12-06-2025, 12:33 AM
Baño
Los zapatos sobre el piso de madera hablaron: tac tac tac, una apresurada manera de gritar que ya era tiempo de moverse. Y tras la velocidad del sonido, la silueta del enmascarado dejó el baño para dirigirse al descanso. Nadie hizo relevo, nadie quedó observando la inmensidad de los azulejos. El baño estaba desprotegido, a merced de aquellos que disfrutan romper el orden y las reglas.
Incluso la música parecía más intensa, como si al perder a su vigía, el descontrol hubiera sido invitado a entrar sin tocar la puerta.
Un chasquido de encendedor acompañó el último ronquido del ser que habitaba el box lindero al del ciego. Una calada de pulmones hambrientos devoró la mitad de un cigarrillo de un solo tirón. La bestia miró hacia arriba y vomitó una gigantesca nube de humo, con placer, como si en esa bocanada se desprendiera un orgasmo.
-Veo que te encuentras mal... ¿Querés una calada?
Extendió la mano por debajo de la pared que separaba a ambos animales, con un tono de compasión. Era una mano peluda, de tonos carmín, una mano que invitaba al delirio. Aquello no era tabaco normal, era una sustancia con efectos alucinógenos, de esas que te llevan a otro sitio y al mismo tiempo te clavan en el ahora. Donde la percepción y los reflejos se hacen añicos.
La fragancia era intensa, como si un zorrillo estuviera en peligro. Humeante, artesanal, la flor envuelta en celulosa volvió a su dueño de golpe. Como si algo no estuviera bien, como si ya no fuera compartible.
-¿Acaso, pedazo de mierda, hueles a mandarinas?
Un balido potente hizo retumbar las paredes repletas de baldosas, seguido de un golpe seco. No buscaba romper el muro de madera, sino intimidar. Olfateó un par de veces, confirmando el perfume que emitía el ciego. Y, acompañado de su estado alterado, abrió la puerta de un solo golpe, saltando fuera del inodoro como poseído por una ira animal y fugaz.
-¡Sí, hueles a mandarinas, hijo de puta! ¡BEEEE!
Era una bestia gigantesca, un hombre-cabra de pelaje rojo, con un pijama que lo hacía cómico incluso en su furia. Bajo sus brazos, una almohada de plumas que llevaba a todos lados como un tic; tenía la costumbre de dormirse cada vez que cagaba. Su semblante lucía cuernos imponentes que usaba como arma, ese instinto bruto de embestirlo todo.
-Sal de ahí y hablemos. Soy Bestia. Mucho gusto.
La tonalidad era calmada, casi amigable, una invitación serena al ciego ediondo de perfume cítrico. Como si buscara una charla y no un combate. Tal vez un trastorno mental lo hacía oscilar entre el amor y la furia, o tal vez la droga había limpiado su costado más salvaje.
Salón
El viejo olfatea las bragas que le dio la gatita, mientras escucha los nombres con atención, como si se tratara de una misa.
-Ahora entiendo por qué usás tanto perfume. Estas tangas... podrían haber surcado mil barcos con ese olor a playa. ¿Pero sabés qué?
Le da una última calada profunda a la prenda, como queriendo perpetuar la fragancia, y luego la sumerge en su bebida.
-¡Agua de calzón! Ya me traés loco con esa figura, pero con esto... me vas a tener a tus pies.
De un solo trago se fondea el vaso sin usar las manos, mostrando su lado más animal.
-Por cierto, yo soy Ese.
Con la diestra señala un mueble repleto de platos como si su nombre dependiera de aquel objeto.
El mimo, que jugaba a las cartas, se pone de pie tras él. Furioso parecía que el viejo estaba rompiendo alguna regla o algo por el estilo. Procede a contarlos en voz alta como si fueran ovejas.
-Uno... dos... tres.
Y sin previo aviso, abofetea al viejo con un gesto de desprecio, ahuyentándolo hacia la pista de baile. El viejo se aleja, mascando el aire, con más respeto por las reglas y por la corona que por el mimo. Como si hubiera perdido una batalla.
-Disculpen al viejo, está senil. Me presento soy Blanca Nieves. Y ahora que están ustedes aquí.
Los mira con una mueca cínica, y de un brinco se para sobre una mesa. Da un pequeño giro y grita a todo pulmón.
-¡Yo, el Rey, decreto la decimosexta regla! ¡NADIE PUEDE RETARME A DUELO DURANTE ESTA NOCHE! ¡CRUC, CRUC, CRUC!
Carcajea Blanca Nieves, mientras uno de los centinelas, desde un altoparlante, transmite la nueva regla a todo el establecimiento, quedando fijada de inmediato.
De pronto, como si todo lo que dijo “Ese” fuera verdad, los centinelas comenzaron a moverse. Primero, el del baño pasó a la sala de funcionarios. De allí salió alguien exactamente igual, o quizás el mismo, quién sabe, y se dirigió a la sala de fumadores, donde relevó a un ser idéntico a él. Este, a su vez, caminó hacia el salón, donde tras un breve diálogo, se dirigió hacia el grupo de recién llegados.
Los centinelas eran hermanos. Idénticos en rostro y maneras, su voz era una réplica perfecta. No había forma de distinguirlos… a menos que se los preguntase directamente.
Con voz imponente y recta, el que quedó en el salón habló.
-Yo soy Ulfin, el menor. Me llevo 1200 segundos con mi hermano inmediato. Seré el centinela aquí.
Nuevamente ese detalle obsesivo de precisar el tiempo entre ellos, esa necesidad absurda de aclararlo todo.
Alfin, antes de retirarse hacia el baño, señala a Axel con voz firme. El mozo que estaba llegando con las cuatro cartas se detiene un instante ya que algo serio esta por suceder en sus mesas.
-Has caminado cuatro pasos en línea recta. Te invito a retirarte.
Lo escolta hasta la puerta, mientras el grupo lo ve perderse en la noche invernal.
Off

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