El frío de fuera era un cuchillo, pero Velvette no parecía sentirlo. Se mantenía de pie con una sonrisa torcida y los brazos cruzados mientras el gigante con máscara —Alfin, según se presentó— les ofrecía el pergamino. Todo era tan ridículo y ceremonioso que no pudo evitar soltar una risilla nasal.
—¿Reglas? Qué emocionante, nyah~ — murmuró mientras Ezrah garabateaba su nombre con sangre y teatralidad, ella rebuscó entre su escote y sacó un pequeño pintalabios rojo, brillante como una amenaza. Con movimientos lentos y cuidadosos, escribió sobre el pergamino, justo debajo del encabezado, con una letra excesivamente adornada su nombre: Velvette. Añadió una pequeña carita guiñando el ojo y sopló suavemente para secar el trazo antes de devolver el pintalabios a su escondite con una sonrisa ladina.
—Listo, ya estamos todos civilizados, ¿no? — dijo, mirando al centinela con descaro.
Tras eso, cruzó la entrada de La Cretina como quien entra a su propio espectáculo. El calor era casi insultante tras el crudo abrazo del invierno. Velvette se dejó caer sobre el filo del respaldar del sofá como si fuese un felino perezoso con un enorme martillo acompañándola en un equilibrio bastante precario. Se encontraba tumbada a lo largo de la estructura de madera tapizada, equilibrándose con elegancia insultante justo detrás de Axel, como si su cuerpo fuera una extensión del mueble. Tenía una pierna colgando hacia un lado, la otra flexionada, y la cabeza apoyada sobre su brazo izquierdo doblado a modo de almohada mientras que con la mano derecha trató de acariciar la cabeza de Axel. Su cola se balanceaba con desdén sobre el hombro del pelirrojo, rozándolo de tanto en tanto.
—Ah… esto casi que es como estar en casa, nyah~ —suspiró con satisfacción teatral, como si no acabaran de leer una lista de normas que parecían redactadas por un poeta ebrio con sed de sangre y sentido del humor. Desde su ángulo torcido, observaba a Ezrah —como se había presentado ante el anciano— con ese aire de orca recién salida del reformatorio que solo convencía a quien no sabía cuánto disfrutaba con las provocaciones. Velvette no lo miraba, pero escuchaba. Porque siempre escuchaba. Especialmente a los que parecían tan cómodos en un lugar donde nadie cuerdo estaría cómodo.
La voz de Ezrah cortó la distancia con ese tono suyo, burlón y amenazante, como una carcajada vestida de advertencia. Velvette sonrió, sin girarse, mientras dejaba colgar la pierna hacia atrás.
—Ezrah, nyah~ —ronroneó —Suena como nombre de profeta bíblico con problemas de ego...
Entonces se deslizó con una ondulación lenta, descendiendo desde el respaldo del sofá como si su columna no tuviera huesos. Se acomodó de lado, apoyando la cabeza en el hombro de Axel sin pedir permiso. Movió la cola una vez más, tratando de golpearle en la cara.
—Yo soy Lady Delito nyah~ — dijo por fin, con voz melosa y ojos brillantes —Dueña de ningún reino, heredera de ninguna fortuna, pero sí de un buen gusto... como puedes ver — Sacó de entre su ropa interior un pequeño trofeo: unas braguitas de encaje negro, arrugadas y evidentemente usadas. Las lanzó con un gesto de muñeca al anciano con una sonrisa traviesa —Un regalito de bienvenida, que no se diga que no tengo detalles con los mayores nyah~ Están en su punto, calentitas y bien húmedas, espero que las disfrutes nyah~
Aunque todos pudieran pensar que la prenda interior pertenecía a la humink, la verdad es que la había robado por el camino de la mano de un hombre que estaba metiendo mano a una "señorita".
Acto seguido, alzó la vista hacia Axel y le guiñó un ojo.
—No te pongas celoso, cariño. Tú me tienes a mí toda enterita nyah~— la cabeza hacia Ezrah sin mirarlo, ronroneando con aire distraído —Y tú, Ezrah… vete a dar vueltas como la mosca cojonera que eres, mi marido y yo vamos a necesitar algo más de espacio en el sofá ¿verdad darling? nyah~
No tenía prisa. Estaba en su elemento.
Y si no pasaba nada interesante... siempre podía hacer que ocurriera.
—¿Reglas? Qué emocionante, nyah~ — murmuró mientras Ezrah garabateaba su nombre con sangre y teatralidad, ella rebuscó entre su escote y sacó un pequeño pintalabios rojo, brillante como una amenaza. Con movimientos lentos y cuidadosos, escribió sobre el pergamino, justo debajo del encabezado, con una letra excesivamente adornada su nombre: Velvette. Añadió una pequeña carita guiñando el ojo y sopló suavemente para secar el trazo antes de devolver el pintalabios a su escondite con una sonrisa ladina.
—Listo, ya estamos todos civilizados, ¿no? — dijo, mirando al centinela con descaro.
Tras eso, cruzó la entrada de La Cretina como quien entra a su propio espectáculo. El calor era casi insultante tras el crudo abrazo del invierno. Velvette se dejó caer sobre el filo del respaldar del sofá como si fuese un felino perezoso con un enorme martillo acompañándola en un equilibrio bastante precario. Se encontraba tumbada a lo largo de la estructura de madera tapizada, equilibrándose con elegancia insultante justo detrás de Axel, como si su cuerpo fuera una extensión del mueble. Tenía una pierna colgando hacia un lado, la otra flexionada, y la cabeza apoyada sobre su brazo izquierdo doblado a modo de almohada mientras que con la mano derecha trató de acariciar la cabeza de Axel. Su cola se balanceaba con desdén sobre el hombro del pelirrojo, rozándolo de tanto en tanto.
—Ah… esto casi que es como estar en casa, nyah~ —suspiró con satisfacción teatral, como si no acabaran de leer una lista de normas que parecían redactadas por un poeta ebrio con sed de sangre y sentido del humor. Desde su ángulo torcido, observaba a Ezrah —como se había presentado ante el anciano— con ese aire de orca recién salida del reformatorio que solo convencía a quien no sabía cuánto disfrutaba con las provocaciones. Velvette no lo miraba, pero escuchaba. Porque siempre escuchaba. Especialmente a los que parecían tan cómodos en un lugar donde nadie cuerdo estaría cómodo.
La voz de Ezrah cortó la distancia con ese tono suyo, burlón y amenazante, como una carcajada vestida de advertencia. Velvette sonrió, sin girarse, mientras dejaba colgar la pierna hacia atrás.
—Ezrah, nyah~ —ronroneó —Suena como nombre de profeta bíblico con problemas de ego...
Entonces se deslizó con una ondulación lenta, descendiendo desde el respaldo del sofá como si su columna no tuviera huesos. Se acomodó de lado, apoyando la cabeza en el hombro de Axel sin pedir permiso. Movió la cola una vez más, tratando de golpearle en la cara.
—Yo soy Lady Delito nyah~ — dijo por fin, con voz melosa y ojos brillantes —Dueña de ningún reino, heredera de ninguna fortuna, pero sí de un buen gusto... como puedes ver — Sacó de entre su ropa interior un pequeño trofeo: unas braguitas de encaje negro, arrugadas y evidentemente usadas. Las lanzó con un gesto de muñeca al anciano con una sonrisa traviesa —Un regalito de bienvenida, que no se diga que no tengo detalles con los mayores nyah~ Están en su punto, calentitas y bien húmedas, espero que las disfrutes nyah~
Aunque todos pudieran pensar que la prenda interior pertenecía a la humink, la verdad es que la había robado por el camino de la mano de un hombre que estaba metiendo mano a una "señorita".
Acto seguido, alzó la vista hacia Axel y le guiñó un ojo.
—No te pongas celoso, cariño. Tú me tienes a mí toda enterita nyah~— la cabeza hacia Ezrah sin mirarlo, ronroneando con aire distraído —Y tú, Ezrah… vete a dar vueltas como la mosca cojonera que eres, mi marido y yo vamos a necesitar algo más de espacio en el sofá ¿verdad darling? nyah~
No tenía prisa. Estaba en su elemento.
Y si no pasaba nada interesante... siempre podía hacer que ocurriera.
OFF ROL
