el tiempo para reflexionar era un lujo que rara vez se concedía.
Sin perder el tiempo, me levanté de un salto, dejando atrás el recuerdo del sueño y el calor de la cama. Era un movimiento instintivo, casi mecánico, aunque mi cuerpo aún no había despertado por completo. Sentí cómo mis piernas se tambaleaban ligeramente, como si intentaran rebelarse contra el ímpetu de mi mente. Aun así, mi determinación prevaleció.
Agarré con firmeza mi preciada espada, "Pluma Sangrienta", cuya hoja afilada y reluciente parecía reclamar su lugar en la acción que se avecinaba. El arma, más que un objeto, era como una extensión de mi ser, una compañera en las batallas que habían moldeado mi vida. Con ella en mano, crucé el umbral del camarote detrás de Ashura, sin pronunciar palabra, dejando que el ritmo acelerado de los acontecimientos marcara el compás de mis pasos.
El crujido de la madera bajo mis pies y el sonido del viento golpeando las velas me recordaron que estaba en otro escenario, lejos de los entrenamientos con mi sensei. Sin embargo, las enseñanzas de aquel hombre aún resonaban en cada movimiento que hacía, en cada decisión que tomaba. Y ahora, con el capitán liderando el camino, sabía que debía estar preparado para enfrentar cualquier desafío que el día trajera consigo, por extravagante o peligroso que fuera.
Off
