01-08-2025, 03:26 PM
Día 64 de Primavera, Año 16.
South Blue, Reino Sorbet.
Sorbet Sur, 10:00a.m.
El Reino de Sorbet se extiende bajo el sol tropical del South Blue como una nación dividida en dos mundos contrastantes. Esta isla ni muy chica ni muy grande, afiliada al Gobierno Mundial y regida por su majestuoso Rey, presenta una geografía que refleja perfectamente las desigualdades sociales de sus habitantes. Al norte, donde las colinas se alzan hacia el interior, se erigen imponentes estructuras de piedra tallada con geometrías complejas que desafían al cielo tropical. Allí, el Palacio Real domina el horizonte como una corona dorada, rodeado por las mansiones de los ciudadanos más acaudalados, sus jardines perfectamente cuidados y sus fuentes de mármol que cantan melodías acuáticas a quienes se paran a escucharlas.
Sin embargo, conforme uno se desplaza hacia el sur, el paisaje cambia dramáticamente. Las construcciones de piedra dan paso a edificaciones más humildes de madera tropical, donde los aromas de frutas exóticas y el mugido distante del ganado reemplazan los perfumes importados y el tintineo de las copas de cristal. Aquí, en Sorbet Sur, los habitantes trabajan la tierra fértil que produce los mangos más dulces, las piñas más jugosas y los cocos más frescos de todo el South Blue, o al menos eso es lo que dicen los habitantes de esta zona. Es una región donde la arquitectura sencilla se adapta al clima tropical, y donde la famosa Iglesia Austro se alza como un faro de esperanza para los más necesitados.
La Plaza del Mercado Sur se extiende ante Cao Guojie como un bullicioso corazón comercial de 30 metros de ancho por 40 de largo, pavimentada con adoquines desgastados por años de comercio. Cao se encuentra en el centro de esta explanada rectangular, rodeado por edificios construidos con madera tropical de 2 y 3 pisos que forman un perímetro casi perfecto. Las estructuras, típicas de Sorbet Sur, muestran la arquitectura humilde de los habitantes menos acomodados, de entre las cuales destacan las maderas oscuras curtidas por el sol, balcones con barandillas de bambú y techos de hojas de palma trenzadas.
Cuatro calles principales desembocan en la plaza desde cada punto cardinal, mientras que al menos seis callejones estrechos se abren entre los edificios como venas oscuras que invitan a perderse en el laberinto urbano. Puestos de frutas tropicales salpican la explanada: mangos tan maduros que parecen ser de oro en su interior, piñas fragantes y tan dulces que se vuelven un manjar al gusto, cocos tan frescos que revivirían al más sediento camello de un desierto y frutas exóticas de colores vibrantes que tomaría mucho tiempo y trabajo llegar a reconocer a la perfección. El sol del mediodía cae implacable sobre la plaza, creando sombras definidas bajo los toldos de los comerciantes. La temperatura ronda los 32 grados, pero la constante brisa tropical hace que el calor sea soportable. Algunos nubarrones blancos se desplazan lentamente por el cielo azul intenso, prometiendo tal vez una lluvia refrescante para la tarde.
Es entonces cuando, mientras Cao disfrutaba de varias muestras de comida que le habían regalado los mercaderes sin siquiera pedirlas, un hombre de mirada tranquila y sonrisa radiante se le acerca. Se trata de un señor de aproximadamente 40 años, de altura baja – quizás 1.50 metros – con una complexión robusta que sugiere que en el pasado estuvo en forma y que aún conserva algo de aquella fuerza física que en su juventud tuvo, aunque una incipiente barriga revela cierta vida sedentaria y como el paso de los años ha generado estragos como en la mayoría de señores mundanos de 40 o más años. Su piel bronceada por el sol tropical contrasta con sus ropajes grises y morados los cuales complementaba con un cinturón marrón y un sombrero que no solo le cubría el cabello (el cual es castaño oscuro por cierto aunque no se pueda ver) sino que además cubría sus orejas y cuello protegiéndolo del sol. Una barba de candado bien recortada enmarca su rostro redondo, el bigote se extiende sobre sus labios, que se curvan en una sonrisa demasiado amplia. Sus ojos pequeños, de un marrón apagado, brillan con una astucia que no logra ocultar por completo. Sus pantalones igual grises como su camisa le cubren por completo las piernas hasta la altura de los tobillos, y sus botas de cuero crujido han visto mejores días.
Lo que más llama la atención es cómo mantiene sus manos ligeramente cerradas junto a los costados, y cuando gesticula, hay una rigidez extraña en sus movimientos, como si llevara algo pesado en los bolsillos de sus pantalones que le obligara a mantener cierta postura. Ocasionalmente, su mano derecha roza su costado de manera aparentemente casual, pero demasiado frecuente para ser natural.
Contenido Oculto
“¡Ah, pero si tenemos aquí a un caballero de distinción!” – exclama el desconocido, haciendo una reverencia exagerada que hace que su camisa se tense sobre algo abultado en su torso – “Me llamo Abis Bien, y no puedo evitar notar que usted, estimado señor, posee el aire de alguien que aprecia las... oportunidades únicas.” – El hombre señala discretamente hacia un callejón entre dos edificios al este de la plaza a la vez que pronunciaba las últimas palabras con un tono cautivador – “Verá,” – continua Abis Bien sin permitir respuesta alguna – “tengo información sobre un pequeño tesoro abandonado en las cercanías. Nada ilegal, por supuesto, solo algo que los antiguos propietarios... olvidaron reclamar. Podríamos dividir las ganancias, 50-50. ¿Qué dice? Solo necesitaríamos caminar hasta allí y echar un visstaazzoo.” – termina su discurso acentuando la ultima palabra de tal forma que se extendió mas de lo necesario, como si una salamandra intentara aprender a hablar. Sus ojos se desvían momentáneamente, y aunque trata de disimularlo, hay algo en su mirada que no cuadra con sus palabras amistosas.
OFF
Datos de la Aventura
Ficha de Abis

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