02-08-2025, 07:48 AM
(Última modificación: 02-08-2025, 07:49 AM por Zhang Guolao.)
Capitulo 2: La raíces y sus secretos
Zhang Zhang Llevaba un par de días en aquella isla, tal vez semanas, y tras cada paso lento que daba, más iba descubriendo los secretos de sus habitantes. No era un lugar sencillo, y sin embargo, a su edad, Zhang Zhang Guolao ya había aprendido que lo difícil muchas veces escondía lo más valioso. Estaba allí como un emisario del tiempo, recolectando plantas, observando gestos, escuchando silencios. Como siempre, aprendía más de lo que curaba.
La isla tenía su propio ritmo. Era recóndita, sí, pero estaba viva. Su gente —el pueblo Nibani— caminaba con los pies manchados de tierra y la mente llena de fórmulas medicinales. Vivían entre hierbas, hojas y ungüentos. Aunque su apariencia fuese primitiva, sabían cosas que ni el Gobierno Mundial podría catalogar. Y Zhang Zhang encajaba allí, en su modo errático, como un hueso torcido en un esqueleto sabio.
No estaba solo. Silencio, su mono compañero, era todo menos callado. Saltaba entre ramas y tejados, jugaba con frascos, se perdía entre estanterías de la biblioteca como si cada papiro fuera un nido. Su energía era la música de fondo del ermitaño, una melodía constante que le devolvía juventud y problemas por partes iguales. Zhang lo observaba con esa mezcla de ternura y resignación que sólo tienen los sabios de mirada cansada.
Una mañana, como tantas otras, Zhang se encontraba al pie del gran árbol que coronaba el corazón de la isla. Con el viento danzaban sus ramas, y en su vaivén, el burro viejo creía escuchar mensajes. Respiró hondo. Con sus dedos zurdos desenterró con cuidado una raíz que sobresalía del musgo. Raíz de Mutec, útil para el mal de amor.
Pero al remover la tierra, descubrió algo inesperado: un grupo de pequeños animales, del tamaño de un puño, dormía entre las raíces. Estaban vivos, temblorosos, con ojos que brillaban de miedo. Zhang retrocedió. Se le humedeció el único ojo con una lágrima lenta. Los había sorprendido. O peor, casi los había destruido sin querer.
—Hmmm... —resopló, golpeando el suelo con la pierna, tic que se le activaba cuando el silencio era demasiado profundo.
Se agachó, dejó caer un poco de fruta seca junto a ellos y rezó en voz baja. No palabras de templo, sino una disculpa sencilla, con olor a tierra.
Silencio, el mono, se acercó, observó la escena, y como si comprendiera, le pasó el brazo peludo por el cuello y lo abrazó. Zhang lo recibió con torpeza, riendo por lo bajo: “¡HmmmHE-HE-HEH…!”
De regreso al poblado, el cielo ya empezaba a oscurecer. La biblioteca de medicina, con su techo de ramas secas, resplandecía bajo la luz de las lámparas. Apenas habían cruzado la plaza, un aprendiz lo interceptó:
—¡Zhang! ¡Zhang! ¡El maestro Kote se ha hinchado como pescado! ¡Usó polvo azul sin precaución!
Zhang suspiró, se rascó la barba, murmuró su muletilla: —Hmmm… sí. Entró en la clínica improvisada. El maestro Kote, rojo como un tomate, respiraba agitado. Zhang observó, no preguntó nada. Mezcló con lentitud savia de flor seca, unas gotas de raíz ambarina y pétalos de desinflamante. Todo en una taza de barro que casi se le cae al tropezar con una mesa.
—Esto puede arder un poco… o bastante. Hmmm.
Aplicó el ungüento con cuidado, y al instante, el maestro soltó un grito que hizo temblar las paredes. Zhang sonrió, rió como burro otra vez, y luego, sin ceremonia, se sentó en una esquina con una taza de té. Los niños del pueblo vinieron a curiosear. Uno le preguntó si su cadena era mágica, otro si podía invocar tormentas. Él solo dijo: —Puedo calmar una… si me dan tiempo. Hmmm.
Esa noche, durmió bajo el alero de una biblioteca. Silencio enroscado como bufanda. El viento mecía las ramas, y el viejo burro cerró los ojos mientras murmuraba para sí mismo: —Hmmm.- Resoplo con fuerza, aun intentando entender el destino.
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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