27-07-2025, 06:02 AM
Por norma general, los piratas y los cazarrecompensas son enemigos naturales. Los primeros son la envidia de los mares. Fama, dinero, vicios, combates, libertad... Todo lo que se pueda desear y esté a tu alcance, lo tomas y lo tienes. Los segundos son más amargados. Carroñeros que viven de dar caza a aquellos que han conseguido algo en la vida y tienen un precio por su cabeza. Hienas al acecho, esperando comer algo si se da la oportunidad. Intrépidos contra oportunistas. Antítesis el uno del otro. Pero hoy... Hoy esa delgada linea de la enemistad queda difuminada.
Como si fuéramos todos hermanos de armas, nos alzamos campeones en la contienda. No hay alma con vida que pelee en contra de los Soles Púrpura, los hombres de Magnus. La plaza al completo ha sido conquistada, cubierta de fango, sangre y cuerpos de aquellos que creían que se librarían de la muerte. Soñadores que en el campo del honor ya no volverán a ver el Sol.
Es momento de celebrar, es momento de apartar nuestras diferencias y disfrutar de seguir vivos un día más. De tomar buenas cervezas en "El Barril del Diablo" y resolver los temas económicos pendientes. Pero las consecuencias de la masacre llegan más pronto de lo que deberían. Desde los caminos y más allá de la destrucción, comienzan a aparecer más y más hombres. Todos abanderados tras tres estandartes distintos, decenas de guerreros armados y preparados para entrar en acción. Y frente a todos un hombrecillo escuálido, de pelos largos y con pintas de no levantar ni 1000 kilos en press de banca. Lleva en la cadera una espada larga y delgada que con suerte la podría usar de mondadientes.
Valiente pero insensato, habla con Magnus exigiendo que me entregue. Amenazando con matarnos a todos si nos negábamos a ello. Yo solo me dedico a sonreír y agarrar con fuerza a Yggdrasil, preparado para atacar en cualquier momento. Pero Magnus, más cabal que yo, da un paso al frente y empieza a negociar con él. Yo lo observo atento. Se le ve sumamente tranquilo, sabe lo que hace. No solo parece que tenga la sartén por el mango, sino que, por alguna extraña razón, me da la sensación de que sabía que esto iba a suceder. Detesto al tipo de personas que utiliza tretas y artimañas para salir adelante, pero he de reconocer que Magnus lo hace de maravilla. Es hasta hipnótico escucharle hablar. El líder de los Soles Púrpura se niega a entregarme. Propone una gran unificación de gremios o enfrentarse a las consecuencias. Una jugada arriesgada, pues en caso de aceptar, se convertiría en líder absoluto, pero si le sale mal, empezaría una batalla que le costaría la vida.
Yo... Yo podría callarme, sí. Podría dejar que las cosas tomaran un rumbo pacífico y político. Por poder... Podría. Pero ese no es el estilo de Sigurd Haakon. Nadie puede controlar al Jotun de los mares del norte.
Me ajusto el sombrero con delicadeza, dejando que se acople bien a mí frente. Luego, con un gesto de muñeca rápido y seco, alzo mi enorme hacha de guerra con ma derecha y la apoyo en mi hombro. Entonces, sonriente y altanero, con el torso desnudo lleno de sangre y sudor, camino lentamente hacia ambos líderes de gremios. No creo que nadie esté contento con mi intervención. Ni el jefe rival por encararme ni Magnus por entrometerme y romper toda esperanza de un plan pacífico. Pero nadie decide por mi. Solo yo soy dueño de mi destino y se va a hacer lo que yo diga, no lo que la política y estrategia mande.
Me planto frente aquel que se hace llamar Alex. Me acerco todo lo que puedo, tanto que si quiere mirarme a los ojos, ha de levantar su cuello al máximo. Quiero que sea consciente de con quién está tratando. Lo miro desde arriba, imponente, desafiante, deseando que cometa el error de la lanzar el primer ataque y me dé la excusa para matarlo. Pero no. Por mucho que lo desee, no es el momento de seguir luchando. Probablemente sea capaz de matarlos a todos, pero no de proteger a Magnus y a sus hombres. Así que toca bajar un poco la cabeza.
-¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río poderoso, haciendo que mis carcajadas suenen por toda la plaza, amedrentando a los mercenarios. -Negocias muy bien Magnus, pero deja que me presente a este público tan peculiar...- empiezo con un tono burlón. Descargo el hacha del hombro y la dejo caer al lado de Alex. Solo las hojas del arma son más grandes que él, y el arma se clava en el suelo, a centímetros del mismo. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Haakon. Soy un pirata, y al contrario que tú, yo peleo solo. No hay mercenarios ni guardaespaldas que den la cara por mi. Solo yo y mi hacha juramentada Yggdrasil.- el mensaje resuena imponente con el eco del lugar. Es imperturbable, imponente. Nadie se atreve a interrumpir, porque quien lo haga, formará parte del mosaico de cadáveres de la plaza. - Así que podemos seguir matándonos en esta plaza hasta que no quede nadie... O podemos pactar un día para luchar entre nosotros. Mi cabeza y vuestra justicia por mi libertad. -se nota la tensión en el ambiente. Ahora mis palabras cortan más que cualquier arma. Y queda el remate final. -Que me dices, espadachín...¿Aceptas?- suelto en tono burlón y con una sonrisa gallarda. -¿Actuarás como un líder valiente o mandarás a tus hombres a morir mientras te escondes?-
Lanzo la carta del duelo, del desafío. Si su orgullo como cazador o la lealtad de sus hombres valen algo, aceptará. Si lo hace, no solo pondré a mis aliados a salvo, sinó que podré descansar un poco. La fatiga empieza a notarse. Si se niega, juro por los dioses que será una batalla legendaria, pero que caeré de pié y me los llevaré conmigo. La suerte está echada.
Como si fuéramos todos hermanos de armas, nos alzamos campeones en la contienda. No hay alma con vida que pelee en contra de los Soles Púrpura, los hombres de Magnus. La plaza al completo ha sido conquistada, cubierta de fango, sangre y cuerpos de aquellos que creían que se librarían de la muerte. Soñadores que en el campo del honor ya no volverán a ver el Sol.
Es momento de celebrar, es momento de apartar nuestras diferencias y disfrutar de seguir vivos un día más. De tomar buenas cervezas en "El Barril del Diablo" y resolver los temas económicos pendientes. Pero las consecuencias de la masacre llegan más pronto de lo que deberían. Desde los caminos y más allá de la destrucción, comienzan a aparecer más y más hombres. Todos abanderados tras tres estandartes distintos, decenas de guerreros armados y preparados para entrar en acción. Y frente a todos un hombrecillo escuálido, de pelos largos y con pintas de no levantar ni 1000 kilos en press de banca. Lleva en la cadera una espada larga y delgada que con suerte la podría usar de mondadientes.
Valiente pero insensato, habla con Magnus exigiendo que me entregue. Amenazando con matarnos a todos si nos negábamos a ello. Yo solo me dedico a sonreír y agarrar con fuerza a Yggdrasil, preparado para atacar en cualquier momento. Pero Magnus, más cabal que yo, da un paso al frente y empieza a negociar con él. Yo lo observo atento. Se le ve sumamente tranquilo, sabe lo que hace. No solo parece que tenga la sartén por el mango, sino que, por alguna extraña razón, me da la sensación de que sabía que esto iba a suceder. Detesto al tipo de personas que utiliza tretas y artimañas para salir adelante, pero he de reconocer que Magnus lo hace de maravilla. Es hasta hipnótico escucharle hablar. El líder de los Soles Púrpura se niega a entregarme. Propone una gran unificación de gremios o enfrentarse a las consecuencias. Una jugada arriesgada, pues en caso de aceptar, se convertiría en líder absoluto, pero si le sale mal, empezaría una batalla que le costaría la vida.
Yo... Yo podría callarme, sí. Podría dejar que las cosas tomaran un rumbo pacífico y político. Por poder... Podría. Pero ese no es el estilo de Sigurd Haakon. Nadie puede controlar al Jotun de los mares del norte.
Me ajusto el sombrero con delicadeza, dejando que se acople bien a mí frente. Luego, con un gesto de muñeca rápido y seco, alzo mi enorme hacha de guerra con ma derecha y la apoyo en mi hombro. Entonces, sonriente y altanero, con el torso desnudo lleno de sangre y sudor, camino lentamente hacia ambos líderes de gremios. No creo que nadie esté contento con mi intervención. Ni el jefe rival por encararme ni Magnus por entrometerme y romper toda esperanza de un plan pacífico. Pero nadie decide por mi. Solo yo soy dueño de mi destino y se va a hacer lo que yo diga, no lo que la política y estrategia mande.
Me planto frente aquel que se hace llamar Alex. Me acerco todo lo que puedo, tanto que si quiere mirarme a los ojos, ha de levantar su cuello al máximo. Quiero que sea consciente de con quién está tratando. Lo miro desde arriba, imponente, desafiante, deseando que cometa el error de la lanzar el primer ataque y me dé la excusa para matarlo. Pero no. Por mucho que lo desee, no es el momento de seguir luchando. Probablemente sea capaz de matarlos a todos, pero no de proteger a Magnus y a sus hombres. Así que toca bajar un poco la cabeza.
-¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río poderoso, haciendo que mis carcajadas suenen por toda la plaza, amedrentando a los mercenarios. -Negocias muy bien Magnus, pero deja que me presente a este público tan peculiar...- empiezo con un tono burlón. Descargo el hacha del hombro y la dejo caer al lado de Alex. Solo las hojas del arma son más grandes que él, y el arma se clava en el suelo, a centímetros del mismo. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Haakon. Soy un pirata, y al contrario que tú, yo peleo solo. No hay mercenarios ni guardaespaldas que den la cara por mi. Solo yo y mi hacha juramentada Yggdrasil.- el mensaje resuena imponente con el eco del lugar. Es imperturbable, imponente. Nadie se atreve a interrumpir, porque quien lo haga, formará parte del mosaico de cadáveres de la plaza. - Así que podemos seguir matándonos en esta plaza hasta que no quede nadie... O podemos pactar un día para luchar entre nosotros. Mi cabeza y vuestra justicia por mi libertad. -se nota la tensión en el ambiente. Ahora mis palabras cortan más que cualquier arma. Y queda el remate final. -Que me dices, espadachín...¿Aceptas?- suelto en tono burlón y con una sonrisa gallarda. -¿Actuarás como un líder valiente o mandarás a tus hombres a morir mientras te escondes?-
Lanzo la carta del duelo, del desafío. Si su orgullo como cazador o la lealtad de sus hombres valen algo, aceptará. Si lo hace, no solo pondré a mis aliados a salvo, sinó que podré descansar un poco. La fatiga empieza a notarse. Si se niega, juro por los dioses que será una batalla legendaria, pero que caeré de pié y me los llevaré conmigo. La suerte está echada.
En efecto, cajita feliz
