01-08-2025, 08:47 PM
Krysser no se movió al principio, cuando Cao se le acercó con ese andar casi danzante, como si acabara de salir de una ópera en lugar de una negociación con la amenaza de violencia flotando aún en el aire. El Mink lo observó alzando una ceja con leve escepticismo cuando el noble chocó sus palmas y las alzó hacia él, esperando una respuesta entusiasta. Y, contra todo pronóstico, Krysser se la dio.
Con una mueca que insinuaba más una sonrisa contenida que burla, el tigre alzó lentamente sus grandes zarpas, y las hizo chocar suavemente contra las de Cao, con cuidado de no cortarle con las garras. Por supuesto, no fue tan efusivo como el noble. Fue un gesto breve, pero cargado de complicidad. Como dos guerreros que, pese a sus diferentes formas de ser, habían ganado una batalla del mejor modo posible, sin necesidad de blandir acero.
-“Geniales”, ¿eh? Bueno, no es el adjetivo que habría elegido. -Gruñó con tono neutral, aunque la curvatura en las comisuras de sus labios delataba una pizca de diversión. Observó cómo Cao sacaba la pipa, encendía las hierbas y exhalaba el humo con aire satisfecho. A pesar del olor del tabaco, si característico aroma seguía siendo inconfundible. Melocotón.
El Mink parpadeó lentamente, grabando aquel olor en su memoria. No porque fuera agradable, que a decir verdad en cierta forma lo era, sino porque eería útil recordar el olor de un amigo. Krysser confiaba más en los olores que en su buena memoria, podía olvidar una cara, difícilmente un olor. Y aquel aroma, peculiar y difícil de confundir, podría servir algún día, si acaso volvían a cruzarse en el futuro. Porque si algo había aprendido en sus años por el mundo, es que quienes se marchan siempre dejan un rastro. Incluso, a veces, vuelven a encontrarse. O eso esperaba férreamente.
Escuchó sus últimas palabras en silencio, sin interrumpirlo. Cao hablaba con esa mezcla de energía desbordante y cortesía antigua, como si cada despedida fuera el cierre del telón de una función final. Se alejó con esa teatralidad elegante tan suya, entre telas que danzaban con el viento y nubes de humo blancas que se disipaban lentamente en el aire cálido de la isla.
Krysser lo siguió con la mirada unos segundos más. No dijo nada, solo se quedó allí, en la puerta de la iglesia, dejando que el silencio se asentara a su alrededor.
Finalmente, cuando Cao ya era una figura distante entre los caminos de tierra y las primeras ramas del sendero costero, el Mink habló para sí mismo en voz baja.
-Espero que no tengas que volver por aquí… Pero si lo haces, asegúrate de traer ese arroz. -Con una sonrisa, sellaba la despedida de aquel extraño sujeto, confiando en volver a verlo algún día.
Le dio la espalda entonces al templo, con paso firme, aunque más lento que antes. Las garras de sus pies golpeaban suavemente la piedra, marcando el ritmo de un nuevo ciclo. Había mucho por hacer, y el rastro de Cao no era el que había venido siguiendo hasta aquella isla.
Pero en su interior, lo sabía. Una tormenta había pasado, y esta vez, nadie había salido herido. Y no gracias a los dioses, sino gracias a ellos dos. Aquel era el camino que debía seguir, no tenía ninguna duda. El de proteger de las desgracias a los inocentes. Y, sí algún día el destino volvía a cruzar su camino con el de Cao, sabía que sería capaz de reconocerlo incluso con los ojos cerrados. Ya fuera por el sonido de su risa, o por ese maldito a
roma a melocotón.
Off: Y fin, me quedo con las ganas de resolverlo a hostias, pero hay que hacerse fuertes antes XD
Con una mueca que insinuaba más una sonrisa contenida que burla, el tigre alzó lentamente sus grandes zarpas, y las hizo chocar suavemente contra las de Cao, con cuidado de no cortarle con las garras. Por supuesto, no fue tan efusivo como el noble. Fue un gesto breve, pero cargado de complicidad. Como dos guerreros que, pese a sus diferentes formas de ser, habían ganado una batalla del mejor modo posible, sin necesidad de blandir acero.
-“Geniales”, ¿eh? Bueno, no es el adjetivo que habría elegido. -Gruñó con tono neutral, aunque la curvatura en las comisuras de sus labios delataba una pizca de diversión. Observó cómo Cao sacaba la pipa, encendía las hierbas y exhalaba el humo con aire satisfecho. A pesar del olor del tabaco, si característico aroma seguía siendo inconfundible. Melocotón.
El Mink parpadeó lentamente, grabando aquel olor en su memoria. No porque fuera agradable, que a decir verdad en cierta forma lo era, sino porque eería útil recordar el olor de un amigo. Krysser confiaba más en los olores que en su buena memoria, podía olvidar una cara, difícilmente un olor. Y aquel aroma, peculiar y difícil de confundir, podría servir algún día, si acaso volvían a cruzarse en el futuro. Porque si algo había aprendido en sus años por el mundo, es que quienes se marchan siempre dejan un rastro. Incluso, a veces, vuelven a encontrarse. O eso esperaba férreamente.
Escuchó sus últimas palabras en silencio, sin interrumpirlo. Cao hablaba con esa mezcla de energía desbordante y cortesía antigua, como si cada despedida fuera el cierre del telón de una función final. Se alejó con esa teatralidad elegante tan suya, entre telas que danzaban con el viento y nubes de humo blancas que se disipaban lentamente en el aire cálido de la isla.
Krysser lo siguió con la mirada unos segundos más. No dijo nada, solo se quedó allí, en la puerta de la iglesia, dejando que el silencio se asentara a su alrededor.
Finalmente, cuando Cao ya era una figura distante entre los caminos de tierra y las primeras ramas del sendero costero, el Mink habló para sí mismo en voz baja.
-Espero que no tengas que volver por aquí… Pero si lo haces, asegúrate de traer ese arroz. -Con una sonrisa, sellaba la despedida de aquel extraño sujeto, confiando en volver a verlo algún día.
Le dio la espalda entonces al templo, con paso firme, aunque más lento que antes. Las garras de sus pies golpeaban suavemente la piedra, marcando el ritmo de un nuevo ciclo. Había mucho por hacer, y el rastro de Cao no era el que había venido siguiendo hasta aquella isla.
Pero en su interior, lo sabía. Una tormenta había pasado, y esta vez, nadie había salido herido. Y no gracias a los dioses, sino gracias a ellos dos. Aquel era el camino que debía seguir, no tenía ninguna duda. El de proteger de las desgracias a los inocentes. Y, sí algún día el destino volvía a cruzar su camino con el de Cao, sabía que sería capaz de reconocerlo incluso con los ojos cerrados. Ya fuera por el sonido de su risa, o por ese maldito a
roma a melocotón.
Off: Y fin, me quedo con las ganas de resolverlo a hostias, pero hay que hacerse fuertes antes XD
