Zona limítrofe entre la región norte y sur. Hace un mes, primavera, año 16.
Allí donde la zona comercial es vibrante y bulliciosa. Mercados de todo tipo de plantas y carnes de exquisito aspecto, gente yendo y viniendo por los numerosos tenderetes que se apostaban frente a las puertas de sus tiendas, el que la tenía claro. Clientes de todo tipo revoloteaba de puesto a puesto, como abejas de flor en flor.
El cielo estaba despejado y el sol resplandecía poderoso y alegre. El polen de las plantas embriagaba con placer los olfatos de los presentes y la agradable brisa cruzaba la zona paleando la humedad del lugar y el calor. Era lo que podía llamarse un hermoso día en pro de comerciantes y compradores.
Se podía oír las conversaciones triviales de la gente que caminaba despreocupada, los vendedores cantando precios y productos, las risas de los niños y jóvenes. a medida caminabas también podían verse artistas entre los puestos de venta, haciéndose un pequeño hueco para hacer caricaturas a los turistas o fingir ser una estatua, todo por unas monedas que les permitiera comprar su desayuno. Diría que era una vergüenza estar entre esos artistas, pero la verdad es que a mi me gustaba entretener a la gente, ya no lo hacía por dinero, sino por poder calmar y amenizar la vida de la gente que me rodeaba, y si encima me lo querían agradecer con la voluntad, pues mira, ya podría comer ese día.
Me encontraba en uno de esos huecos del pasaje comercial, tocando una flauta de bambú algo vieja ya, pero emitiendo aún un sonido delicioso. Aquella musiquita que tocaba no era la mar de compleja, a decir verdad casi todo era improvisado, tan solo tocaba notas alegres que armonizaban entre si, pero nada que siguiera una partitura específica. Así era como yo tocaba, con el corazón y no la mente, pues el alma no mi alma se expresaba así. Algunos transeúntes me tiraban monedas, cuando lo hacía cambiaba el ritmo y la melodía de manera abrupta. A veces la canción era rápida, otras mas lentas.
Mi ropa habitual estaba sucia, claro, aunque procurara conservarla lo mejor posible, el tiempo y el vivir en la calle no ayudaba lo más mínimo a que su buen estado se conservase, pero no importaba, solo era ropa, no es que necesitase que fuera bonita o nueva, tan solo que cumpliera su función de vestirme. Mi pelo aunque se notaba que me lo lavaba en el río, no era el mas cuidado de la South blue, de eso no cabía la menor duda, pero tenía algo mucho mas radiante, mi sonrisa y mi expresión tranquila tocando aquel instrumento.
Allí donde la zona comercial es vibrante y bulliciosa. Mercados de todo tipo de plantas y carnes de exquisito aspecto, gente yendo y viniendo por los numerosos tenderetes que se apostaban frente a las puertas de sus tiendas, el que la tenía claro. Clientes de todo tipo revoloteaba de puesto a puesto, como abejas de flor en flor.
El cielo estaba despejado y el sol resplandecía poderoso y alegre. El polen de las plantas embriagaba con placer los olfatos de los presentes y la agradable brisa cruzaba la zona paleando la humedad del lugar y el calor. Era lo que podía llamarse un hermoso día en pro de comerciantes y compradores.
Se podía oír las conversaciones triviales de la gente que caminaba despreocupada, los vendedores cantando precios y productos, las risas de los niños y jóvenes. a medida caminabas también podían verse artistas entre los puestos de venta, haciéndose un pequeño hueco para hacer caricaturas a los turistas o fingir ser una estatua, todo por unas monedas que les permitiera comprar su desayuno. Diría que era una vergüenza estar entre esos artistas, pero la verdad es que a mi me gustaba entretener a la gente, ya no lo hacía por dinero, sino por poder calmar y amenizar la vida de la gente que me rodeaba, y si encima me lo querían agradecer con la voluntad, pues mira, ya podría comer ese día.
Me encontraba en uno de esos huecos del pasaje comercial, tocando una flauta de bambú algo vieja ya, pero emitiendo aún un sonido delicioso. Aquella musiquita que tocaba no era la mar de compleja, a decir verdad casi todo era improvisado, tan solo tocaba notas alegres que armonizaban entre si, pero nada que siguiera una partitura específica. Así era como yo tocaba, con el corazón y no la mente, pues el alma no mi alma se expresaba así. Algunos transeúntes me tiraban monedas, cuando lo hacía cambiaba el ritmo y la melodía de manera abrupta. A veces la canción era rápida, otras mas lentas.
Mi ropa habitual estaba sucia, claro, aunque procurara conservarla lo mejor posible, el tiempo y el vivir en la calle no ayudaba lo más mínimo a que su buen estado se conservase, pero no importaba, solo era ropa, no es que necesitase que fuera bonita o nueva, tan solo que cumpliera su función de vestirme. Mi pelo aunque se notaba que me lo lavaba en el río, no era el mas cuidado de la South blue, de eso no cabía la menor duda, pero tenía algo mucho mas radiante, mi sonrisa y mi expresión tranquila tocando aquel instrumento.
