23-07-2025, 11:47 PM
(Última modificación: 24-07-2025, 12:08 AM por Fuguwu.
Razón: Agregar gastos de Muzan.
)
Las garras de Berry encontraron su objetivo con precisión, cosa que casi resulto ser letal para Aki. El último golpe al cuello de Aki fue definitivo, la presión constante de los muslos de la mink, combinada con los ataques repetidos finalmente vencieron la resistencia de la peliblanca. Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se desplomó, inconsciente, bajo el peso implacable de la mink zorro.
Segundos después, Kelo voló hacia el árbol donde Kurimuzon permanecía clavada. Sus llamas ardían con determinación mientras se acercaba a recuperar su arma. Pero justo cuando sus pies tocaron el suelo...
La explosión fue ensordecedora. El suelo bajo Kelo detonó en una erupción de tierra, roca y fuego. La onda expansiva destrozó el árbol, convirtiendo la madera centenaria en astillas que volaron como proyectiles mortales. Kelo fue lanzado por los aires, su cuerpo golpeado por los escombros antes de estrellarse contra el suelo a varios metros de distancia. Cuando el humo se desvaneció, donde antes se alzaba el árbol majestuoso solo quedaba un cráter humeante. Kurimuzon había salido disparada de las manos de Kelo y cayo a los pies de Muzan. Kelo yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo quemado y gravemente herido por la explosión. Sus llamas se extinguieron por completo mientras caía en la inconsciencia.
Muzán se irguió lentamente, limpiándose el polvo de su traje blanco con gesto casi delicado. Una sonrisa cruel se extendió por su rostro mientras recogía a Kurimuzon. No fue una sonrisa humana. Fue el gesto de un depredador que reconoce el momento exacto en que su presa comprende que no hay escape.
“Redsmoke Kelo... treinta millones de berries.” – su voz cortó el silencio como la hoja afilada de Kurimuzon cortaba la carne de sus enemigos en manos de su usuario – “Tu francotirador de apoyo será bueno, pero no lo suficiente.”
Atlas, quien acababa de llegar de dentro de la mansión, sintió cómo se le helaba la sangre, la explosión devastadora les había hecho retroceder instintivamente, su rostro reflejando el horror de ver caer a quien consideraba su amigo.
“¡KELO!” – grito, su voz puro dolor, mientras que las lágrimas empezaban a brotar de su rostro.
Algo hizo clic en Atlas en ese momento. Sus instintos de supervivencia, afinados por años de esclavitud y combate, le gritaban una verdad amarga: este no era un enemigo que pudiera vencer solo. No así. No ahora. Sus ojos encontraron los de Berry por un instante, y en esa mirada fugaz se comunicó todo lo que las palabras no podían expresar. Sin una palabra, el mink canino se desvaneció bajo la tierra. Su presencia desapareció tan súbitamente como llegó, dejando solo el eco de su promesa cumplida: los esclavos estaban libres.
Los ojos de Muzan se posaron en Berry con la misma frialdad calculadora que un carnicero examina la carne que llego del matadero como cualquier mañana del día.
“Y ahora, pequeña zorra eléctrica” – comenzó, avanzando hacia ella con arrogancia, girando la espada del pirata inconsciente en su mano derecha con un giro circular de su muñeca, reduciendo la distancia que los separaba quedando a solo 5 metros de la mink zorro – “Solo quedamos tú y yo”.
Pero entonces, un rugido se alzó desde las profundidades de la mansión.
No era humano. Era el clamor primitivo de un centenar de almas que conocían demasiado bien el sabor de las cadenas. Los treinta Lunaria que Berry envió regresaban, pero no venían solos. Detrás de ellos, los cincuenta supervivientes de la masacre del sótano emergieron como fantasmas vengativos. En sus manos portaban herramientas de jardín convertidas en armas, trozos de cadenas rotas, barras de hierro arrancadas de las celdas.
Sus ojos brillaban con algo más poderoso que la rabia: la determinación de quienes no tienen nada más que perder.
“¡MEGAMI KITSUNE!” – gritaron al unísono, y sus voces combinadas hicieron temblar los cimientos de la mansión.
Berry se encontró apoyada por ochenta almas liberadas que la miraban como si fuera la encarnación de sus sueños más desesperados, mismas que no dudaron en atacar a Muzan al instante.
El viento nocturno agitó el pelaje negro azabache de Berry, y por un momento, bajo la luz fantasmal de los focos, realmente parecía una diosa.
Muzán detuvo su avance y se vio obligado a dar la espalda a Berry para defenderse de sus nuevos agresores. Por primera vez en la noche, su expresión mostró algo parecido a la sorpresa.
El tablero acababa de cambiar completamente.
Segundos después, Kelo voló hacia el árbol donde Kurimuzon permanecía clavada. Sus llamas ardían con determinación mientras se acercaba a recuperar su arma. Pero justo cuando sus pies tocaron el suelo...
¡¡BUM!!
La explosión fue ensordecedora. El suelo bajo Kelo detonó en una erupción de tierra, roca y fuego. La onda expansiva destrozó el árbol, convirtiendo la madera centenaria en astillas que volaron como proyectiles mortales. Kelo fue lanzado por los aires, su cuerpo golpeado por los escombros antes de estrellarse contra el suelo a varios metros de distancia. Cuando el humo se desvaneció, donde antes se alzaba el árbol majestuoso solo quedaba un cráter humeante. Kurimuzon había salido disparada de las manos de Kelo y cayo a los pies de Muzan. Kelo yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo quemado y gravemente herido por la explosión. Sus llamas se extinguieron por completo mientras caía en la inconsciencia.
Muzán se irguió lentamente, limpiándose el polvo de su traje blanco con gesto casi delicado. Una sonrisa cruel se extendió por su rostro mientras recogía a Kurimuzon. No fue una sonrisa humana. Fue el gesto de un depredador que reconoce el momento exacto en que su presa comprende que no hay escape.
“Redsmoke Kelo... treinta millones de berries.” – su voz cortó el silencio como la hoja afilada de Kurimuzon cortaba la carne de sus enemigos en manos de su usuario – “Tu francotirador de apoyo será bueno, pero no lo suficiente.”
Atlas, quien acababa de llegar de dentro de la mansión, sintió cómo se le helaba la sangre, la explosión devastadora les había hecho retroceder instintivamente, su rostro reflejando el horror de ver caer a quien consideraba su amigo.
“¡KELO!” – grito, su voz puro dolor, mientras que las lágrimas empezaban a brotar de su rostro.
Algo hizo clic en Atlas en ese momento. Sus instintos de supervivencia, afinados por años de esclavitud y combate, le gritaban una verdad amarga: este no era un enemigo que pudiera vencer solo. No así. No ahora. Sus ojos encontraron los de Berry por un instante, y en esa mirada fugaz se comunicó todo lo que las palabras no podían expresar. Sin una palabra, el mink canino se desvaneció bajo la tierra. Su presencia desapareció tan súbitamente como llegó, dejando solo el eco de su promesa cumplida: los esclavos estaban libres.
Los ojos de Muzan se posaron en Berry con la misma frialdad calculadora que un carnicero examina la carne que llego del matadero como cualquier mañana del día.
“Y ahora, pequeña zorra eléctrica” – comenzó, avanzando hacia ella con arrogancia, girando la espada del pirata inconsciente en su mano derecha con un giro circular de su muñeca, reduciendo la distancia que los separaba quedando a solo 5 metros de la mink zorro – “Solo quedamos tú y yo”.
Pero entonces, un rugido se alzó desde las profundidades de la mansión.
No era humano. Era el clamor primitivo de un centenar de almas que conocían demasiado bien el sabor de las cadenas. Los treinta Lunaria que Berry envió regresaban, pero no venían solos. Detrás de ellos, los cincuenta supervivientes de la masacre del sótano emergieron como fantasmas vengativos. En sus manos portaban herramientas de jardín convertidas en armas, trozos de cadenas rotas, barras de hierro arrancadas de las celdas.
Sus ojos brillaban con algo más poderoso que la rabia: la determinación de quienes no tienen nada más que perder.
“¡MEGAMI KITSUNE!” – gritaron al unísono, y sus voces combinadas hicieron temblar los cimientos de la mansión.
Berry se encontró apoyada por ochenta almas liberadas que la miraban como si fuera la encarnación de sus sueños más desesperados, mismas que no dudaron en atacar a Muzan al instante.
El viento nocturno agitó el pelaje negro azabache de Berry, y por un momento, bajo la luz fantasmal de los focos, realmente parecía una diosa.
Muzán detuvo su avance y se vio obligado a dar la espalda a Berry para defenderse de sus nuevos agresores. Por primera vez en la noche, su expresión mostró algo parecido a la sorpresa.
El tablero acababa de cambiar completamente.
Resumen
Aclaracion
Belico
Gastos de Muzan
OFF

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