[FIC — Obtención Akuma no Mi] Orca se come una fruta y se convierte en tu madre.
#1
El poder de la fruta "Mane Mane" fue entregado bajo las garras de Emalf a principios de su vida, MUY a principios para ser exactos, joder, ¡Si con suerte y él sabía contar! Gracias a que aquella fruta recayó en manos de uno de sus familiares—de los pocos que eran decentes, dentro de lo que cabía—, sin siquiera saber o ser consciente de lo que consigo llevaba morder aquella fruta prohibida ante sus ojos; El sabor amargo, el poder que ocultaba bajo su llamativa apariencia, y el caos que desataría una vez cayera en las manos equivocadas, como en las del Rey del Engaño, como lo era Emalf. Fue entregada al menor de edad como si de un alimento muy nutritivo se tratasr para poder conseguir así recuperar todas sus fuerzas y ganas de vivir tras un arduo entrenamiento hecho por su padre. Oh, inocente e iluso de su parte por maltratarle durante tanto tiempo, pues ahora, aquel abuelo del que llevaban años en la familia riéndose, le había otorgado el poder maldito de la transformación al mundialmente (no) conocido "Ás de las mentiras", aquél que nació hecho mestizo y lo consiguió a tan solo seis años de edad cumplidos ese mismo día. Pero a partir de ahí, nada jamás volvería a ser igual.

Peeeero, vamos a ser honestos, que tanto paripé no le importa ni a mi puta madre, ¿veeeerdad~? ♪ Lo único que os interesa es saber qué fue de la putísima pelea, cómo me revientan la cara, y cómo acabé descubriendo el poder de los cojones que hace que os queráis pegar un tiro cada vez que me veis. ¡Y eso mismo os voy a contar!

Ahém... ¿Cómo funcionaba esto?
Ah, sí.



Se celebraba el cumpleaños de la jóven promesa, aquél quien iba a supuestamente salvarle la vida a todos sus familiares de los otros depredadores. En la familia de Emalf se encontraban todos muertos de ganas, ansiosos por saber su potencial completo para así hacerlo estallar— sin matarlo antes de tiempo— y poder así aprovecharse de él todo lo que fuese posible. El primer entreno familiar debería haber sido el más sencillo y llevadero, donde se le enseñaban las bases para dar guerra y parecer que sabes de lo que haces, pero no todos tienen la suerte de tener una familia con dos dedos de frente, y claro que no era el caso con la familia de las orcas asesinas. Al ser un día festivo y de celebración, donde la felicidad reina la situación y todos lo pasan increíblemente bien, no hubo mejor plan para la familia que migrar a una isla remota en el West Blue, Korossassu, para celebrar el principio a la tortura psicológica y física en todos los entrenamientos diarios de Emalf. ¡Feliz cumpleaños!

— ¡M-Me estás haciendo daño!

Se escuchó un hilillo de voz en una cueva remota al bosque en el que se encontraban. La situación era complicada de ver. Un niño de 6 años, un hombre musculoso en frente, ambos "armados", y los demás de espectadores en una frívola cueva que, de no estar acostumbrado a temperaturas así, no pararías de tiritar, incapaz de llevar a cabo cualquier acción más allá de hacerte bolita y llorar. Entre los espectadores, se veía a la madre, y los abuelos. Frente al niño, se encontraba ese hombre al que por desgracia llamaba su padre, quien era mucho más alto, rozando los dos metros de altura, portando una melena negra, con un degradado blanco que llegaba a rozar sus caderas y abrazarlas a la perfección. Su vestimenta trata un traje ancho y suelto, con el que podía desenvolver mejor sus movimientos sin que su contrincante, en este caso un crío, supiera en dónde entrar al rango de ataque para golpear el cuerpo esbelto del mayor. En la mano de los dos atacantes, los dos familiares de gran diferencia de edad agarraban con firmeza un palo resistente con ramas y astillas aún presentes, para que les doliera incluso más al atacar, defender, o simplemente agarrar el palo.

El menor de los dos mantenía ambas de sus manos vendadas hasta el antebrazo, excluyendo sus falanges negrizos, y vestía de ropa lo suficientemente ancha para parecerse en lo más mínimo a la de su familiar y contrincante. Los ojos azabaches cristalinos del hijo miraban a su padre con dolor, rogando en silencio que no sucediera esto. El primer golpe es insoportable, segundo y tercero también, al cuarto comienzas a cabrearte. Uno de los golpes del mayor fue recibido en la parte del brazo no protegida por las vendas, de donde brotó la suficiente sangre para que un niño de corta edad se asustase, y Emalf se sobresaltó, retrocediendo al instante. No había actuado ante el golpe con anterioridad, creyendo que su propio padre no sería capaz de cortarle.. Le demostró en ese instante que era alguien de quien no debía fiarse. El mestizo pensó en soltar el arma que aguantaban sus manos, pero fue incapaz, pues sabía que de siquiera dar indicios de hacerlo, el golpe recibido sería incluso peor al anterior, y ahí, tal vez, la sangre sería suficiente para que el dolor fuera insoportable. Su familia en cambio observaban atentos como si fueran cuervos cómo se desenvolvía la pelea, decepcionados ante la reacción ante el daño expresada por Emalf. El único que tuvo empatía suficiente fue su abuelo, ante la situación susurrando a la abuela que no le gustaba lo que estaba pasando, pero si aquella situación fuera de su desagrado de verdad, no hubiera abandonado la cueva para dejarle a su puta suerte en lo que él distraía su mente buscando comida tanto marina como terrestre. Encontró la Mane Mane, junto a la caza de algunos animales y peces.

— ¡No quiero seguir! ¡Este juego es una mierda, papá!

Su lenguaje era obsceno, pues jamás se habían molestado en enseñarle modales, sólo a dar un buen espectáculo a la hora de pelear, aunque ni siquiera eso fuera capaz de hacer bien al principio.
Su padre se puso firme, esbelta su figura y amenazante su mirada, cual penetraba en su mente y le gritaba en silencio "Si no lo haces bien, yo mismo te rajaré la garganta delante de todos." Emalf se colocó en posición, tragando saliva, y empuñó su arma tal y como le enseñó su abuelo. Aquella tortura de entrenamiento continuó hasta que fue capaz de aprender poco a poco a esquivar con algo más de soltura, bloquear el arma antaña, y rozar el cuerpo de su padre en combate. No dejó ni una mísera marca en piel ajena, aunque su propia piel se hubiera convirtido al final de la batalla en un lienzo en blanco al que le han arrojado pintura roja sin mirar el resultado en lo más mínimo. Sus heridas ardían sin cesar, y Emalf soltó un suspiro de exasperación.  No fue hasta que Emalf se puso a llorar —en falso— y a hacer un berrinche, que su madre decidió que por hoy era más que suficiente, con cansancio de ver a su hijo y esposo peleando durante 7 horas seguidas.

Su abuelo volvió a la cueva en el momento que acabó. En una de sus manos escondía la fruta del Diablo, en otra, mostraba a simple vista algo de peces y de animales muertos para los demás familiares. Deberían de estar taan hambrientos después de no hacer absolutamente nada durante las siete horas que duró aquél combate.

Emalf permaneció sentado desde que acabó la batalla hasta que su abuelo volvió a la cueva, absorto en sus pensamientos, viendo los palos que usaron, pero sus ojos se fijaron en el que usó su padre, notando cómo el ajeno era más que diferente; Su padre llevaba ventaja, ya no porque fuera un hombre mayor, con experiencia, y que le sacase 10 cabezas, sino porque su palo era más resistente, con más espinas para dañarlo, y con una forma distinta. El suyo era fácil de doblar, con lo que se le dificultaba bloquear, y sus espinas estaban más que nada en las zonas de donde se agarraban, en ambos extremos, donde estorbaban más de lo que ayudaban al crío, todo a propósito, seguro.

Su abuelo se agachó en frente de él, con una sonrisa gentil, en lo que, mientras tanto, los demás se dirigían de vuelta al agua para volver a la isla de donde venían, hablando y riendo como si nada hubiera ocurrido minutos antes, para poder calentar la comida, y poder descansar. En cuanto todos se fueron del campo de audición para espiar su conversación, su Abuelo comenzó a hablar, gentil y suave, sobresaltando a Emalf y echándolo de su mente.

— Has dado guerra, chavalín... Pronto serás el mejor de todos. Venga, come un poco, y vamos a descansar.

Le halagó. Su abuelo era el único del que se arrepentía de haber matado. Los ojos de Emalf se iluminaron frente aquella fruta llamativa que le fue revelada, una sonrisa pintando su rostro en el segundo que la vió. Estaba hambriento, era obvio, pues la agarró sin pensarlo ni 1 segundo. Nunca fue de esos que le hacían feos a la comida, a no ser que fuera demasiado horrible su olor o apariencia. Esta no se veía tan mal, pensó, y simplemente se la comió. Al instante, quiso escupirla tras saborear a la desagradable y maldita fruta, pero no lo hizo, por respeto y miedo a su abuelo. ¿Quién sabe si sería capaz de reventarle aquél palo lleno de astillas en la espalda como lo hizo su padre? No sería la primera vez, ni la última.

Tras ello, comenzó a sentirse más extraño que nunca, sobre todo tras darle un abrazo cálido a su abuelo mientras le agradecía mil y una veces por darle algo de comer, con entusiasmo fingido a la perfección. Cada vez que Emalf tocaba a alguien, sentía en sus dedos un cosquilleo que nunca jamás llegaría a comprender, no hasta los 19 años de estar soportando el sentirse un rarito.

Pasaron los años, donde cada vez que tocaba a alguien, por mínimo que fuese, sus dedos le expresaban una sensación extraña, la cuál lo hacía sentir incómodo al no saber de su procedencia, razón, o la causa. En cuanto Emalf cumplió los 19 años, mientras recién se acababa de despertar, volvió a recordar esa sensación que se le transmitía cada vez que mantenía contacto físico con alguien nuevo. Estaba tumbado en su cama, observando al techo, tratando de hacer mayor memoria posible de la situación. Recordaba a la perfección la forma, el color, y todo de la fruta, y sin embargo, no la identificaba en lo más mínimo como algo que haya visto antes. Ni siquiera sabía de la existencia de los Akuma No Mi, para ser francos.

Emalf, harto de no saber nada al respecto y de sentirse un jodido fenómeno, se dirigió hacia el primer lugar que le vino a la cabeza que vió que tuviera algo de información al respecto, y usando también su posición de explorador, sería más fácil para él dar con la fruta que comió años atrás, pues se acordaba de todos los detalles de la puñetera frutita que le dió su abuelo. Se levantó de la cama, se vistió, y con un gruñido, comenzó a caminar hasta el mar, ya agotado con tan solo pensar en llegar hasta Ohara nadando. Se movió hasta allí por una sencilla razón; aquél era el lugar del que todo el mundo hablaba como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aquél era el lugar donde oyó, gracias a ser un cotilla de manual, que se tenía mayor facilidad para poder dar con la información sobre casi cualquier tipo de cosa. Se sacudió una vez salió del agua, pisando la tierra de Ohara con normalidad, tal y como si fuera su segunda casa o isla natal. Emalf, poco después de ir buscando, dió en el clavo, se adentró en la Biblioteca, buscando algún libro, manuscrito hecho por el mismísimo Jesucristo, o lo que fuera, sobre algún tipo de frutas diferentes a la normativa que hicieran cosas raras o algo así. Hasta que dió con un libro sobre algo de Akuma No Mi, con una portada de unas cuantas frutas con una apariencia similar a la que él comió. Ese mismo libro se lo acabó llevando sin siquiera preguntar, y mucho menos comprarlo, como Emalf siempre hizo y hará durante toda su vida. Para volver a Korossassu no se sumergió en el agua, no vaya a ser que se lo cargara o algo, y al llegar se asentó en el bosque.

Se sentó en una piedra, otra vez, se encendió un cigarrillo en lo que sacaba el librito, y comenzó a leer hasta dar con la Mane Mane, cual cumplía a la perfección con los datos que él recordaba. Era.. Exactamente la misma a la que él comió. Una sonrisa ladina no pudo evitar mostrar a medida que iba leyendo, sus dientes afilados mostrándose bajo su mirada. Estalló en una carcajada una vez acabó, la cual hizo que los pájaros que en los árboles a su alrededor se colocaban salieran volando, asustados por el ruido sin aviso previo.

— Así que transformación, ¿haah? ¡La puta madre que parió a mi abuelo y a su suerte!

Oh, esto iba a ser tan, pero taaaan divertido.. Espera que ahora, con 20 años, estén orgullosos observando lo bien que le va desde bien abajo, pudriéndose en el jodido infierno.

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[FIC — Obtención Akuma no Mi] Orca se come una fruta y se convierte en tu madre. - por Emalf - 28-05-2025, 02:00 AM

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