02-06-2025, 06:55 PM
La risa de un borracho se deshizo en un golpe seco al otro lado del salón, pero Velvette no se inmutó. Sentada bajo la escalera de caracol, con los pies cruzados y la barbilla apoyada en una mano, lanzaba unos dados de hueso contra la madera astillada. Los había robado de la chaqueta de un cliente que olía a orina y ron barato. Le gustaban porque estaban gastados, viejos, como si hubieran visto mil vidas antes de llegar a ella.
—Cinco y uno… Eso es seis, ¿no, Madama Flor? —preguntó sin mirar, sabiendo que la mujer no contestaría.
La mujer recostada en el sofá, una de las más antiguas del lugar, había bebido lo suficiente para no saber ya si reía o lloraba. Tenía los labios pintados a medias y un ojo morado que aún brillaba bajo el polvo de su maquillaje. Velvette no la juzgaba. Las mujeres bonitas siempre terminaban feas, y las feas siempre terminaban rotas. Ella aún no era ninguna de las dos pero todo llegaría o eso le decía esa mujer.
Apenas tenía cinco años, y ya dormía donde podía. Esa noche, como tantas otras, la suerte con los dados decidiría si le tocaba el rincón seco del trastero o el colchón compartido con una de las chicas que no esperaba cliente. Su lógica infantil funcionaba así: si ganaba, tenía derecho y si perdía… bueno, eso pasaba casi siempre pero al menos podía jugar.
—Hoy he ganado yo — dijo, y guardó los dados en el pequeño bolsillo interior de su camisón roído —Eso significa que esta noche me toca dormir sin que nadie me eche de la cama.
Desde el otro lado del salón, un hombre gritó algo sobre una deuda y una puta mentirosa. No era nuevo. Nadie pagaba a tiempo. Nadie decía la verdad. Nadie se iba sin dejar una mancha.
A veces, una de las chicas la apartaba con brusquedad al verla cerca. Otras, le daban un trozo de pan duro, o le dejaban un rincón en silencio si el cliente se había dormido. La mayoría fingía que no estaba. Para ellas, Velvette era un mueble más, una sombra con orejas puntiagudas que aprendía a no hacer ruido cuando caminaba.
Velvette se escabulló entre las cortinas y subió al piso superior. No tenía cuarto propio, solo un colchón compartido con las sábanas que sobraban. Pero esta vez, en lugar de acostarse, trepó por la ventana hacia el tejado. El cielo estaba limpio. Las estrellas la miraban con curiosidad, como si supieran que esa criatura descalza y despeinada algún día haría cosas imperdonables.
No pensaba en venganza, ni en gloria, solo quería un sitio propio, donde nadie más dictara su suerte con un dado, una patada o una orden. Quería un lugar donde dormir sin miedo a que la despertaran las manos equivocadas.
—Algún día, me llamarán reina— murmuró, acariciando su cola felina mientras la brisa le agitaba el cabello —O bruja. O las dos.
Se tumbó boca arriba, con las manos tras la cabeza, y empezó a contar las luces del cielo. A su lado, su muñeca de trapo tenía un parche nuevo hecho con un trozo de encaje de uno de los vestidos viejos de las chicas del burdel. Velvette la había nombrado "Lady Delito".
—Lady Delito, nosotras nunca lloramos, ¿verdad?— le dijo, alzándola hacia el cielo —Solo reímos... y robamos— Y rió, porque si no reía, lloraría y allí, nadie prestaba atención a las lágrimas de una mocosa.
Durante unos minutos, solo hubo silencio. Silencio y estrellas. Y en ese vacío nocturno, Velvette abrazó su muñeca con fuerza. No por miedo.. si no por costumbre, porque era lo único suyo en un mundo que no le ofrecía nada.
—Lady Delito— susurró al fin, girándose de lado para abrazarla contra su pecho —Mañana haré que todos me miren, aunque sea para burlarse... o para odiarme... pero me verán... y cuando lo hagan… no sabrán lo que les golpeó.
La brisa se llevó sus palabras, pero no su promesa. Porque incluso en esa noche sucia y solitaria, bajo un cielo indiferente, se estaba forjando algo más fuerte que el hambre o el miedo; una voluntad que aún no tenía nombre, pero ya quemaba.
Y las estrellas, cómplices silenciosas, siguieron parpadeando como si aplaudieran en secreto.
—Cinco y uno… Eso es seis, ¿no, Madama Flor? —preguntó sin mirar, sabiendo que la mujer no contestaría.
La mujer recostada en el sofá, una de las más antiguas del lugar, había bebido lo suficiente para no saber ya si reía o lloraba. Tenía los labios pintados a medias y un ojo morado que aún brillaba bajo el polvo de su maquillaje. Velvette no la juzgaba. Las mujeres bonitas siempre terminaban feas, y las feas siempre terminaban rotas. Ella aún no era ninguna de las dos pero todo llegaría o eso le decía esa mujer.
Apenas tenía cinco años, y ya dormía donde podía. Esa noche, como tantas otras, la suerte con los dados decidiría si le tocaba el rincón seco del trastero o el colchón compartido con una de las chicas que no esperaba cliente. Su lógica infantil funcionaba así: si ganaba, tenía derecho y si perdía… bueno, eso pasaba casi siempre pero al menos podía jugar.
—Hoy he ganado yo — dijo, y guardó los dados en el pequeño bolsillo interior de su camisón roído —Eso significa que esta noche me toca dormir sin que nadie me eche de la cama.
Desde el otro lado del salón, un hombre gritó algo sobre una deuda y una puta mentirosa. No era nuevo. Nadie pagaba a tiempo. Nadie decía la verdad. Nadie se iba sin dejar una mancha.
A veces, una de las chicas la apartaba con brusquedad al verla cerca. Otras, le daban un trozo de pan duro, o le dejaban un rincón en silencio si el cliente se había dormido. La mayoría fingía que no estaba. Para ellas, Velvette era un mueble más, una sombra con orejas puntiagudas que aprendía a no hacer ruido cuando caminaba.
Velvette se escabulló entre las cortinas y subió al piso superior. No tenía cuarto propio, solo un colchón compartido con las sábanas que sobraban. Pero esta vez, en lugar de acostarse, trepó por la ventana hacia el tejado. El cielo estaba limpio. Las estrellas la miraban con curiosidad, como si supieran que esa criatura descalza y despeinada algún día haría cosas imperdonables.
No pensaba en venganza, ni en gloria, solo quería un sitio propio, donde nadie más dictara su suerte con un dado, una patada o una orden. Quería un lugar donde dormir sin miedo a que la despertaran las manos equivocadas.
—Algún día, me llamarán reina— murmuró, acariciando su cola felina mientras la brisa le agitaba el cabello —O bruja. O las dos.
Se tumbó boca arriba, con las manos tras la cabeza, y empezó a contar las luces del cielo. A su lado, su muñeca de trapo tenía un parche nuevo hecho con un trozo de encaje de uno de los vestidos viejos de las chicas del burdel. Velvette la había nombrado "Lady Delito".
—Lady Delito, nosotras nunca lloramos, ¿verdad?— le dijo, alzándola hacia el cielo —Solo reímos... y robamos— Y rió, porque si no reía, lloraría y allí, nadie prestaba atención a las lágrimas de una mocosa.
Durante unos minutos, solo hubo silencio. Silencio y estrellas. Y en ese vacío nocturno, Velvette abrazó su muñeca con fuerza. No por miedo.. si no por costumbre, porque era lo único suyo en un mundo que no le ofrecía nada.
—Lady Delito— susurró al fin, girándose de lado para abrazarla contra su pecho —Mañana haré que todos me miren, aunque sea para burlarse... o para odiarme... pero me verán... y cuando lo hagan… no sabrán lo que les golpeó.
La brisa se llevó sus palabras, pero no su promesa. Porque incluso en esa noche sucia y solitaria, bajo un cielo indiferente, se estaba forjando algo más fuerte que el hambre o el miedo; una voluntad que aún no tenía nombre, pero ya quemaba.
Y las estrellas, cómplices silenciosas, siguieron parpadeando como si aplaudieran en secreto.
