31-07-2025, 02:17 PM
Krysser cruzó el umbral de la iglesia con la misma cautela que un cazador adentrándose en un claro desconocido. El interior olía a incienso barato y a humedad, con el eco de pasos pasados aferrado a los bancos de madera carcomida, y el sonido de las gotas retumbando en el maltrecho techo. Vitrales polvorientos filtraban la escasa luz, proyectando colores apagados sobre el suelo de piedra. No era un templo opulento, ni pretendía serlo. Y sin embargo, irradiaba una calidez difícil de explicar.
Un hombre de edad avanzada, encorvado pero firme, salió de detrás de una cortina que separaba la sacristía del altar. Vestía sotana sencilla, manchada por el uso y los años. Sus ojos claros, aunque cansados, no mostraron miedo al ver al Mink frente a él.
-Vaya… Tú debes de ser el viajero del que todo el mundo habla... -Su voz era pausada, serena, como quien ha vivido demasiado para sorprenderse por apariencias. Dejó claro que estaba informado sobre lo que sucedía en la isla a pesar de no abandonar los muros de la iglesia, probablemente sus feligreses no tardaban en acudir a él para contarle cada detalle del exterior.
Krysser asintió con un leve gruñido afirmativo, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto. El sacerdote esbozó una sonrisa honesta, de esas que nacen del corazón, no de las conveniencias.
-Soy el padre Thoren. -Dijo, acercándose sin temor. -Y tú eres… ¿Un viajero? ¿O acaso alguien que busca algo?
-Un poco de ambos. -Respondió Krysser, con una voz grave y cansada, con apenas más que un susurro.
Thoren sonrió y lo invitó a sentarse en uno de los bancos delanteros. Pronto, unos pequeños ojos asomaron desde detrás de los pilares. Eran niños, al menos media docena. Uno de ellos, el mismo que lo había visto antes en la carreta, corrió junto al cura y le susurró algo al oído. El anciano asintió, sonriendo, y volvió la vista al Mink.
-Algunos de los niños comentan que pareces un monstruo. -En aquella breve pausa que hizo, Krysser se sintió deprimido al escuchar aquellas palabras. Sin embargo, todo rastro de aflicción desapareció en cuanto el párroco volvió a abrir la boca. -Y que eso les parece muy divertido. -Los jóvenes entonces comenzaron a trepar al cuerpo del felino, colgándose de su espalda hasta hacerlo tambalearse, y riendo mientras jugaban saltando de un lado a otro como si el cuerpo del inmenso Mink no fuera más que un columpio.
Krysser quedó perplejo unos segundos, no esperaba algo así. La inocencia de la infancia siempre le tomaba desprevenido, la forma en que no juzgaban a nadie acorde a los patrones establecidos por la sociedad. Pasados unos segundos, cuando recuperó la compostura, se deshizo de los jóvenes sin herirlos, bajándolos suavemente, antes de continuar escuchando al sacerdote.
-Pero yo creo que, ante todo, pareces alguien cansado. -Thoren continuó entonces, diciendo aquello sin rastro de burla en sus palabras. Eran sus pensamientos más sinceros. Krysser, por su parte, no respondió. Sus ojos dorados se mantuvieron fijos en los vitrales mientras el sacerdote continuaba hablando. -Este lugar, por muy humilde que sea, ha sido un refugio para quienes no tienen dónde ir. Huérfanos, viudas, ancianos olvidados por la ciudad… No somos ricos, tampoco importantes. Pero desde hace unos meses, empezaron los problemas. -Suspiró, entrelazando los dedos sobre su regazo. -Los nobles del norte quieren este terreno. Dicen que la iglesia no aporta nada. Que afea su nuevo "proyecto de expansión urbana”. Pero todos sabemos que lo que realmente les molesta es que aquí se recuerde que hay gente sufriendo. O, tal vez, que se les intente ayudar a dejar de hacerlo.
Krysser giró la cabeza con lentitud, intrigado por la historia.
-¿Han venido a echaros?
-Varias veces. A amenazar. A ofrecer dinero. Incluso a provocar disturbios que luego intentan usar como excusa para desalojarnos. Pero nos resistimos. No porque tengamos fuerza, sino porque tenemos raíces, y cosas que debemos proteger. -Acariciaba la cabeza de uno de los niños, las razones más importantes para permanecer en pie firmes.
El silencio llenó el aire unos segundos. El padre Thoren lo miró directamente, con esa clase de fé que se lanza sin paracaídas.
-Los niños creen que tú podrías ayudarnos. "Los monstruos deben asustar a los hombres malos", o eso piensan ellos. Y yo también lo creo. No te pido que luches por una causa que no es tuya… Pero al menos observa este lugar. Aquí la gente aún cree en algo. Y eso, en estos tiempos, es casi un milagro.
Antes de que Krysser pudiera responder, un ruido metálico se oyó desde fuera, el sonido de pasos acompasados, firmes, y el crujir de las botas de soldados sobre la tierra húmeda. El Mink se irguió con agilidad felina, alzando casi tres metros con su porte imponente, dando cobijo bajo su sombra a Thoren y a los niños.
El padre miró hacia la puerta, aunque apenado, no parecía siquiera sorprendido.
-Deben de haber mandado a alguien más. Esta vez dudo que solo con intenciones de hablar... -Miró a los niños y alzó una mano, señalando a la pared. -Id al fondo. No salgáis hasta que os lo diga.
Krysser ya estaba caminando hacia la puerta antes de que el sacerdote terminara de hablar. Su instinto animal rugía, sin duda afuera esperaba el peligro. Sin embargo no fue miedo lo que sintió en ese momento, sino rabia. Se vio reflejado en los ojos de aquellos niños que corrían veloces a esconderse por el miedo, y supo al instante que aquello estaba mal.
Junto al umbral, giró apenas el rostro.
-No lucho por las causas de otro, viejo. -Tras decir aquello, el anciano párroco bajó la cabeza, apenado. No podía pedirle más a un desconocido, era lo más lógico, lo esperado. Sin embargo, Krysser continuó hablando. -Por eso, haré de esta mi causa.
El padre Thoren sonrió de nuevo, como si hubiera oído una plegaria respondida desde arriba. Ambos se adelantaron a salir de la iglesia, decididos.
El aire era más claro afuera. El sol se filtraba tímido entre las nubes. Frente a la iglesia, un hombre bien vestido se acercaba con paso tranquilo. No era un soldado. Tampoco parecía un noble, o al menos, no de estas tierras. Sus ropajes parecían distintos a los que había visto en su camino hasta el lugar, también a aquellos que los pasajeros del barco en el que llegó llevaban. Detrás de él, los guardias lo seguían en la distancia, con cara de pocos amigos.
Krysser se apoyó en el marco de la puerta, sin moverse, observando al recién llegado como un tigre vigila la entrada a su guarida. Por ahora, esperaría a ver qué tenían que decir aquellos hombres.
Un hombre de edad avanzada, encorvado pero firme, salió de detrás de una cortina que separaba la sacristía del altar. Vestía sotana sencilla, manchada por el uso y los años. Sus ojos claros, aunque cansados, no mostraron miedo al ver al Mink frente a él.
-Vaya… Tú debes de ser el viajero del que todo el mundo habla... -Su voz era pausada, serena, como quien ha vivido demasiado para sorprenderse por apariencias. Dejó claro que estaba informado sobre lo que sucedía en la isla a pesar de no abandonar los muros de la iglesia, probablemente sus feligreses no tardaban en acudir a él para contarle cada detalle del exterior.
Krysser asintió con un leve gruñido afirmativo, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto. El sacerdote esbozó una sonrisa honesta, de esas que nacen del corazón, no de las conveniencias.
-Soy el padre Thoren. -Dijo, acercándose sin temor. -Y tú eres… ¿Un viajero? ¿O acaso alguien que busca algo?
-Un poco de ambos. -Respondió Krysser, con una voz grave y cansada, con apenas más que un susurro.
Thoren sonrió y lo invitó a sentarse en uno de los bancos delanteros. Pronto, unos pequeños ojos asomaron desde detrás de los pilares. Eran niños, al menos media docena. Uno de ellos, el mismo que lo había visto antes en la carreta, corrió junto al cura y le susurró algo al oído. El anciano asintió, sonriendo, y volvió la vista al Mink.
-Algunos de los niños comentan que pareces un monstruo. -En aquella breve pausa que hizo, Krysser se sintió deprimido al escuchar aquellas palabras. Sin embargo, todo rastro de aflicción desapareció en cuanto el párroco volvió a abrir la boca. -Y que eso les parece muy divertido. -Los jóvenes entonces comenzaron a trepar al cuerpo del felino, colgándose de su espalda hasta hacerlo tambalearse, y riendo mientras jugaban saltando de un lado a otro como si el cuerpo del inmenso Mink no fuera más que un columpio.
Krysser quedó perplejo unos segundos, no esperaba algo así. La inocencia de la infancia siempre le tomaba desprevenido, la forma en que no juzgaban a nadie acorde a los patrones establecidos por la sociedad. Pasados unos segundos, cuando recuperó la compostura, se deshizo de los jóvenes sin herirlos, bajándolos suavemente, antes de continuar escuchando al sacerdote.
-Pero yo creo que, ante todo, pareces alguien cansado. -Thoren continuó entonces, diciendo aquello sin rastro de burla en sus palabras. Eran sus pensamientos más sinceros. Krysser, por su parte, no respondió. Sus ojos dorados se mantuvieron fijos en los vitrales mientras el sacerdote continuaba hablando. -Este lugar, por muy humilde que sea, ha sido un refugio para quienes no tienen dónde ir. Huérfanos, viudas, ancianos olvidados por la ciudad… No somos ricos, tampoco importantes. Pero desde hace unos meses, empezaron los problemas. -Suspiró, entrelazando los dedos sobre su regazo. -Los nobles del norte quieren este terreno. Dicen que la iglesia no aporta nada. Que afea su nuevo "proyecto de expansión urbana”. Pero todos sabemos que lo que realmente les molesta es que aquí se recuerde que hay gente sufriendo. O, tal vez, que se les intente ayudar a dejar de hacerlo.
Krysser giró la cabeza con lentitud, intrigado por la historia.
-¿Han venido a echaros?
-Varias veces. A amenazar. A ofrecer dinero. Incluso a provocar disturbios que luego intentan usar como excusa para desalojarnos. Pero nos resistimos. No porque tengamos fuerza, sino porque tenemos raíces, y cosas que debemos proteger. -Acariciaba la cabeza de uno de los niños, las razones más importantes para permanecer en pie firmes.
El silencio llenó el aire unos segundos. El padre Thoren lo miró directamente, con esa clase de fé que se lanza sin paracaídas.
-Los niños creen que tú podrías ayudarnos. "Los monstruos deben asustar a los hombres malos", o eso piensan ellos. Y yo también lo creo. No te pido que luches por una causa que no es tuya… Pero al menos observa este lugar. Aquí la gente aún cree en algo. Y eso, en estos tiempos, es casi un milagro.
Antes de que Krysser pudiera responder, un ruido metálico se oyó desde fuera, el sonido de pasos acompasados, firmes, y el crujir de las botas de soldados sobre la tierra húmeda. El Mink se irguió con agilidad felina, alzando casi tres metros con su porte imponente, dando cobijo bajo su sombra a Thoren y a los niños.
El padre miró hacia la puerta, aunque apenado, no parecía siquiera sorprendido.
-Deben de haber mandado a alguien más. Esta vez dudo que solo con intenciones de hablar... -Miró a los niños y alzó una mano, señalando a la pared. -Id al fondo. No salgáis hasta que os lo diga.
Krysser ya estaba caminando hacia la puerta antes de que el sacerdote terminara de hablar. Su instinto animal rugía, sin duda afuera esperaba el peligro. Sin embargo no fue miedo lo que sintió en ese momento, sino rabia. Se vio reflejado en los ojos de aquellos niños que corrían veloces a esconderse por el miedo, y supo al instante que aquello estaba mal.
Junto al umbral, giró apenas el rostro.
-No lucho por las causas de otro, viejo. -Tras decir aquello, el anciano párroco bajó la cabeza, apenado. No podía pedirle más a un desconocido, era lo más lógico, lo esperado. Sin embargo, Krysser continuó hablando. -Por eso, haré de esta mi causa.
El padre Thoren sonrió de nuevo, como si hubiera oído una plegaria respondida desde arriba. Ambos se adelantaron a salir de la iglesia, decididos.
El aire era más claro afuera. El sol se filtraba tímido entre las nubes. Frente a la iglesia, un hombre bien vestido se acercaba con paso tranquilo. No era un soldado. Tampoco parecía un noble, o al menos, no de estas tierras. Sus ropajes parecían distintos a los que había visto en su camino hasta el lugar, también a aquellos que los pasajeros del barco en el que llegó llevaban. Detrás de él, los guardias lo seguían en la distancia, con cara de pocos amigos.
Krysser se apoyó en el marco de la puerta, sin moverse, observando al recién llegado como un tigre vigila la entrada a su guarida. Por ahora, esperaría a ver qué tenían que decir aquellos hombres.
