Los ojos pequeños de Abis Bien parpadean rápidamente cuando la mirada dorada de Cao se clava en los suyos. El efecto de la proximidad del elegante extranjero es inmediato. Una gota de sudor se forma en su frente bronceada y su sonrisa se vuelve notablemente más forzada. Sus manos, que antes gesticulaban con cierta confianza, ahora tiemblan ligeramente.
“¡Ah, ja, ja! ¡Qué perspicaz es usted, joven amo!” – exclama con una risa nerviosa, su voz subiendo un tono – “Verá, lo que llevo conmigo son... eh... herramientas de prospección, sí, herramientas muy especializadas para la búsqueda de tesoros enterrados que mi difunto abuelo, que en paz descanse, me dejó en herencia junto con el mapa del tesoro que menciono,” – prosiguió a hablar sin parar, gesticulando exageradamente con ambas manos mientras toma nota mental de que Cao sostiene un trozo de mango con su mano izquierda – “un mapa que ha estado en mi familia durante generaciones y generaciones, pasando de padre a hijo como una tradición sagrada que se remonta a los tiempos en que mi bisabuelo era un respetado arqueólogo que trabajaba para nobles de gran renombre en todo el South Blue...” – La codicia brilla en sus ojos marrones cuando ve brillar un objeto dorado entre los ropajes de Cao, a apenas un metro de distancia. – “...y estas herramientas, que por supuesto incluyen picos especiales y detectores de metal artesanales que fueron forjados por los mejores herreros de la época, son absolutamente esenciales para poder acceder al tesoro sin dañar las reliquias que...”
En ese preciso momento, cuando Cao lleva el mango a su boca y su atención se divide por una fracción de segundo, Abis actúa. Con un movimiento súbito y sorprendentemente ágil para su complexión, se abalanza hacia adelante y arrebata la pipa dorada de la figura de Cao.
“¡Perdón, pero esto me servirá mejor que cualquier tesoro enterrado!” – grita mientras se da la vuelta y echa a correr hacia el callejón del este con una velocidad que contradice su apariencia sedentaria. Los gritos de sorpresa de algunos comerciantes resuenan en la plaza mientras Abis desaparece de la vista, llevándose consigo el preciado objeto de valor sentimental de Cao.
Sus botas de cuero crujido golpean los adoquines mientras se adentra entre los edificios de madera, desapareciendo rápidamente entre las sombras del estrecho pasaje. El callejón, de apenas tres metros de ancho, se extiende unos veinte metros hacia el este antes de hacer una curva hacia la derecha. Las paredes de madera tropical se alzan a ambos lados creando un túnel natural de sombras.
“¡Ah, ja, ja! ¡Qué perspicaz es usted, joven amo!” – exclama con una risa nerviosa, su voz subiendo un tono – “Verá, lo que llevo conmigo son... eh... herramientas de prospección, sí, herramientas muy especializadas para la búsqueda de tesoros enterrados que mi difunto abuelo, que en paz descanse, me dejó en herencia junto con el mapa del tesoro que menciono,” – prosiguió a hablar sin parar, gesticulando exageradamente con ambas manos mientras toma nota mental de que Cao sostiene un trozo de mango con su mano izquierda – “un mapa que ha estado en mi familia durante generaciones y generaciones, pasando de padre a hijo como una tradición sagrada que se remonta a los tiempos en que mi bisabuelo era un respetado arqueólogo que trabajaba para nobles de gran renombre en todo el South Blue...” – La codicia brilla en sus ojos marrones cuando ve brillar un objeto dorado entre los ropajes de Cao, a apenas un metro de distancia. – “...y estas herramientas, que por supuesto incluyen picos especiales y detectores de metal artesanales que fueron forjados por los mejores herreros de la época, son absolutamente esenciales para poder acceder al tesoro sin dañar las reliquias que...”
En ese preciso momento, cuando Cao lleva el mango a su boca y su atención se divide por una fracción de segundo, Abis actúa. Con un movimiento súbito y sorprendentemente ágil para su complexión, se abalanza hacia adelante y arrebata la pipa dorada de la figura de Cao.
“¡Perdón, pero esto me servirá mejor que cualquier tesoro enterrado!” – grita mientras se da la vuelta y echa a correr hacia el callejón del este con una velocidad que contradice su apariencia sedentaria. Los gritos de sorpresa de algunos comerciantes resuenan en la plaza mientras Abis desaparece de la vista, llevándose consigo el preciado objeto de valor sentimental de Cao.
Sus botas de cuero crujido golpean los adoquines mientras se adentra entre los edificios de madera, desapareciendo rápidamente entre las sombras del estrecho pasaje. El callejón, de apenas tres metros de ancho, se extiende unos veinte metros hacia el este antes de hacer una curva hacia la derecha. Las paredes de madera tropical se alzan a ambos lados creando un túnel natural de sombras.
Datos de la Aventura
Aclaraciones
Ficha de Abis

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