07-06-2025, 12:50 PM
El ataque de Jean volvió a dibujar una sombra de sangre en el torso del revolucionario, pero este no se amínalo, sino que, ignorando los daños, contratacó. No iba a parar. Jean alzó a Zéphyros y desvió el golpe de nuevo. Estaba dentro del combate. Se había adaptado a él, a los golpes poco precisos pero potentes de Dumati. Él no cambiaba su táctica, por lo que Jean no variaría la suya. Las espadas forcejearon, el acero chirrió, un sonido breve que se perdió en el eco de la caverna. Jean no se detuvo. El filo de su espada resbaló y silbo por el aire en un corte descendente y diagonal, destinado a inmovilizarlo sin matarlo. No era odio lo que guiaba su mano, sino el frío deber. No podía salvarlo.
Antes de que su golpe pudiera alcanzar su destino, un sonido seco quebró el aire sobre sus cabezas. La explosión resonó por toda la caverna, haciendo que la propia cueva temblara, y fragmentos de piedra y polvo comenzaron a desprenderse del techo. Los ojos de Jean se alzaron y por instinto dio un salto hacia atrás, separándose de Dumati. Desde la altura una figura descendió. Un uniforme blanco, impecable, inmaculado. Un pelo ondulado, plateado, brillante. Parecía un ángel descendiendo el cielo.
- Sargento Ville... - mencionó Jean dando un par de pasos más hacía atrás, poniendo más tierra de por medio entre ella y Dumati. Los refuerzos habían llegado, y si la Sargento iba a ayudarla, Dumati no tenía nada que hacer ya.
Jean pudo ver que la sargento, de hecho, venía de librar otro combate. Lo supo solamente por los bajos de su pantalón, manchados de sangre oscura. La joven marine miró a Dumati mientras se cuadraba y se ponía en posición. Aguardaría ordenes e intentaría servir de apoyo a la sargento en el combate que se avecinaba. La voz de la sargento, firme y sin alzar el tono, resonó por la caverna como una sentencia dirigiéndose al revolucionario. Así que sabe quien es observó Jean.
La mirada de Ville se deslizó hacia ella. Jean la sintió como un examen silencioso, un escrutinio que la medía, la evaluaba. Los mineros muertos, los bandidos incapacitados y sus propios compañeros, algunos inconscientes, otros... Nada hacía ver que Jean había hecho un un buen trabajo precisamente. No había logrado proteger a nadie. No había salvado ninguna vida. La joven agachó un poco la cabeza, avergonzada, pero la sargento no pareció decepcionada en absoluto. Durante un instante que pareció eterno, solo sus ojos hablaron, serios, pero con un destello casi imperceptible de... ¿respeto? Un asentimiento apenas visible de su mentón, tan sutil que muchos lo habrían ignorado, pero Jean lo sintió como un torrente de calor en el pecho.
"Buen trabajo"
La voz de Ville era seca, concisa, pero cada sílaba llevaba el peso de un reconocimiento genuino. Aquellas palabras, desprovistas de cualquier adorno, significaban más para Jean que cualquier medalla. Sintió cómo su espalda se enderezaba un poco más, una inyección de orgullo que, por un momento, disipó el cansancio y el dolor. Tanto ella como sus compañeros no habían podido salvar a la gente de la mina, pero si derrotaban al revolucionario habrían salvado muchas otras.
Dumati, herido en cuerpo y alma, no soportó el seguir viéndose cada vez más acorralado. Un rugido de rabia contenida escapó de su garganta, y se abalanzó, no hacia la Sargento Ville, sino directamente hacia Jean, buscando un último acto de desesperación o de venganza.
Jean alzó su espada, pero Ville actuó antes. La joven apenas vio un borrón. La Sargento se interpuso entre ellos con una naturalidad pasmosa, como si el ataque de Dumati fuera un movimiento predecible en una coreografía conocida. Su pierna subió y la espada de Dumati salió volando en un destello de acero girando en el aire antes de caer con un repique sordo al polvoriento suelo de la mina. Antes de que el cuerpo de Dumati pudiera reaccionar al desarme, la otra pierna de Ville trazó un arco. Un crujido seco, el cuerpo de Dumati se elevó hacía atrás y luego se desplomó contra el suelo, inerte. Inconsciente.
Jean observó la figura inmóvil de Dumati. La furia, el cinismo y la desesperación que lo habían consumido... todo se había apagado. No por su mano, sino por la de Ville. Un alivio inmenso la invadió, pero también una extraña amargura. Había intentado salvarlo, ofrecerle una salida... Y había fallado en eso.
- Por supuesto. - asintió Jean, cuadrandose ante su sargento y envainando a Zéphiros. - Tendrá un informe completo mañana a primera hora.
Con una mirada hacia el cuerpo inerte de Dumati, Ville reveló la verdadera magnitud de la amenaza: un revolucionario peligroso que, durante semanas, había sembrado ideas disidentes, reclutando trabajadores de astilleros e incluso soldados de bajo rango. Sin la intervención de ese día, las consecuencias habrían sido graves. Las palabras de Ville no buscaban consuelo; ofrecían la cruda verdad de la situación. La joven no pudo mirar también al cuerpo de su oponente y pensar en si de verdad había algo en sus palabras que lograra encender el corazón de los demás. Aquellos a los que había reclutado, ¿eran personas como él, que solo buscaban justificar su violencia? ¿O había algo más?
Con el último eco de las palabras de la Sargento Ville, la mina pareció encogerse alrededor de Jean. El hedor a pólvora, sudor y sangre se desdibujaba, el polvo se asentaba y la oscuridad se volvía menos opresiva. Jean sabía que su misión en ese lugar había llegado a su fin. Se irguió, sintiendo el peso de la fatiga en cada músculo, pero también una extraña ligereza en su espíritu. Se giró, dejando atrás el cuerpo de Dumati, los escombros y la sangre que habían marcado su paso. Era hora de abandonar ese lugar sombrío. De salir a la luz. Era hora de regresar a un mundo que, ahora lo sabía, necesitaba un escudo como ella.
Antes de que su golpe pudiera alcanzar su destino, un sonido seco quebró el aire sobre sus cabezas. La explosión resonó por toda la caverna, haciendo que la propia cueva temblara, y fragmentos de piedra y polvo comenzaron a desprenderse del techo. Los ojos de Jean se alzaron y por instinto dio un salto hacia atrás, separándose de Dumati. Desde la altura una figura descendió. Un uniforme blanco, impecable, inmaculado. Un pelo ondulado, plateado, brillante. Parecía un ángel descendiendo el cielo.
- Sargento Ville... - mencionó Jean dando un par de pasos más hacía atrás, poniendo más tierra de por medio entre ella y Dumati. Los refuerzos habían llegado, y si la Sargento iba a ayudarla, Dumati no tenía nada que hacer ya.
Jean pudo ver que la sargento, de hecho, venía de librar otro combate. Lo supo solamente por los bajos de su pantalón, manchados de sangre oscura. La joven marine miró a Dumati mientras se cuadraba y se ponía en posición. Aguardaría ordenes e intentaría servir de apoyo a la sargento en el combate que se avecinaba. La voz de la sargento, firme y sin alzar el tono, resonó por la caverna como una sentencia dirigiéndose al revolucionario. Así que sabe quien es observó Jean.
La mirada de Ville se deslizó hacia ella. Jean la sintió como un examen silencioso, un escrutinio que la medía, la evaluaba. Los mineros muertos, los bandidos incapacitados y sus propios compañeros, algunos inconscientes, otros... Nada hacía ver que Jean había hecho un un buen trabajo precisamente. No había logrado proteger a nadie. No había salvado ninguna vida. La joven agachó un poco la cabeza, avergonzada, pero la sargento no pareció decepcionada en absoluto. Durante un instante que pareció eterno, solo sus ojos hablaron, serios, pero con un destello casi imperceptible de... ¿respeto? Un asentimiento apenas visible de su mentón, tan sutil que muchos lo habrían ignorado, pero Jean lo sintió como un torrente de calor en el pecho.
"Buen trabajo"
La voz de Ville era seca, concisa, pero cada sílaba llevaba el peso de un reconocimiento genuino. Aquellas palabras, desprovistas de cualquier adorno, significaban más para Jean que cualquier medalla. Sintió cómo su espalda se enderezaba un poco más, una inyección de orgullo que, por un momento, disipó el cansancio y el dolor. Tanto ella como sus compañeros no habían podido salvar a la gente de la mina, pero si derrotaban al revolucionario habrían salvado muchas otras.
Dumati, herido en cuerpo y alma, no soportó el seguir viéndose cada vez más acorralado. Un rugido de rabia contenida escapó de su garganta, y se abalanzó, no hacia la Sargento Ville, sino directamente hacia Jean, buscando un último acto de desesperación o de venganza.
Jean alzó su espada, pero Ville actuó antes. La joven apenas vio un borrón. La Sargento se interpuso entre ellos con una naturalidad pasmosa, como si el ataque de Dumati fuera un movimiento predecible en una coreografía conocida. Su pierna subió y la espada de Dumati salió volando en un destello de acero girando en el aire antes de caer con un repique sordo al polvoriento suelo de la mina. Antes de que el cuerpo de Dumati pudiera reaccionar al desarme, la otra pierna de Ville trazó un arco. Un crujido seco, el cuerpo de Dumati se elevó hacía atrás y luego se desplomó contra el suelo, inerte. Inconsciente.
Jean observó la figura inmóvil de Dumati. La furia, el cinismo y la desesperación que lo habían consumido... todo se había apagado. No por su mano, sino por la de Ville. Un alivio inmenso la invadió, pero también una extraña amargura. Había intentado salvarlo, ofrecerle una salida... Y había fallado en eso.
- Por supuesto. - asintió Jean, cuadrandose ante su sargento y envainando a Zéphiros. - Tendrá un informe completo mañana a primera hora.
Con una mirada hacia el cuerpo inerte de Dumati, Ville reveló la verdadera magnitud de la amenaza: un revolucionario peligroso que, durante semanas, había sembrado ideas disidentes, reclutando trabajadores de astilleros e incluso soldados de bajo rango. Sin la intervención de ese día, las consecuencias habrían sido graves. Las palabras de Ville no buscaban consuelo; ofrecían la cruda verdad de la situación. La joven no pudo mirar también al cuerpo de su oponente y pensar en si de verdad había algo en sus palabras que lograra encender el corazón de los demás. Aquellos a los que había reclutado, ¿eran personas como él, que solo buscaban justificar su violencia? ¿O había algo más?
Con el último eco de las palabras de la Sargento Ville, la mina pareció encogerse alrededor de Jean. El hedor a pólvora, sudor y sangre se desdibujaba, el polvo se asentaba y la oscuridad se volvía menos opresiva. Jean sabía que su misión en ese lugar había llegado a su fin. Se irguió, sintiendo el peso de la fatiga en cada músculo, pero también una extraña ligereza en su espíritu. Se giró, dejando atrás el cuerpo de Dumati, los escombros y la sangre que habían marcado su paso. Era hora de abandonar ese lugar sombrío. De salir a la luz. Era hora de regresar a un mundo que, ahora lo sabía, necesitaba un escudo como ella.
