Un día y una noche que Korossasu ... nunca, nunca olvidará, nyah~
#1
Dado en el día 27 del mes de Escandalio del año 19 después del nacimiento de Nuestra Señora Velvette, nyah~.

Nota de Velvette


Los pájaros trinaban en lo alto de los árboles de Korossasu, el viento mecía suavemente las copas y el sonido de los leñadores trabajando resonaba por el bosque. Era un día tranquilo… hasta que un chirrido agudo y unos pasos descompasados rompieron la armonía.

—¡¡¿Dónde demonios está el camino al pueblo?! Nyah~ — gritó Velvette, completamente perdida, en mitad de un sendero que, según ella, claramente era una ruta directa al norte. Lo cual era falso, llevaba tres horas caminando en círculos.

Vestida con un chaleco abierto que no cubría absolutamente nada útil y unas botas hasta los muslos —porque claro, estilo ante todo—, la gata Humink se abría paso entre ramas, arbustos y su propia mala orientación, cargando un martillo casi tan grande como su ego y bastante más pesado. Su risa, una mezcla aguda y contagiosa que sonaba como "nyahahahuhu~", resonaba entre los árboles con cada traspié.

Finalmente, y tras una caída poco elegante en un arbusto, llegó a una zona despejada donde se alzaban estructuras colosales de piedra y madera. Casitas para gigantes, pensó. Se plantó frente a una de ellas, puso una mano en la cadera y soltó —¡Atención mundo! Mi nombre es Velvette y desde hoy esta isla tiene algo que vale la pena mirar, nyah~. ¡Yo! —dijo mientras se subía a una roca y, por supuesto, resbalaba de culo.

El silencio reinó por un segundo… hasta que un anciano que vendía nabos desde un carrito cercano rompió a reír.

—Qué joven más extraña es usted señorita pero bueno al menos no eres aburrida.

—Eso jamás abuelo, soy la antítesis del aburrimiento nyah~ —replicó ella, sacudiéndose el polvo con dignidad felina —Dime una cosa, abuelo. ¿Dónde está la taberna más cercana? Tengo sed, hambre y una necesidad urgente de atención nyah~.

—Baja al pueblo sureño— respondió él, señalando con su bastón un sendero en bajada —No tiene pérdida.

—¡Perfecto! Entendido, por supuesto, sureño viene de sur y el sur es el lugar que no es le norte... a veces me sorprendo con lo brillante que puedo llegar a ser... que magnifica deducción— más que responder comenzó a hablar consigo misma, girando en dirección contraria. El anciano se limitó a señalar en la dirección contraria y corrigió al instante, como si siempre hubiera planeado ir por el camino correcto, y se alejó con paso confiado y caderas oscilantes.

El pueblo sureño hervía de actividad. Campesinos, leñadores y canteros se mezclaban en un mar de gritos, hortalizas y olor a sudor contenido. Velvette se abrió paso como si el lugar le perteneciera, repartiendo caos con cada zancada, sin dejar de buscar esa mezcla de alcohol, ruido y problemas que llamaba hogar.

Sin pudor, tomó un ramillete de zanahorias de un puesto y dejó una flor robada como pago.

—¡Un intercambio justo, nyah~!

Los comentarios, miradas y quejas comenzaron a acumularse conforme ella repartía sonrisas y palmadas indebidas.

—¿Y tú? ¡Toma, este colgante te queda divino, nyah~! — le dijo a un niño, colgándole un brillante amuleto de procedencia desconocida.

—¡Mi collar! —gritó una mujer desde el fondo del mercado.

Velvette ya estaba saludando a un burro.

—Soy una bendición con patas, lo sé. No hace falta que me recéis... aunque si queréis, no os detendré, nyah~.

Entre robos disfrazados de ofrendas, obsequios que no había pagado y cumplidos que rayaban el delito, Velvette se ganó en pocas horas la mitad del cariño y toda la desconfianza del pueblo.

—¿Quién es esa? —susurraban unos.

—¿Una loca? ¿Una pirata? ¿Una santa en bragas?

—No lo sé... pero me ha dado un mango y me ha robado el reloj.

Y así, como si el pueblo le perteneciera, Velvette se subió a una fuente, mojó la cola por accidente y anunció:

—¡Korossasu, tiembla! ¡La diosa de las curvas, el caos y los carteristas ha llegado! ¡Y pienso quedarme hasta que alguien me regale un pastel de mora, nyah~!

El murmullo fue general. Algunos sonrieron. Otros se taparon los bolsillos. Y uno que otro, más valiente que sabio, se acercó... probablemente para ser parte del siguiente desastre controlado.

Porque Velvette no pasaba desapercibida. Y eso, para bien o para mal, era el comienzo perfecto de su leyenda.

Velvette apenas llevaba dos horas en el pueblo cuando ya habían recibido tres denuncias por robo menor, dos por acoso verbal y una por perturbar la paz pública con “ruidos que no eran de este mundo”. La guardia local ya estaba en su búsqueda. No porque fuera peligrosa, sino porque temían que se quedara a vivir.

Fue así como el sargento Krof se presentó en la plaza central con cara de lunes eterno.

—¡Tú! ¡La del escote que bordea la linea del exhibicionismo! ¡Alto ahí!

—Oh, ¿me hablas a mí o a mis tetas? A veces se roban el protagonismo, nyah~.

Krof apretó los dientes.

—Has robado. Has alterado el orden. Has insultado a un burro y lo peor... lo peor, es que le lanzaste piropos a mi mujer.

Velvette arqueó una ceja.

—¿La del vestido naranja con cara de miércoles? Qué fuerte, nyah~. No sabía que era tu esposa... aunque ahora que lo pienso, eso explica mucho.

La plaza entera enmudeció. El sargento se puso rojo. Luego púrpura. Luego azul. Finalmente, apuntó con el dedo.

—¡Quedas arrestada!

Velvette levantó las manos con aire teatral.

—Perfecto. Pero antes… toma esto en señal de buena voluntad, nyah~ —dijo, sacando una caja decorada con un lazo rosa y entregándosela con una reverencia exagerada.

—¿Qué es esto? —gruñó el hombre.

—Una ofrenda de paz. Ábrela, nyah~.

Krof la abrió. Dentro había un par de braguitas excesivamente sugerentes, aparentemente usadas.

—No hace falta que me des las gracias, nyah~ —añadió con una guiñada descarada, y acto seguido echó a correr —¡Espero que te ayuden a cumplir con tu mujer nyahahahuhu~!

Krof, colorado y humillado, gritó a todo pulmón:

—¡GUARDIAS! ¡ESA PERVERSA GATA HA INSULTADO A MI SEÑORA!

Velvette desapareció entre las callejuelas, saltando entre tejados, saludando a todo el mundo, robando un pañuelo aquí y regalando una bufanda allá. Dejó a un pueblo confundido, un sargento gritando improperios y una leyenda empezando a tomar forma.

Ese día, la isla de Korossasu descubrió lo que era tener una pesadilla púrpura, escandalosa y generosa con los problemas ajenos.

Y ese fue solo su primer día.

La noche había caído, pero Velvette no. Y no tenía intención de hacerlo.

—Dormir es para los muertos y para los aburridos, nyah~ —decretó, mientras se arreglaba el escote frente al reflejo de una ventana ajena.

Guiada por el estruendo de música desafinada y vasos estrellándose, acabó en La Garra Astillada, una taberna escondida entre dos almacenes de madera. Desde fuera ya olía a ron barato, sudor y decisiones cuestionables. Desde dentro… aún peor. El paraíso.

Entró pateando la puerta con una sonrisa que anunciaba desastre.

—¡Vengo buscando un hombre fuerte que me invite a una copa, un idiota que quiera pelear, o mejor aún… que me coma el co....—!

Un jarro de cerveza cruzó el aire como un proyectil y explotó contra el marco de la puerta justo al lado de su cabeza, bañándola en espuma y astillas. La frase quedó colgando en el aire como una insinuación indecente interrumpida por la violencia.

—¡Oye! ¡Que todavía no he calentado motores, nyahahahuhu~! —gritó Velvette, empapada, mientras se quitaba los restos de cebada del escote con la mayor dignidad que podía reunir.

Dentro, la taberna era un campo de batalla. Dos hombres forcejeaban encima de una mesa hecha trizas, otro estaba tirado en el suelo abrazando una jarra como si fuera su madre, y una mujer de pelo encrespado y nariz sangrante lanzaba sillas como quien reparte flores en una boda.

Velvette se relamió los colmillos —Esto sí que es un recibimiento, nyah~...

Dio un saltito elegante hacia adelante, como si fuera a subir al escenario de un teatro, y sin más ceremonia se lanzó de cabeza al tumulto con una sonrisa que destilaba travesura y malas decisiones.

—¡¿Y nadie va a ofrecerme una copa primero?! ¡Qué poco caballerosos sois, nyahahahu~!— Aterrizó sobre la espalda de un tipo que estaba a punto de rematar a otro con un taburete. El hombre se tambaleó y cayó de bruces, llevándose el mueble en la frente —¡Y uno menos! ¡Va a costar sacarle las astillas, nyah~!

Otro sujeto, con los nudillos ensangrentados y aliento a whisky barato, intentó agarrarla por la cintura. Velvette se giró de un plumazo, le metió un rodillazo en la entrepierna y le robó la petaca del bolsillo con la misma facilidad con la que una gata caza un ratón —Gracias por el trago, campeón. ¡Pero deberías mantener tus bolas donde las necesitas, nyah~!

La escena escalaba por segundos. Alguien gritaba que llamaran a los guardias, mientras otros coreaban aplausos entre puñetazo y puñetazo. Velvette bailaba entre los combatientes como si la taberna fuera su pista personal, esquivando botellas, devolviendo empujones y soltando carcajadas con cada golpe que daba o recibía.

—¡Venga, venga! ¡¿Nadie va a poner música para ambientar esto?! ¡Esto no es una pelea, es un chiste sin ritmo, nyahahahuhu~!— Y por si fuera poco, en mitad de todo el caos, encontró una bandeja de empanadas medio aplastadas sobre una mesa volcada, le dio un mordisco a una y, con la boca llena, gritó —¡¿Quién cocina estas delicias?! ¡Voy a casarme contigo si sobrevivo a esta noche, nyah~!

La taberna ya no era un local: era una estampida de muebles rotos, insultos y risas. Y en el centro, brillando como una chispa entre la pólvora, una gata de pelo violeta lo incendiaba todo con su presencia.

Justo cuando uno de los parroquianos salía volando por una ventana con las piernas por delante, se escuchó un fuerte silbido desde fuera. Otro. Y otro más. La taberna entera quedó en suspenso por un instante... lo justo para que entraran cinco guardias armados hasta los dientes y con cara de haber sido despertados de la siesta.

—¡Alto ahí! ¡Todos contra la pared! —rugó el capitán de la guardia, alzando la voz sobre el estruendo—. ¡Esta pelea queda disuelta por orden del Consejo local!

El caos se congeló como una fotografía a medio romper. Velvette, que en ese momento estaba de pie sobre la barra bebiendo a morro de una botella de ron robada, se quedó mirando a los guardias con una ceja alzada y una sonrisa de oreja a oreja.

—Mmmh… eso suena aburrido, nyah~.

Uno de los guardias la señaló directamente con la lanza.

—¡Tú, la del pelo violeta y las tetas enormes! ¡Baja ahora mismo!

Velvette se limpió la boca con el dorso de la mano, se echó la melena hacia atrás y soltó una risa aguda y provocadora.

—¿Bajar? Ay, mi amor… si solo sabes dar órdenes en público, no quiero imaginarte en la cama, nyahahahuhu~.

Los guardias cargaron. Velvette saltó de la barra como un rayo, hizo una voltereta en el aire y aterrizó sobre una mesa, que se rompió bajo su peso con un crujido sonoro. Rodó sobre el suelo, esquivando una porra, y salió disparada hacia la puerta mientras uno de los soldados resbalaba con un charco de vino.

—¡Otra vez será, uniformados! ¡Recordad este día como el día en que casi atrapáis a Velvette, nyah~!

Y así, entre risas, insultos y un par de empanadas todavía en los bolsillos, Velvette desapareció en la noche por las callejuelas de Korossasu, con la luna colgando sobre su cabeza y la ciudad ya empezando a susurrar su nombre.

Y esa fue solo su primera noche.

Unas horas después, el bullicio había dado paso al silencio. El pueblo dormía. Bueno, casi todo el pueblo.

En un callejón tranquilo, bajo una cornisa que goteaba lentamente tras la lluvia, Velvette dormía hecha un ovillo. Su melena violeta se esparcía como tinta sobre el suelo, y abrazaba con fuerza su martillo como si fuera un peluche demasiado valioso para soltar. Una de sus botas seguía puesta; la otra, vaya a saber uno dónde fue a parar. Tenía una empanada medio comida en el regazo, ronroneaba en sueños y de vez en cuando soltaba un suave:

—Nyah~... idiotas guapos... 

La reina del caos había encontrado su trono por esa noche: una manta de cielo estrellado, un colchón de piedra fría y la dulce compañía de su arma. No era cómoda. Pero era perfecta.

Y así, Korossasu descansó. Porque Velvette, por fin, también lo hacía.

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Un día y una noche que Korossasu ... nunca, nunca olvidará, nyah~ - por Velvette - 27-05-2025, 06:40 PM

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