03-08-2025, 05:33 PM
(Última modificación: 03-08-2025, 05:34 PM por Zhang Guolao.)
Zhang permaneció en el suelo por unos segundos, y no se inmutó al escuchar la voz. Sus patas descansaban sobre el suelo, reconectaban con todo aquello que lo hacía sentir animal, y era en esos momentos donde se sentía un poco más cerca de aquel mono salvaje que de la humanidad misma. —Hmmm... Las casualidades… bah. A veces son solo trampas del destino para que uno se tropiece con lo que tiene que vivir.— Sus palabras, fuertes pero tranquilas, de nuevo lo trasladaban a su pasado.
Aquel joven llamado Cao tenía una mentalidad un poco ajena a la vida misma, un alma sin hogar, un mundo sin sentido, una profundidad que erizaba el pelaje de Zhang. Recién entonces, con la lentitud propia de un sabio flojo, cerró su ojo y se encogió brevemente de hombros, giró el cuello lo suficiente para observarlo. Cao tenía algo extraño: una presencia cálida, olorosa, casi poética. Lo miró de arriba abajo, pestañeó con dificultad y alzó una ceja, la única que conservaba entera. —Hueles a vida… y juventud.— Y las palabras de aquel hombre semi desnudo eran ciertas. Algo en Zhang se sentía atraído por él, ¿su olor?
—Tus palabras son las de un hombre sabio. Por mi parte, soy solo un viejo karma que deambula por el mundo, aliviando penas del alma y del hueso.— Silencio, por su parte, continuaba agitado y su corazón corría a mil por hora. Sin embargo, en el resguardo cálido de su amo, poco a poco se fue acoplando a lo que sucedía. Y, si tal vez la curiosidad de un niño hablase, se acercó con torpeza a Cao y le extendió su pequeña mano, como pensando que se la habían extendido a su pequeño ser. —Al parecer, no solo es dulce… Hmmm.— Resopló con fuerza, y luego, con tranquilidad, inhaló el olor de ese cálido hombre.
—No soy de hablar mucho, joven. Pero me hiciste un cumplido, y los cumplidos no se desperdician a esta edad.— Extendió su mano y la apretó fuerte. —Zhang. Acompañante del tiempo. Curandero cuando me dejan, a veces, incluso cuando no. Soy un monton de errores andantes. Una bestia consciente, el resultado bueno o malo, del mundo mismo— Se rascó la oreja y luego dijo: —Y Silencio, mi mono. A veces mudo, a veces demonio… a veces, todo lo que necesito.— El chillido travieso del animal lo confirmó: Silencio saltó al regazo de Zhang, dejando un pequeño rastro de tierra, y comenzó a hurgar en uno de sus bolsillos.
Cao habló de nuevo, con esa voz limpia, sincera, de quien ha visto lo suficiente. Zhang asintió con lentitud, aún sin levantarse. Su pierna golpeó una vez más el suelo, marcando el ritmo del pensamiento. —Tienes buenos ojos, Cao. No por el color, sino porque no se te nublan con cosas inútiles. Me agrada eso.— Silencio se irguió, algo altanero. —No lo mires así.— Le dijo al mono con la dulzura de un padre, y continuó. —Cao, Silencio se hace el valiente, pero por dentro es un algodón. Yo lo encontré en una jaula, solo y necesitado, pero aprendió a andar mis pasos y a acompañar los últimos años de este vejestorio.
—Yo tampoco tengo mascotas —repitió, mientras le untaba un poco del ungüento sobre las patas al mono—. Hmmm. Yo tengo aliados. Amigos, familia, algunos peludos. Otros que solo viven en la cabeza.— Y sonrió, esta vez con la picardía de quien guarda un secreto. —Los peores son los que rebuznan sin permiso... pero esos también enseñan. - Refiriéndose a su burro interior.
Guardó el frasco y dejó que el silencio reinara por un momento. Solo el canto de las aves comenzaba a llenar el aire. —El mundo está hecho de encuentros que no pedimos. Y tú... hueles a uno interesante. Hmmm. Así que te haré caso. Quédate. Camina luego. Escucha más.— Le lanzó una mirada de reojo. —Te contaré. No de mí. Sino de lo que he visto. Porque si el mundo es una pelea entre bestias, alguien tiene que contar lo que no se ve. Y yo… soy bastante bueno mirando al mundo desde el suelo, desde aquí se ve el mundo sin mascaras.- Terminó estirando su mano hacia el suelo, invitándolo a su lado.
Aquel joven llamado Cao tenía una mentalidad un poco ajena a la vida misma, un alma sin hogar, un mundo sin sentido, una profundidad que erizaba el pelaje de Zhang. Recién entonces, con la lentitud propia de un sabio flojo, cerró su ojo y se encogió brevemente de hombros, giró el cuello lo suficiente para observarlo. Cao tenía algo extraño: una presencia cálida, olorosa, casi poética. Lo miró de arriba abajo, pestañeó con dificultad y alzó una ceja, la única que conservaba entera. —Hueles a vida… y juventud.— Y las palabras de aquel hombre semi desnudo eran ciertas. Algo en Zhang se sentía atraído por él, ¿su olor?
—Tus palabras son las de un hombre sabio. Por mi parte, soy solo un viejo karma que deambula por el mundo, aliviando penas del alma y del hueso.— Silencio, por su parte, continuaba agitado y su corazón corría a mil por hora. Sin embargo, en el resguardo cálido de su amo, poco a poco se fue acoplando a lo que sucedía. Y, si tal vez la curiosidad de un niño hablase, se acercó con torpeza a Cao y le extendió su pequeña mano, como pensando que se la habían extendido a su pequeño ser. —Al parecer, no solo es dulce… Hmmm.— Resopló con fuerza, y luego, con tranquilidad, inhaló el olor de ese cálido hombre.
—No soy de hablar mucho, joven. Pero me hiciste un cumplido, y los cumplidos no se desperdician a esta edad.— Extendió su mano y la apretó fuerte. —Zhang. Acompañante del tiempo. Curandero cuando me dejan, a veces, incluso cuando no. Soy un monton de errores andantes. Una bestia consciente, el resultado bueno o malo, del mundo mismo— Se rascó la oreja y luego dijo: —Y Silencio, mi mono. A veces mudo, a veces demonio… a veces, todo lo que necesito.— El chillido travieso del animal lo confirmó: Silencio saltó al regazo de Zhang, dejando un pequeño rastro de tierra, y comenzó a hurgar en uno de sus bolsillos.
Cao habló de nuevo, con esa voz limpia, sincera, de quien ha visto lo suficiente. Zhang asintió con lentitud, aún sin levantarse. Su pierna golpeó una vez más el suelo, marcando el ritmo del pensamiento. —Tienes buenos ojos, Cao. No por el color, sino porque no se te nublan con cosas inútiles. Me agrada eso.— Silencio se irguió, algo altanero. —No lo mires así.— Le dijo al mono con la dulzura de un padre, y continuó. —Cao, Silencio se hace el valiente, pero por dentro es un algodón. Yo lo encontré en una jaula, solo y necesitado, pero aprendió a andar mis pasos y a acompañar los últimos años de este vejestorio.
—Yo tampoco tengo mascotas —repitió, mientras le untaba un poco del ungüento sobre las patas al mono—. Hmmm. Yo tengo aliados. Amigos, familia, algunos peludos. Otros que solo viven en la cabeza.— Y sonrió, esta vez con la picardía de quien guarda un secreto. —Los peores son los que rebuznan sin permiso... pero esos también enseñan. - Refiriéndose a su burro interior.
Guardó el frasco y dejó que el silencio reinara por un momento. Solo el canto de las aves comenzaba a llenar el aire. —El mundo está hecho de encuentros que no pedimos. Y tú... hueles a uno interesante. Hmmm. Así que te haré caso. Quédate. Camina luego. Escucha más.— Le lanzó una mirada de reojo. —Te contaré. No de mí. Sino de lo que he visto. Porque si el mundo es una pelea entre bestias, alguien tiene que contar lo que no se ve. Y yo… soy bastante bueno mirando al mundo desde el suelo, desde aquí se ve el mundo sin mascaras.- Terminó estirando su mano hacia el suelo, invitándolo a su lado.
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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