13-06-2025, 01:14 PM
Atlas notó cómo el hombre enmascarado se le escurría del brazo con pasos titubeantes, arrastrando las cadenas que aún pendían de sus muñecas rotas. El sonido metálico arañaba la piedra húmeda del suelo, y cada chirrido parecía una forma de recordarles a ambos que aún no había terminado nada. El prisionero avanzó hasta la esquina izquierda de la sala, palpó a ciegas la pared, y cuando su mano dio con un viejo aplique de hierro, tiró de él. Un chasquido de engranajes cascados rodó por el muro antes de que una losa encajada revelara una abertura estrecha. Un soplo de aire rancio y polvo rezumó del hueco, casi tan viejo como el odio que se respiraba en toda la mansión.
Atlas parpadeó, tratando de que sus pupilas caninas se adaptaran al penumbroso corredor. Su instinto gritaba que cada segundo allí abajo contaba, pero el olor reciente de la sangre... y el subidón de adrenalina le mantenían alerta. Se giró y dedicó al encadenado una mirada inquisitiva; necesitaba medir la fiabilidad de aquel extraño que apenas se sostenía en pie.
-Er diablo en la tierra, ¿Dices?. No hay persona mas mortal en este mundo que un Esclavista, meu amigo. ¿Seguimos?
Pudo observar como el hombre asentía; sus hombros temblaban, no parecía ser miedo... seguramente por algún tipo de debilidad que le corroía los huesos. Pero bueno, una vez satisfecho, Atlas se coló tras él en el pasadizo. El espacio era angosto: un túnel de piedra mal labrada que olía a ceniza vieja... y bueno, el hecho de poder oler a una milla de distancia no ayudaba a que el pobre mink aguantara los olores. Una vez siguieron caminando, pudo observar al fondo, colgada entre dos anillas que descendían del techo y se hundían en el suelo, una figura que permanecía suspendida, como si el tormento hubiese decidido convertirla en péndulo de carne y silencios. Tenía el cabello en rastas apelmazadas con polvo, la camisa hecha jirones, el torso encorvado por la tensión de los grilletes. Su espalda parecía un mapa de ríos carmesíes recién trazados.
El Mink tragó saliva. ¿Ese era Sigurd?, Cada costilla marcada bajo la piel macerada hablaba de días y noches sin compasión. Ese muzán realmente era un monstruo... pero.. para Atlas, hasta los monstruos podían caer en una tumba.
¨Mira en el manojo de llaves, tiene que haber una con una con forma de "M" esa es la que abre las cadenas de la sala de torturas¨
Atlas alzó la argolla pesada. Las llaves tintinearon como campanas fúnebres. Recorrió los dientes metálicos uno a uno hasta ver una “M” grabada torpemente. La sostuvo entre el pulgar y el índice; su sudor teñía el acero de un leve brillo salado. -Quiero que sepáis, antes de que abra esta celda, hace tiempo me comí una fruta del diablo, me dio la capacidad de volverme intangible junto a las cosas que mi cuerpo toca... puedo atravesar cualquier objeto o terreno físico. Si necesitáis conseguir armas o cualquier cosa, os la puedo conseguir.-
Un estruendo lejano, cristal y madera rompiéndose, se deslizó desde los pisos superiores. El Mink tensó las orejas. Voces en eco coreaban un solo nombre: «¡Muzán!». Incluso desde aquella cámara olvidada podía oler la hemoglobina, ese tufo férrico que impregnaba la mansión. El combate había llegado al vestíbulo. -Desgraçado… já tá rondando como um abutre- Mas no permitió que el miedo le escalara. Plantó los pies, encajó la llave y giró. El cerrojo crujió, y la cadena que sujetaba el brazo derecho de Sigurd cedió. Repetir la maniobra con la izquierda exigió fuerza bruta: el hierro se resistía, forjado para quebrar voluntades. Atlas lo reventó con un tirón. El peso del hombre torturado se volcó sobre él; lo sostuvo con un antebrazo tan ancho como una viga.
-Senhores, apareceu um muzan no pátio. Precisamos de nos apressar!- Introdujo la llave en el grillete del tobillo, otro giro, otro chasquido de libertad -consegue andar?- Diría el mink mientras tanteaba el suelo y se agachaba a recoger un trozo de cadena recién rota: podía servirle fácilmente para ahocar a alguien de manera improvisada.
Atlas parpadeó, tratando de que sus pupilas caninas se adaptaran al penumbroso corredor. Su instinto gritaba que cada segundo allí abajo contaba, pero el olor reciente de la sangre... y el subidón de adrenalina le mantenían alerta. Se giró y dedicó al encadenado una mirada inquisitiva; necesitaba medir la fiabilidad de aquel extraño que apenas se sostenía en pie.
-Er diablo en la tierra, ¿Dices?. No hay persona mas mortal en este mundo que un Esclavista, meu amigo. ¿Seguimos?
Pudo observar como el hombre asentía; sus hombros temblaban, no parecía ser miedo... seguramente por algún tipo de debilidad que le corroía los huesos. Pero bueno, una vez satisfecho, Atlas se coló tras él en el pasadizo. El espacio era angosto: un túnel de piedra mal labrada que olía a ceniza vieja... y bueno, el hecho de poder oler a una milla de distancia no ayudaba a que el pobre mink aguantara los olores. Una vez siguieron caminando, pudo observar al fondo, colgada entre dos anillas que descendían del techo y se hundían en el suelo, una figura que permanecía suspendida, como si el tormento hubiese decidido convertirla en péndulo de carne y silencios. Tenía el cabello en rastas apelmazadas con polvo, la camisa hecha jirones, el torso encorvado por la tensión de los grilletes. Su espalda parecía un mapa de ríos carmesíes recién trazados.
El Mink tragó saliva. ¿Ese era Sigurd?, Cada costilla marcada bajo la piel macerada hablaba de días y noches sin compasión. Ese muzán realmente era un monstruo... pero.. para Atlas, hasta los monstruos podían caer en una tumba.
¨Mira en el manojo de llaves, tiene que haber una con una con forma de "M" esa es la que abre las cadenas de la sala de torturas¨
Atlas alzó la argolla pesada. Las llaves tintinearon como campanas fúnebres. Recorrió los dientes metálicos uno a uno hasta ver una “M” grabada torpemente. La sostuvo entre el pulgar y el índice; su sudor teñía el acero de un leve brillo salado. -Quiero que sepáis, antes de que abra esta celda, hace tiempo me comí una fruta del diablo, me dio la capacidad de volverme intangible junto a las cosas que mi cuerpo toca... puedo atravesar cualquier objeto o terreno físico. Si necesitáis conseguir armas o cualquier cosa, os la puedo conseguir.-
Un estruendo lejano, cristal y madera rompiéndose, se deslizó desde los pisos superiores. El Mink tensó las orejas. Voces en eco coreaban un solo nombre: «¡Muzán!». Incluso desde aquella cámara olvidada podía oler la hemoglobina, ese tufo férrico que impregnaba la mansión. El combate había llegado al vestíbulo. -Desgraçado… já tá rondando como um abutre- Mas no permitió que el miedo le escalara. Plantó los pies, encajó la llave y giró. El cerrojo crujió, y la cadena que sujetaba el brazo derecho de Sigurd cedió. Repetir la maniobra con la izquierda exigió fuerza bruta: el hierro se resistía, forjado para quebrar voluntades. Atlas lo reventó con un tirón. El peso del hombre torturado se volcó sobre él; lo sostuvo con un antebrazo tan ancho como una viga.
-Senhores, apareceu um muzan no pátio. Precisamos de nos apressar!- Introdujo la llave en el grillete del tobillo, otro giro, otro chasquido de libertad -consegue andar?- Diría el mink mientras tanteaba el suelo y se agachaba a recoger un trozo de cadena recién rota: podía servirle fácilmente para ahocar a alguien de manera improvisada.
casinha de cachoro
