30-07-2025, 08:48 PM
Algún día de primavera, Año 15
La lluvia caía con suavidad, como si alguien ahí arriba castigara a aquellos que se atrevieran a mirarlo, sin intención de herir, pero al menos sí de empaparlos por su osadía. Era casi como si el cielo del South Blue no terminase de decidir si llorar con furia o simplemente dejarse llevar por la melancolía.
Entre los caminos embarrados que serpenteaban los campos del sur de aquella isla, la silueta de una criatura caminaba sin prisa, sin rumbo fijo, pero con la decisión de quien no había dejado de avanzar desde hace años.
Era alto, imponente. Un Mink tigre de rayas negras y naranjas que destacaban incluso bajo el gris del cielo encapotado. Su pelaje húmedo goteaba con lentitud bajo unos ropajes de tela gastada, y su andar era casi imperceptible, como si la tierra no se atreviera a quejarse bajo sus pasos. A su alrededor, los campesinos lo miraban con una mezcla de recelo y asombro, algunos incluso escondiéndose tras puertas entreabiertas o fingiendo no haberlo visto.
Krysser soltó un suspiro de resignación, pero no los culpaba. En el fondo, había aprendido que su aspecto hablaba antes que su voz. Y no todos estaban dispuestos a escuchar lo que no se llegaba a decir.
Frente a él, la silueta de una iglesia de madera vieja emergía entre la bruma del campo. Las paredes del edificio se veían maltrechas por el salitre y los años, pero aún sostenían su cruz y su promesa de consuelo. La Iglesia Austro, aquel era su nombre.
El tigre había escuchado ese nombre al llegar al puerto, de labios de una anciana que le regaló un pan duro y una advertencia tras haberlo acompañado en la travesía y haber observado un poco más la forma de ser del felino, tímida y casi huraña.
-Si buscas techo o silencio, el pastor no suele preguntar demasiado. -Había dicho justo antes de despedirse con una sonrisa del felino, encauzando sus pasos en aquella dirección. Krysser le agradeció el gesto, no con palabras, sino con una leve inclinación de cabeza que la mujer entendió.
Ahora estaba allí. Frente a esas puertas que, pese a todo, seguían abiertas. No sabía si entraría aún. Había aprendido que no todos los refugios eran lo que prometían ser. Pero el cansancio del viaje, el zumbido lejano del hambre y el frío húmedo que calaba hasta el hueso hacían del lúgubre umbral algo más tentador de lo habitual.
A su izquierda, el sonido leve de una carreta le hizo girar la cabeza. Un burro flaco tiraba del vehículo con resignación. En él, un par de sacos de frutas tropicales algo magulladas, y un niño que lo miraba con ojos tan grandes como el firmamento. Pero aquellos ojos no miraban con miedo, como tantos otros, sino con la curiosidad propia de la infancia.
Krysser sostuvo la mirada. Luego, por primera vez en todo el día, esbozó una leve sonrisa ladeada. No dijo nada, tampoco hacía falta.
El niño, sin entender por qué, sonrió también. Y ese gesto fue suficiente para que el Mink diera un paso más hacia el templo.
Tal vez el Reino de Sorbet fuera solo otra isla más, un lugar más en su travesía. O tal vez no.
