03-08-2025, 12:39 PM
La vida pasaba y yo hacía de recadero. ¿Era lo que quería hacer con mi vida? Desde luego que no, pero uno tenía que ganarse el pan de la forma en que pudiera y no quería dar problemas a mi familia adoptiva metiéndome en líos por robar o lo que fuera. Tenía instintos que no se saciaban con un trabajo como aquel, que simplemente llevar cosas de un lado a otro no podía hacer desaparecer. Obviamente yo era dueño de mis propias acciones y podía sobreponerme a esos instintos si quería, no era un animal al fin y al cabo, por mucho aspecto de lobo que tuviera. Pero luchar contra esos instintos se sentía antinatural y forzado. Recordaba lo bien que me sentí cuando un bandido intentó atracarme y salió despavorido cuando vio que sabía defender mi vida. La emoción de esa persecución, la adrenalina por mis venas, el olor a miedo de aquel tipo… Había sido tan embriagador que casi lamenté el momento en el que finalmente lo atrapé ya en medio del bosque.
Me relamí recordando el sabor de su sangre salpicada en mi rostro mientras abría la puerta de la panadería. – Buenos días Kijiko. Traigo tu pedido de leche. Deberían ser cuarenta y dos botellas. Cuéntalas si quieres. – Le dije a la dueña del local, que se puso a contar las botellas en las cajas. No era muy complicado, había siete cajas y cada una contenía seis botellas. Mientras tanto aproveché para poner la tablilla que llevaba sobre la barra y rellenar datos en un papel. Marqué el pedido como entregado, puse mi firma, la fecha y hora y lo giré para que Kijiko lo firmara también cuando terminase de contar. Todavía iba por la mitad. Esas esperas insulsas y sin sentido eran lo mismo que volver al pasado y ver mi vida pasar por delante de mí sin hacer nada. Desesperantes. No era más que una espera de un par de minutos, pero yo me había prometido a mí mismo que viviría mi vida, no que la desperdiciaría. Y si sumabas esos dos minutos a lo largo de los años que me quedaban… podían ser días o semanas enteras. Un pequeño y débil gruñido desesperado escapó de mi garganta mientras trataba de controlarme y no zarandear a esa mujer desconfiada y decirle que aprendiera a multiplicar para no hacerme perder el tiempo todos los días.
Me relamí recordando el sabor de su sangre salpicada en mi rostro mientras abría la puerta de la panadería. – Buenos días Kijiko. Traigo tu pedido de leche. Deberían ser cuarenta y dos botellas. Cuéntalas si quieres. – Le dije a la dueña del local, que se puso a contar las botellas en las cajas. No era muy complicado, había siete cajas y cada una contenía seis botellas. Mientras tanto aproveché para poner la tablilla que llevaba sobre la barra y rellenar datos en un papel. Marqué el pedido como entregado, puse mi firma, la fecha y hora y lo giré para que Kijiko lo firmara también cuando terminase de contar. Todavía iba por la mitad. Esas esperas insulsas y sin sentido eran lo mismo que volver al pasado y ver mi vida pasar por delante de mí sin hacer nada. Desesperantes. No era más que una espera de un par de minutos, pero yo me había prometido a mí mismo que viviría mi vida, no que la desperdiciaría. Y si sumabas esos dos minutos a lo largo de los años que me quedaban… podían ser días o semanas enteras. Un pequeño y débil gruñido desesperado escapó de mi garganta mientras trataba de controlarme y no zarandear a esa mujer desconfiada y decirle que aprendiera a multiplicar para no hacerme perder el tiempo todos los días.
