[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas
#14
Dumati ni siquiera hizo amago de intentar esquivar el ataque de Jean; Zéphyros cortó el aire entre ellos y alcanzó a su oponente en el pecho. Jean notó como la carne ejercía una leve resistencia antes de rendirse a su acero, que recorrió el torso del criminal en diagonal dejando una mancha roja tras de si. Sangre, otra vez. Una segunda primera vez. Una fría punzada de arrepentimiento asomó desde el interior de la joven marine, pero fue sofocada rápidamente por la adrenalina y la realidad del momento. No había tiempo para remordimientos. No ahora. Dumati había gritado, simplemente había recibido el corte con la estoicidad de quien ya no tiene nada que perder. Jean se recompuso, recobrando la postura mientras se preguntaba si había hecho bien. Sus palabras pretendían, era cierto, atacar a Dumati, enfrentarlo con sus actos, ponerle delante un espejo en el que poder ver como sus acciones generaban una disonancia con sus intenciones. Pero, lejos de comprender la situación, parecía haber roto algo en el interior de su oponente, que ahora parecía moverse por una inercia ciega. Sus ojos, hacía un momento cargados de furia justiciera, de idealismo y de razón, ahora solo ardían con la llama de la locura de quien no tiene propósito. Jean vio como los dedos temblorosos de Dumati se aferraban más aún a su espada con una fuerza renovada. Sus músculos se tensaron, sus pies se asentaron con más fuerza. 

No dijo nada.

No se rindió.

El murmullo del acero cortando el aire fue el único presagio de su silencioso ataque. Giró sobre si mismo y dibujó un arco brutal dirigido hacía Jean, apuntando directamente a su abdomen. El fijo de la espada se acercaba a ella a una velocidad aterradora, cargando con el peso de la desesperación de su dueño. No había ruego ni duda en el movimiento. Era un ataque brutal y desprovisto de cualquier razón, táctica o estrategia. Era agresivo, furioso, directo. Jean pudo sentirlo. Ya no tenía palabras para sustentar la violencia. Ahora solo quedaba eso, la violencia en su esencia más pura, más autentica. Sin justificación, sin edulcorar. Ya no había una causa que la cubriera de nobleza.

- Idiota... - El pensamiento no era de rabia, sino de una agotadora tristeza.

Instintivamente Jean tensó sus piernas para dar un salto hacía atrás y esquivar el corte, pero se forzó a si misma a quedarse plantada en su sitio. Frunció el ceño y se hundió en los ojos furioso de Dumati. Aquella breve visión de duda tras sus palabras se había desvanecido, reemplazada por la resolución del que ya solo ve un camino. No sabía que más decir. Tal vez había forzado demasiado a su oponente, creyendo que, al ser consciente de su realidad, bajaría las armas y se rendiría. La realidad era más complicada, y a menudo más cruel. No le importaba la revolución ni la causa. No había un por qué. No había una chispa de bondad moviendo sus actos. No había nada que salvar allí dentro.

El acero de Zéphyros volvió a chocar con violencia contra el arma de Dumati. Esta vez Jean tuvo que hacer uso de toda la fuerza que tenía para aguantar aquel primer envite necesario para desviar el golpe. Junto ambas manos en la empuñadura de su espada, apretando los dientes, sintiendo la violencia con la que le atacaba su oponente. 

- Vale, parece que ya se te ha caído la careta... ¿De verdad no tienes nada que decir? - murmuró con esfuerzo flexionando las piernas, impulsando la empuñadura de Zéphyros hacia arriba, inclinándola para que, de nuevo, el filo del arma de Dumati se deslizara, bailando hacía arriba. Jean se agachó, giró sobre si misma, deslizándose alrededor de Dumati como una bailarina. 

Frente a sus elegantes movimientos, el alma de Jean pesaba. Ahora si que sentía que habían llegado a un punto de no retorno. Ni podía ni debía permitir que Dumati continuara sembrando la muerte allá por donde pasara. Tampoco creía en que pudiera simplemente volver a la senda del bien. Solo sería otra mentira con la que poder envolver su violencia contra los demás. Los mineros masacrados, sus propios compañeros, incluso los bandidos que aún yacían a su alrededor, unos inconscientes, otros algo peor... Todo pesaba sobre ella en aquel momento. Había creído que se podían arreglar las cosas hablando, utilizando la razón, tendiendo una mano. Sin sangre, ofreciendo una salida pacifica, tranquila. La realidad le había golpeado con toda la fuerza que tenía. La realidad tras de ella, la realidad que habían visto en los túneles, era brutal. Y no había un por qué. Eso era lo peor.

La realidad de Dumati era inquebrantable. Era o él, o ella. ¿Para que? ¿Para seguir matando? ¿Para seguir derramando sangre por una causa en la que dudaba que creyera realmente? No lo entendía. 

Pero si su propia conciencia no iba a detenerle, tendría que hacerlo ella. 

Sería el escudo que ese mundo necesitaba.

Era su deber, su juramento, y el motivo por el que vestía aquel uniforme.

Mientras Dumati se recuperaba del desvió de su ataque, con la sangre fresca manchando su camisa y el aire alrededor todavía vibrando por el choque de los metales, Jean no dudo. Solo tenía aquella pequeña ventana de tiempo para actuar. Esos escasos y valiosos segundos que cabían en una respiración acelerada. Con un grito de rabia y frustración hizo girar a Zéphyros. La espada voló en diagonal, ascendiendo casi desde el suelo de nuevo hacía el pecho de Dumati como un ave de presa. No quería un corte profundo. Buscaba derribarlo. Herirlo lo suficiente como para que ni su espiritú ni su cuerpo tuvieran ganas de seguir con aquello. Terminar con la amenaza sin arrebatar una vida. Lo haría. Era su camino. No se convertiría en él, no todo valía. Podía hacerlo. Si Dumati se negaba a rendirse, si seguía aferrándose a su fantasía de dolor y violencia, Jean lo obligaría a hacerlo. Lo heriría, lo cansaría, lo intentaría por cualquier vía, pero lo lograría. 

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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - por Jean D´Orlanais - 29-05-2025, 02:43 PM

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