[Pasado, T1] Lillian, el fantasma de la revolución.
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La fecha está borrosa.

Capítulo I. Llegada a Syrup.

Habían pasado varios días desde que Enma se había encerrado en el barril de un barco de mercaderes que salía del pueblo Gosa. Quizá un par de semanas, incluso. Había perdido la noción del tiempo y la conciencia por momentos. El hambre, la sed, el frío, el calor... todas esas sensaciones causaron un gran dolor físico y psicológico en Enma. Un dolor que permanecía de forma constante, como si alguien le estuviese clavando una gruesa aguja en el pecho y, poco a poco, fuera profundizando más con ella. Su cuerpo temblaba; estaba completamente quebrado. Él... sólo tenía trece (13) años. Y su vida ya era un infierno desde que había cumplido siete (7). ¿Quizá las cosas puedan cambiar?

Cuando caía la noche, Enma aprovechaba para salir y buscar algo de comer. Lo bueno de navegar bajo el cielo nocturno es que la visión se reduce de cien a cero en cuestión de segundos. Además, también te permite ser más sigiloso, ya que los choques y embestidas del mar son bastante sonoras. Así es como Enma fue sobreviviendo poco a poco, con algunos restos que podía encontrar, ya que la comida principal se encontraba en las habitaciones en donde dormían los mercantes. Un trozo de pan, los restos de un zanco de pollo, algunas espinas... Había varias cosas y Enma aprovechaba todo lo que podía y lo iba introduciendo en el barril. Así tendría recursos para varios días, por lo menos.

¿Sirope? ¿Se referirán a Syrup? Quizá su oído le ha jugado una mala pasada por el hambre, pero todo parece apuntar a que el próximo destino será la Isla Syrup y que, además, están aproximándose. Enma no tenía muchos conocimientos sobre esa isla, pero sí que sabía que tenía un gran embarcadero, por lo que, por lo menos, tendría varias vías de escape aunque se despistara y se le escapara este barco. A decir verdad, estaba comenzando a preocuparse. Tenía trece (13) años y estaba completamente solo, sin recursos, sin hogar, sin un lugar al que poder volver. Enma no tenía a nadie más que a él mismo y a su odio hacia el gobierno mundial y todo lo que ello representa. Además de eso... nada. Nada de nada.

Era de día. Podía saberlo porque los barriles tenían varias grietas y algunas de ellas dejaban pasar la luz del sol, como también permitían el paso del agua cuando llovía. Hubo días en los que se levantaba completamente empapado... Pero volvamos al presente. – ¡Syrup, Syrup! – Gritaba uno de los mercantes. Ya habían llegado a la isla. El “pom” dejó saber a Enma que habían bajado la escalera hacia el muelle y el “fffffff” que ya habían empezado a rodar los barriles. Era su momento. Levantó la tapa del barril en el que estaba y saltó al mar. No sabe si alguien lo vio o lo escuchó, pero ya sería tarde porque Enma estaba acercándose a la orilla del puerto. Y no había mirado atrás.

Syrup no era una isla particularmente grande. Sí que tenía un puerto enorme, en el que domían muchas y grandes embarcaciones, pero las calles que componían el pueblo eran pequeñas y había cuatro casas contadas, además de un chalet inmenso. ¿Vivía alguien con mucho poder en esa ciudad?

A primeras horas de la mañana, que es cuando habían llegado, Enma aprovechó la aglomeración de personas que intercambiaban mercancías en una zona próxima al puerto para cometer algún que otro hurto. Una camiseta, unos pantalones... y algunas frutas que pudiera comer. Y echó a correr. Corrió y corrió sin mirar atrás, dejando a sus espaldas aquellos gritos de “¡Detengan a ese niño!”. Ese niño era imparable y tenía muchos sueños que cumplir.

Enma se adentró al bosque, buscando un hogar temporal en el que se pudiera refugiar y... descansar.

Capítulo II. El niño y el fantasma.

Habían pasado varias semanas y Enma se había defendido perfectamente. Tenía algunos golpes y heridas de los encontronazos que había tenido con los animales de la zona, pero su vida no corría peligro y estaba comiendo bastante bien, dentro de sus posibilidades. Había aprendido a encender una hoguera, a cazar animales pequeños y despellejarlos, a coger alguna que otra hierba para condimentar la comida... No era un cocinero; claro que no. Cocinaba para sobrevivir, y esa es la comida que mejor sabe.

Durante este tiempo había tenido varios encuentros con un señor de mayor edad, que parecía bastante más ágil de lo que era Enma. Al principio se asustaba constantemente cuando lo veía, pero poco a poco Enma fue tranquilizándose e incluso llegó a saludarlo en alguna que otra ocasión. Hasta que el señor decidió dar el paso e invitarlo a comer.

Su nombre era Lillian y vivía en las montañas de la Isla Syrup desde hacía diez años. Le encantaba salir a comprar, a cazar, cocinar... mantener una vida sana y ocupada. Le había contado a Enma que tenía que descansar por todos los años que había trabajado, pero nunca llegó a especificar a qué se había dedicado a lo largo de su vida. Enma pensó y le preguntó de todo: – ¿Pescador? ¿Vendedor de muebles? ¿Mercader? ¿Ganadero? – Continuaba preguntando. – ¡¿No habrá sido usted marine?! – Enma elevó la voz y su rostro cambió por completo. Lillian soltó una carcajada que se podía escuchar en toda la casa e incluso seguramente en el exterior. – ¡Pero niño, cómo voy a ser un marine! ¡Estás hablando con Lillian, el fantasma de la revolución! – En ese momento, Enma notó algo que jamás había sentido. Podría ser alegría, felicidad. Era un sentimiento que le llenaba de forma pletórica y que lo recorría de arriba-abajo. Enma había encontrado la personificación del sueño que había estado persiguiendo desde que su vida fue completamente destruída a los siete (7) años de edad.

Como se había quedado mudo, Lillian le preguntó si le pasaba algo, por miedo a que pudiera pensar que era una especie de enemigo que le iba a hacer daño. Pero Enma, de forma muy tranquila, como habitúa ser, respondió que no. Que todo estaba bien y que... – Simplemente estoy... abrumado. Mi sueño es... ser un revolucionario... ayudar a las personas... que no pueden hacer nada ante el poder... ¿Podría... entrenarme? – Estas palabras rompieron por dentro a Lillian, que apenas acababa de conocer a Enma. Pero no hacía falta ser un erudito para saber qué es lo que estaba pasando.

Lillian había leído la situación a la perfección. – Un niño de trece (13) años había llegado escondido en unos barriles de un barco mercante, escapando de su hogar, en el que seguramente hayan abusado en varias ocasiones de él, debido a los moratones y heridas de su cuerpo, y encontrándose completamente solo en el mundo. Incluso me atrevería a decir que o su padre o su madre pertenecía a la marina, por su afán en convertirse en revolucionario y proteger a las personas del... poder... – Pensaba para sí mismo. Y esa lectura, de alguna manera, motivó a Lillian a entrengar a Enma. No sólo físicamente, sino también psicológica y emocionalmente. Quería que creciera sano, que pudiese experimentar todas aquellas emociones y sensaciones que le fueron robadas en su infancia.

–       Entonces... ¿Cuándo comenzamos el entrenamiento? – Le preguntó mientras posaba su mano sobre su cabeza. Enma no articuló palabra. Simplemente sonrió. Y esa fue una de las primeras veces en mucho tiempo.

Enma había encontrado un hogar.

Capítulo III. ¿Encendemos la llama de la revolución?

Desde su encuentro, cada mañana se volvió un gran reto para Enma. Algunos días tenía que bajar al pueblo cargando una roca de 50 kgs, otros días tenía que escalar hasta lo alto de los árboles usando una sola mano, otros días nadaba durante cinco horas seguidas sin descanso... Lillian buscaba que desarrollara una resistencia inigualable pero, por supuesto, siempre atendía y respondía a sus necesidades. Si Enma se encontraba mal, se paraba el entrenamiento y se volvía a empezar. Pero él nunca paraba. Una vez a la semana, incluso intercambiaban puñetazos. Pero Lillian se lo ponía demasiado fácil por momentos y, por otros... era como cubrir el sol con un dedo.
Así que cada día, un reto. Eso es lo que le esperó a Enma durante más de cinco años. Hasta que, de un día para otro, la llama de Lillian se apagó y se difuminó en lo alto de las montañas de Syrup. Lillian había muerto. Lejos de haberse derrumbado, Enma abrazó este duelo con afecto, cariño y con recuerdos. Este episodio no lo hizo más débil, tampoco oscureció su personalidad, sino que... le permitió entender el valor de la vida. Y eso le motivó todavía más a continuar trabajando en pro una sociedad más justa para todas las personas.

La llama de la revolución se había encendido... y no se iba a apagar nunca.

– Enma, si algún día me pasase algo, quiero que sigas luchando. Quiero que sigas con la promesa que una vez le hice a Inumaki. Quiero que continúes el legado del fantasma de la revolución. Quiero que seas el pájaro que vuele libre por los cielos y que todo el mundo mire y admire. Que todo el mundo anhele tu libertad. Y que tú le puedas otorgar esa libertad a todo el mundo. Vive por mí. – Lillian.
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[Pasado, T1] Lillian, el fantasma de la revolución. - por Enma - 18-09-2023, 09:03 PM

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