Los ataques, tanto físicos como psicológicos, habían tenido en Caelum el efecto esperado por Dino. El aire viciado del sótano parecía espesarse con cada respiración entrecortada del joven marine, mientras el olor acre del humo de las explosiones se mezclaba con el aroma húmedo y mohoso de siglos de confinamiento. El joven soldado empezaba a darse por muerto, sus movimientos desesperados haciendo crujir las losas de piedra bajo sus pies.
Era tal su desesperación que, al moverse hacia la puerta de entrada al sótano, sus manos temblorosas no pudieron abrirla a pesar de no tener cerrojo. La confusión le nublaba el juicio, pues había sido la puerta del final del pasillo la que Dino había trincado con la llave que aún guardaba junto a sí, no esta que permanecía abierta. El marco de madera carcomida parecía burlarse de él mientras sus dedos resbalaban por la superficie húmeda, ofreciéndole solo acceso a un pasillo estrecho que se extendía como una garganta de piedra, dejando a Iwatani por detrás como cebo.
Los gritos de auxilio fueron tragados por la distancia entre el sótano y el patio de entrenamiento, sus ecos rebotando contra las paredes de piedra con la misma futilidad que las gotas de lluvia golpeando cristal. El espesor milenario de los muros devolvía el sonido una y otra vez, los gritos desesperados de Caelum y la risa excéntrica de Dino cual espejos acústicos que multiplicaban la desesperación hasta el infinito, creando una sinfonía macabra que solo ellos tres podían escuchar.
Por suerte para los jóvenes soldados, el polvo que se había levantado tras la activación de las trampas comenzaba a desperdigarse como fantasmas de arena, filtrándose por los poros microscópicos de las paredes y el techo abovedado del sótano. Pequeñas partículas doradas danzaban en los rayos de luz de la lámpara de aceite, que proyectaba sombras alargadas y danzantes sobre las losas irregulares del suelo. La visibilidad mejoraba gradualmente en la habitación donde se encontraban "encerrados" con el culpable y ladrón de los 750,000 berries, revelando cada grieta en las paredes, cada mancha de humedad, cada argolla de hierro oxidado que había sido testigo silencioso de incontables sufrimientos.
Fue entonces, para sorpresa de todos, que el soldado Iwatani se convirtió en el único que mantuvo la compostura ante aquella situación. El eco de sus movimientos resonó contra las bóvedas de piedra mientras se ajustaba el escudo a su brazo izquierdo, el metal raspando contra las correas de cuero con un susurro metálico que cortó el aire cargado. Se levantó con una firmeza que hizo crujir sus rodillas, posicionándose entre Caelum y Dino como una torre humana. Su sombra, proyectada por la luz parpadeante de la lámpara, se alargó dramáticamente sobre el suelo de losas, mientras alzaba la voz para que el primero pudiera escuchar las palabras que nadie de los presentes esperaba que salieran de su boca.
"¡Descuida, Caelum, yo seré tu escudo!" Su voz reverberó contra las paredes de piedra, adquiriendo una resonancia casi heroica en la acústica del sótano. Miraba fieramente al responsable de aquel latigazo que aún sentía arder como hierro candente en su pantorrilla, el dolor pulsando al ritmo de su corazón acelerado. "¡Entre los dos detendremos a este traidor!"
La atmósfera del sótano pareció cambiar con esas palabras. El aire, antes cargado solo de desesperación, ahora vibraba con una corriente eléctrica de determinación. Sin embargo, y no a pesar de aquella muestra de valor que irradiaba Iwatani como calor de una forja, aquel soldado estaba especializado en dar soporte táctico y primeros auxilios, su escudo brillaba con el desgaste del entrenamiento defensivo, no ofensivo. El destino pesaba sobre los hombros de Caelum: utilizarlo como escudo, por no decir carnada, para encontrar las aperturas necesarias entre los ataques de Dino, como un cazador esperando el momento perfecto entre las sombras.
¡Inazuma sunappu! (CRACK)
Un sonoro latigazo cortó el aire como un trueno encerrado, rompiendo aquel instante de valentía con la violencia de una tormenta súbita. El sonido rebotó contra las paredes con ecos múltiples, creando la ilusión de que múltiples látigos atacaban desde todas las direcciones.
Dino había redoblado sus esfuerzos, sus ojos azules brillando con una locura fría bajo la luz dorada de la lámpara. La sombra de su figura aristocrática se proyectaba gigantesca contra la pared posterior, como un demonio surgido de las profundidades de la tierra. El latigazo cortaba el aire con la precisión de una serpiente entrenada, dirigido hacia Caelum, a quien podía ver casi en línea recta al estar cerca del costado izquierdo de Iwatani, dos metros por detrás en diagonal, luego de alejarse de un salto de aquella puerta que no había logrado abrir. Las partículas de polvo aún suspendidas en el aire fueron barridas por el movimiento del látigo, creando una estela visible de su trayectoria mortal.
Sin embargo, el ataque no llegó a su objetivo. El escudo de Iwatani se interpuso en el último momento, el metal resonando con un ¡CLANG! que hizo vibrar las argollas de hierro en las paredes. Había extendido su brazo izquierdo contra el látigo con la misma velocidad que este se acercaba peligrosamente al joven de la bufanda amarilla, las chispas del impacto iluminando brevemente sus rostros determinados.
¡Inazuma sunappu II! (CRACK)
Al instante, un segundo chasquido desgarró el aire como seda siendo rasgada, acompañado del silbido cruel del cuero cortando el espacio húmedo del sótano.
Este segundo latigazo llegó con una violencia redoblada, cortando el aire con la ferocidad de una bestia enfurecida. Iwatani había intentado moverse nuevamente un metro a su izquierda, sus botas resbalando sobre las losas húmedas, para seguir protegiendo a Caelum. Pero el cuero trenzado del látigo encontró su objetivo: se estrelló contra el costado derecho de Iwatani con un impacto que resonó como un martillo golpeando carne. El soldado gritó de dolor mientras el golpe lo hizo tambalearse, una línea roja apareciendo inmediatamente a través de su uniforme desgarrado, desde el hombro hasta las costillas.
"Basura asquerosa," escupió Dino, su voz goteando veneno mientras apretaba su agarre. El látigo se tensó aún más, creando surcos profundos en el cuero de las protecciones del brazo de Iwatani. "¿Te atreves a detener uno de mis ataques?"
La lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes que hacían parecer que las paredes mismas se movían, mientras Dino preparaba su siguiente ataque. El aire del sótano se espesaba con la tensión, cargado del olor metálico del miedo, el aroma acre del humo residual, y algo más primitivo, el olor de la violencia a punto de desatarse en toda su furia.
Era tal su desesperación que, al moverse hacia la puerta de entrada al sótano, sus manos temblorosas no pudieron abrirla a pesar de no tener cerrojo. La confusión le nublaba el juicio, pues había sido la puerta del final del pasillo la que Dino había trincado con la llave que aún guardaba junto a sí, no esta que permanecía abierta. El marco de madera carcomida parecía burlarse de él mientras sus dedos resbalaban por la superficie húmeda, ofreciéndole solo acceso a un pasillo estrecho que se extendía como una garganta de piedra, dejando a Iwatani por detrás como cebo.
Los gritos de auxilio fueron tragados por la distancia entre el sótano y el patio de entrenamiento, sus ecos rebotando contra las paredes de piedra con la misma futilidad que las gotas de lluvia golpeando cristal. El espesor milenario de los muros devolvía el sonido una y otra vez, los gritos desesperados de Caelum y la risa excéntrica de Dino cual espejos acústicos que multiplicaban la desesperación hasta el infinito, creando una sinfonía macabra que solo ellos tres podían escuchar.
Por suerte para los jóvenes soldados, el polvo que se había levantado tras la activación de las trampas comenzaba a desperdigarse como fantasmas de arena, filtrándose por los poros microscópicos de las paredes y el techo abovedado del sótano. Pequeñas partículas doradas danzaban en los rayos de luz de la lámpara de aceite, que proyectaba sombras alargadas y danzantes sobre las losas irregulares del suelo. La visibilidad mejoraba gradualmente en la habitación donde se encontraban "encerrados" con el culpable y ladrón de los 750,000 berries, revelando cada grieta en las paredes, cada mancha de humedad, cada argolla de hierro oxidado que había sido testigo silencioso de incontables sufrimientos.
Fue entonces, para sorpresa de todos, que el soldado Iwatani se convirtió en el único que mantuvo la compostura ante aquella situación. El eco de sus movimientos resonó contra las bóvedas de piedra mientras se ajustaba el escudo a su brazo izquierdo, el metal raspando contra las correas de cuero con un susurro metálico que cortó el aire cargado. Se levantó con una firmeza que hizo crujir sus rodillas, posicionándose entre Caelum y Dino como una torre humana. Su sombra, proyectada por la luz parpadeante de la lámpara, se alargó dramáticamente sobre el suelo de losas, mientras alzaba la voz para que el primero pudiera escuchar las palabras que nadie de los presentes esperaba que salieran de su boca.
"¡Descuida, Caelum, yo seré tu escudo!" Su voz reverberó contra las paredes de piedra, adquiriendo una resonancia casi heroica en la acústica del sótano. Miraba fieramente al responsable de aquel latigazo que aún sentía arder como hierro candente en su pantorrilla, el dolor pulsando al ritmo de su corazón acelerado. "¡Entre los dos detendremos a este traidor!"
La atmósfera del sótano pareció cambiar con esas palabras. El aire, antes cargado solo de desesperación, ahora vibraba con una corriente eléctrica de determinación. Sin embargo, y no a pesar de aquella muestra de valor que irradiaba Iwatani como calor de una forja, aquel soldado estaba especializado en dar soporte táctico y primeros auxilios, su escudo brillaba con el desgaste del entrenamiento defensivo, no ofensivo. El destino pesaba sobre los hombros de Caelum: utilizarlo como escudo, por no decir carnada, para encontrar las aperturas necesarias entre los ataques de Dino, como un cazador esperando el momento perfecto entre las sombras.
¡Inazuma sunappu! (CRACK)
Un sonoro latigazo cortó el aire como un trueno encerrado, rompiendo aquel instante de valentía con la violencia de una tormenta súbita. El sonido rebotó contra las paredes con ecos múltiples, creando la ilusión de que múltiples látigos atacaban desde todas las direcciones.
Dino había redoblado sus esfuerzos, sus ojos azules brillando con una locura fría bajo la luz dorada de la lámpara. La sombra de su figura aristocrática se proyectaba gigantesca contra la pared posterior, como un demonio surgido de las profundidades de la tierra. El latigazo cortaba el aire con la precisión de una serpiente entrenada, dirigido hacia Caelum, a quien podía ver casi en línea recta al estar cerca del costado izquierdo de Iwatani, dos metros por detrás en diagonal, luego de alejarse de un salto de aquella puerta que no había logrado abrir. Las partículas de polvo aún suspendidas en el aire fueron barridas por el movimiento del látigo, creando una estela visible de su trayectoria mortal.
Sin embargo, el ataque no llegó a su objetivo. El escudo de Iwatani se interpuso en el último momento, el metal resonando con un ¡CLANG! que hizo vibrar las argollas de hierro en las paredes. Había extendido su brazo izquierdo contra el látigo con la misma velocidad que este se acercaba peligrosamente al joven de la bufanda amarilla, las chispas del impacto iluminando brevemente sus rostros determinados.
¡Inazuma sunappu II! (CRACK)
Al instante, un segundo chasquido desgarró el aire como seda siendo rasgada, acompañado del silbido cruel del cuero cortando el espacio húmedo del sótano.
Este segundo latigazo llegó con una violencia redoblada, cortando el aire con la ferocidad de una bestia enfurecida. Iwatani había intentado moverse nuevamente un metro a su izquierda, sus botas resbalando sobre las losas húmedas, para seguir protegiendo a Caelum. Pero el cuero trenzado del látigo encontró su objetivo: se estrelló contra el costado derecho de Iwatani con un impacto que resonó como un martillo golpeando carne. El soldado gritó de dolor mientras el golpe lo hizo tambalearse, una línea roja apareciendo inmediatamente a través de su uniforme desgarrado, desde el hombro hasta las costillas.
"Basura asquerosa," escupió Dino, su voz goteando veneno mientras apretaba su agarre. El látigo se tensó aún más, creando surcos profundos en el cuero de las protecciones del brazo de Iwatani. "¿Te atreves a detener uno de mis ataques?"
La lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes que hacían parecer que las paredes mismas se movían, mientras Dino preparaba su siguiente ataque. El aire del sótano se espesaba con la tensión, cargado del olor metálico del miedo, el aroma acre del humo residual, y algo más primitivo, el olor de la violencia a punto de desatarse en toda su furia.
Off
Datos de la Aventura
Belico
Naofumi Iwatani
Dino Cavallone

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