[Presente Absoluto - Aventura T2] La Cretina
#1
Día 24 de invierno, Año 16

El frío es abrazador, cruel, capaz de desmoronar a cualquier mortal que no esté lo suficientemente preparado. El lugar está alejado, como si nadie quisiera llegar allí, como si todo a su alrededor hubiera sido puesto a la fuerza para ocultar la morada. Árboles fuertes, gigantes y frondosos, que en la oscuridad parecen demonios, cubren un claro donde se alza lo que parece ser una cabaña gigante, un espacio donde la luna es la única opción frente a la oscuridad, a pesar de la luz que se cuela por las ventanas de la entrada principal.

Ustedes cuatro, el zoológico de seres humanoides, consiguen la invitación gracias a Emalf. Desconozco cómo obtiene esos cuatro pases a la Cretina. Esos pedazos de papel finamente plegados, intencionalmente manchados, con una cursiva exquisita en tonalidades de azul y turquesa, tienen como única palabra en su encabezado. “INVITADO”, sobre un mapa pintado en azules que indica la ubicación exacta. Sin ese mapa, sería casi imposible llegar.

Aquel señor particular que le facilita las invitaciones a la orca les da un sutil consejo, más que consejo, una advertencia. “Golpea la puerta cuatro veces, en intervalos de dos segundos.”
Todo parece medido, matemáticamente endemoniado, en lo que promete ser el pub de los malos modales. Y luego del cuarto golpe, como si hubiera estado acechando tras la puerta, aparece un centinela. Así se presenta. También les dice su nombre. Alfin, el mayor de los hermanos que vigilan el establecimiento. Es el mayor por una hora exactamente, lo dice con voz recta, imperturbable y serena, como si las palabras llevaran tras de sí parte de algún juego o simplemente la necesidad de aclararlo todo.

Es un tipo impecable, sin arrugas ni desperfectos; parece más un títere que un ser vivo. Viste un traje que realza su espectacular figura humana, escandalosamente entrenada en dos metros y diez centímetros, y lleva una peculiar máscara en tonalidades de blanco y negro. La máscara, repleta de picos y ojos como si fueran ustedes cuatro observados al mismo tiempo, lo convierte en un ser aterrador.

Tras la puerta entreabierta se observa el jolgorio, en notable contraste con la juiciosa apariencia y las palabras de aquel gigante, una fiesta alocada, canto, gritos, delirios y gemidos seducen sus oídos, invitándolos a una brutal bacanal.

Antes de entrar, el perfecto centinela les extiende la diestra para entregarles un pergamino enrollado. Allí están perpetuadas una serie de reglas que deben seguir al pie de la letra. Cualquier perturbación del reglamento está penada con la expulsión. Nadie puede entrar sin leerlas, así lo exige el anfitrión. Él los espera sin exaltarse por sus excéntricos modos de ver el mundo. Se mantiene impecable, como si lo que sucede adentro y lo que ustedes puedan pensar no le afectara; es una máquina haciendo su trabajo. En el papel, que parece más una invitación de boda por la calidad de la letra y la delicadeza, se lee.

Bienvenidos a La Cretina
Si han llegado hasta aquí, solo queda aceptar el contrato para darle rienda suelta a sus más bajos instintos, a los más desopilantes malos modales.
Reglas de expulsión
  • Solo se puede pedir un menú de la carta durante toda la noche.
  • La comida no se critica, se engulle sin cubiertos.
  • El loro tiene siempre la última palabra en los duelos verbales (“Aburrido” – “Divertido”).
  • El primer trago se bebe sin manos.
  • Si pierdes algo, es de quien lo pise primero, sin derecho a réplica.
  • Está prohibido pelear sin testigos. Un mínimo de tres espectadores es obligatorio.
  • Los recién llegados deben improvisar un apodo o se les dará uno vergonzoso.
  • Los nombres reales son robables. Si te roban el nombre, la persona que lo robe decidirá por ti.
  • Tienes que sentarte de una manera no tradicional en las mesas.
  • Prohibido caminar derecho más de tres pasos (aplica para combates).
  • Si dos personas chocan accidentalmente, deberán intercambiarse un accesorio personal durante toda la noche. El accesorio volverá a su dueño al retirarse del establecimiento.
  • Toda mentira confirmada se premia con un trago gratis.
  • Cada noche, un cliente es coronado “Rey del Caos” y nadie puede contradecirlo; además, en cualquier momento podrá elegir una regla nueva o eliminar una existente (no aplica para las reglas mortales).
  • Si no entiendes una regla, igual se aplica.
  • Las reglas pueden cambiar sin aviso por el dueño del lugar.
Reglas Mortales (Todo el staff de la cantina los atacará hasta la muerte)
Con el fin de hacer la convivencia amena y respetar el templo que hemos construido para ustedes, se crearon reglas donde su vida se pone en riesgo. Depende de ustedes.
  • Agredir al personal.
  • Dañar cualquier sector o mobiliario de La Cretina.
  • Delatar a cualquiera que rompa una regla.
  • Ensuciar, el orden es sagrado.
  • Hacerle más de tres preguntas seguidas al loro o molestarlo directamente.
  • Usurpar la corona del Rey del Caos sin ser elegido.
  • Robar al establecimiento (el robo entre clientes está bien visto).
  • Acceder a las zonas de trabajo sin invitación.
  • Acceder a la sala de personal, salvo que el dueño te invite.
  • Matar en un combate.
Sin nada mas que agregar los saluda Jones J K
Firma Aceptando el reglamento:


Luego de firmar, con la el pedido de que utilicen sus nombres reales, el centinela los conduce a su mesa. El mar de bandidos que llena el lugar les clava la mirada; no se detiene la bacanal, pero las sonrisas de los habitués al ver carne fresca desfilar hacen que la atmósfera se torne aún más densa.

Dentro, el lugar es acogedor, como si la ira del invierno quedara en ridículo frente al sistema de calefacción a base de estufas y cañerías que transmiten un calor constante a cada rincón. La estufa principal, una pieza de hierro forjado con relieves de dragones y relámpagos, está a la izquierda, dividiendo el salón en dos, todo un espectáculo de la herrería, como si fuera la estufa de un rey. De un lado, las mesas rebosan de seres pintorescos, que juegan a los dados y a las cartas, comen con las manos y ríen con carcajadas estridentes, pero pese a ese caos, la limpieza es impecable en cada mesa y en el suelo. Del otro lado, al fondo, se extiende una pista de baile iluminada por faroles colgantes y una luz tenue que invita tanto al baile como al duelo. Algunas parejas alocadas bailan y se besan, mientras que otros se lían a puños limpios, siempre cuidando las instalaciones.

Al fondo a la derecha, se encuentran los baños, apenas señalados con un cartel tallado a mano que dice “Una estadia para toda la vida”. Son unisex, una fila de baños individuales para las necesidades y, frente a los boxes, una pileta gigante con un espejo de marco dorado. Enseguida de ellos, está el sector del personal, un lugar sin ventanas ni conexión con el salón, salvo una puerta discreta tras la barra. Esa puerta, de madera negra y con una cerradura pesada, se abre solo para quienes trabajan allí.

La barra, robusta y amplia, iluminada con lámparas de hierro forjado que cuelgan como testigos de cada trago servido y cada historia contada, invita a dejar el salario en la lista de tragos artesanales y hechos en el momento por el personal. Sus quince metros de longitud permiten atender a toda una horda de almas sedientas y hambrientas, funcionando como punto de contacto entre el caos del salón y el corazón palpitante de la cocina.

Tras ella, la cocina se despliega en un entorno gobernado por el fuego y el cuchillo. Un espacio de diez por diez metros perfectamente distribuido, donde cada metro cuadrado se aprovecha al máximo. Desde la barra se ve el bullicio de la cocina caliente y el pase de servicio, una franja donde los platos se visten con sus mejores galas antes de desfilar ante los comensales. El chef y su equipo trabajan como bestias enjauladas; nada los perturba, cada uno de los veinte trabajadores sabe qué hacer sin que el silencio se perturbe. Cada pedido es una ofrenda que viaja desde la cocina hasta el cliente, con la promesa de una experiencia intensa, con la promesa de la ira de un plato hecho con amor.

Detrás de la cocina, una escalera metálica, traicionera y oxidada, conduce al subsuelo, donde aguarda la despensa, un espacio gemelo en dimensiones a la cocina, pero distinto en esencia. Diez por diez metros de provisiones, secretos y caos contenido. Aquí duermen los alimentos no perecederos, las latas que esperan su oportunidad y las carnes que descansan en las fauces de congeladores industriales.

En el lado derecho del salón, apenas señalada con un dibujo de un abano y una cortina de terciopelo, se abre la sala de fumadores. Un espacio expansiono cargado de aromas y charlas densas, donde el humo se mezcla con el ron y las historias se arremolinan entre caladas. Es un lugar donde los robos y los retos son moneda corriente.

El calor, el humo y el júbilo forman un manto que abraza a ustedes, los recién llegados, advirtiéndoles que aquí las reglas son sagradas y el respeto se gana a tragos y a gritos.

Axel, Velvette y Emalf están sentados frente a un viejo, uno de esos personajes folclóricos con más derrotas con el alcohol que besos de una dama bonita. Los observa durante algunos segundos mientras ustedes esperan que el mozo traiga el menú.

-¿Primera vez por aquí?

Pregunta de pronto, con una voz ronca y una sonrisa torcida.

-Les doy un consejo. No miren al loro por mucho tiempo. Nunca le van a ganar en un duelo de no pestañar. ¡Jajajaja!

El anciano habla con un tono imponente, como si hubiera perdido el oído hace años o, simplemente, se burlara de ustedes. Señala el centro de las mesas, donde de un palo cuelga un loro que los observa a todos.

-Les voy a decir algo importante

Continúa, inclinándose hacia adelante como si compartiera un secreto que no quiere revelar a nadie más.

-Los centinelas son los que hacen que las reglas se cumplan al pie de la letra. Pero hay puntos ciegos en sus rondas. Actualmente, la sala de fumadores está sin centinela hasta que llegue el que toma turno allí; quedan cubiertos la cocina, el baño y el salón. En total son cuatro. Se turnan para descansar. El del salón cubre cocina y salón; el del baño, solo los baños; y el de la sala de fumadores, únicamente ese sector. El siguiente lugar que va a quedar descubierto será el baño, y luego el salón y la cocina. Pero eso son apenas segundos. Tómenlo o déjenlo. Son tres centinelas activos, y el cuarto se retira al sector de funcionarios a descansar. Y recuerden, de sus ojos no se escapa nada.

Tras sus palabras, como si fuera un premio, un mozo impecablemente vestido se acerca. Le ofrece un vaso con dos hielos y una bebida espirituosa, acompañado de una frase.

-Su trago gratis, señor.

El viejo levanta el vaso, brinda al viento y se ríe en sus caras con un tono burlón.

Detrás de ustedes, alcanzan a ver al grupo donde está el Rey del Caos, jugando un juego peculiar en el que los gritos y las risas son la banda sonora indispensable.

-¡Voy a vos!

Exclama uno de los cuatro, mientras arroja un naipe sobre la mesa que muestra cuatro copas. Sus hebras coloradas, su abrigo para el frío, la barba frondosa y la camisa a cuadros lo hacen parecer un leñador. En su regazo descansa un hacha, como si fuera parte de su linaje. Está sentado sobre sus propias piernas, haciendo de su serenidad un rito.

La siguiente jugadora es una especie de mujer pez que prefiere no sentarse. Permanece de pie, con guantes de boxeo y un atuendo que parece hecho de escamas de sus hermanos. No dice nada, lanza su carta con el rostro lleno de terror, como si entre sus tres naipes guardara la peor opción. Su carta muestra cuatro espadas. Mira tímidamente a su compañero, con un gesto que es más un pedido de disculpas que de complicidad.

-¡Qué lindo es jugar así, repleto de cartas!

Exclama el tercero, con una sonrisa despiadada

-Me van a tener que pagar muchos tragos, y espero que aguanten la presión, hijos de puta. ¡Envido!

Es el más hablador, con una energía casi infantil. Viste como un joven explorador, pero su musculatura lo delata como un luchador formidable. De su costado cuelga una resortera hecha de la manera más sencilla y artesanal. Es el compañero del leñador y se comporta como un niño malcriado meciéndose en la silla.

-Tengo flor

Dice el cuarto, fulminando las palabras del hablador. Él es el Rey del Caos. Está de cabeza en la silla, dejando en claro que allí las reglas se cumplen con exactitud. Lleva la corona en el trasero y muestra una flexibilidad tan grotesca que parece su estado natural. Su rostro pintado y su atuendo de mimo completan su presencia estrafalaria.

Pero lo que más llama la atención es la presencia de alguien que no está. Una quinta bebida servida y un plato vacío, devorado por un fantasma reciente.

Mientras tanto, Kayx se encuentra en el baño, con un dolor abdominal tan intenso que lo obliga a eliminarlo todo de manera explosiva. En el borde de la habitación, como una estatua viviente, está el centinela, vigilando con ojos de piedra. Desde el box contiguo se escuchan ronquidos profundos y bestiales, de alguien que ha decidido que ese es el lugar más seguro para dormir.

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[Presente Absoluto - Aventura T2] La Cretina - por Caelum Drift - 09-06-2025, 01:29 AM

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