05-08-2025, 11:12 AM
Las reacciones son de lo más variado. Algunos, escuchando sus instintos de supervivencia, huyen despavoridos tras el sonido del primer disparo. Otros, sin embargo, quedaron paralizados como estatuas. Y es que así deben sentir sus piernas en este momento, como si fuesen de piedra, pues permanecen rígidos ante este acto. Unos lo tacharían de valor, otros de osadía, muchos de locura. No solo levantar la voz contra la autoridad, sino también su arma. Y yo había ido aún más lejos, había llegado a disparar.
Los gritos de la gente acaban de darle forma al caos. Demasiados estímulos para las mentes llenas de adrenalina de los que forman parte de un tiroteo. Voces. Ecos. Gente corriendo. Otros tirando de sus seres queridos que han quedado petrificados. Y en el centro de todo, Yo.
Mi se encuentra paralizado por el dolor, su brazo sangrando tras el acierto de mi disparo. Por mi mente pasa la fugaz pregunta de si las heridas de Ronald serán demasiado graves o si necesitará una recuperación larga. También pienso en si hay algo de justicia en la herida al hombre que había hecho aquella atrocidad con el perro.
El perro. Continúa malherido en el suelo. No lo puedo abandonar.
Avanzo dos metros en dirección al animal, sin perder de vista a los dos marines, que asustados, piden clemencia. Corro a través de la gente, que ya se mezcla y choca unos con otros. Espero que tanta confusión me abra la puerta a mi posible huida.
Y en ese momento, lo escucho. La gente ha detenido su carrera. Y como las gotas de una tormenta que está por estallar, comienza. Primero suave, disperso. Golpes secos y lentos que parecen ir cogiendo velocidad poco a poco, como un tren que inicia su marcha. Más golpes se unen a los primeros, dejando que se desate la tormenta. Palmas. Palmas por todas partes. Vítores y silbidos, como los del tren que salía de la estación. Todo el mundo ha perdido el pánico y ahora se concentran en una ovación. Es... ¿por mi?
Sí, no hay duda. Están halagando mi acto heroico. Yo solo pretendía salvar a ese perro. Sin ser el centro de atención. No me gustan las multitudes. Siempre he estado acostumbrado a estar solo, comer solo, viajar solo... vivir solo. Desde hace mucho tiempo. Pero esto... se siente agradable. Una pequeña llama comienza a arder dentro de mi y reparte calor por mi pecho. Sin duda, no toda la gente es mala.
No puedo dejar de disfrutar de este aluvión de aplausos. Sonrío. Sonrió con un gesto como el que ha olvidado hacerlo. Una sonrisa que sale de dentro de mi. Me concentro en escuchar qué dicen la gente mientras aplaude y me hace feliz. No lo puedo evitar. Algunos se dicen entre ellos que salvé al perro. Otros que fui muy valiente al enfrentarme a un matón con tanta influencia. No son pocos los que destacan que acabé con una injusticia y que debería haber más gente así.
Ya no busco una salida. La calle no parece peligrosa por primera vez desde hace tiempo.
Los gritos de la gente acaban de darle forma al caos. Demasiados estímulos para las mentes llenas de adrenalina de los que forman parte de un tiroteo. Voces. Ecos. Gente corriendo. Otros tirando de sus seres queridos que han quedado petrificados. Y en el centro de todo, Yo.
Mi se encuentra paralizado por el dolor, su brazo sangrando tras el acierto de mi disparo. Por mi mente pasa la fugaz pregunta de si las heridas de Ronald serán demasiado graves o si necesitará una recuperación larga. También pienso en si hay algo de justicia en la herida al hombre que había hecho aquella atrocidad con el perro.
El perro. Continúa malherido en el suelo. No lo puedo abandonar.
Avanzo dos metros en dirección al animal, sin perder de vista a los dos marines, que asustados, piden clemencia. Corro a través de la gente, que ya se mezcla y choca unos con otros. Espero que tanta confusión me abra la puerta a mi posible huida.
Y en ese momento, lo escucho. La gente ha detenido su carrera. Y como las gotas de una tormenta que está por estallar, comienza. Primero suave, disperso. Golpes secos y lentos que parecen ir cogiendo velocidad poco a poco, como un tren que inicia su marcha. Más golpes se unen a los primeros, dejando que se desate la tormenta. Palmas. Palmas por todas partes. Vítores y silbidos, como los del tren que salía de la estación. Todo el mundo ha perdido el pánico y ahora se concentran en una ovación. Es... ¿por mi?
Sí, no hay duda. Están halagando mi acto heroico. Yo solo pretendía salvar a ese perro. Sin ser el centro de atención. No me gustan las multitudes. Siempre he estado acostumbrado a estar solo, comer solo, viajar solo... vivir solo. Desde hace mucho tiempo. Pero esto... se siente agradable. Una pequeña llama comienza a arder dentro de mi y reparte calor por mi pecho. Sin duda, no toda la gente es mala.
No puedo dejar de disfrutar de este aluvión de aplausos. Sonrío. Sonrió con un gesto como el que ha olvidado hacerlo. Una sonrisa que sale de dentro de mi. Me concentro en escuchar qué dicen la gente mientras aplaude y me hace feliz. No lo puedo evitar. Algunos se dicen entre ellos que salvé al perro. Otros que fui muy valiente al enfrentarme a un matón con tanta influencia. No son pocos los que destacan que acabé con una injusticia y que debería haber más gente así.
Ya no busco una salida. La calle no parece peligrosa por primera vez desde hace tiempo.
INfo
