06-08-2025, 11:16 PM
(Última modificación: 06-08-2025, 11:24 PM por Voz Seductora.)
Día 40 del año 16, Primavera - 09:40 a.m.
Reino Mogaro
Reino Mogaro
Lo sucedido hace casi dos años en el Archipiélago Sabaody, aquel frío día invernal en el que el infierno y la tierra se hicieron uno, había supuesto sin lugar a dudas un antes y un después para el devenir no sólo para el mundo en su conjunto, si no también para muchos de los individuos a nivel personal. Un gran ejemplo de esto último eran los llamados Toros Negros. A su llegada a la Isla Gyojin, ahora una nación soberana libre del yugo del Gobierno Mundial, este grupo de valientes revolucionarios fueron recibidos casi como héroes por los mismos Comandantes del Ejército Revolucionario. En especial su líder Kisuke Kageyama, de quien se decía que no sólo se había enfrentado a un almirante de la marina, si no que le había puesto en jaque obligándole a retirarse. Este suceso fue el que, sumado a la fama y creciente recompensas que se había labrado, propició que el antiguo pescador fuera nombrado Comandante de los Ejércitos del Oeste, ocupando el sillón que había dejado vacío la amada por todos Maggie Luxemburg tras su honorable muerte. Al igual que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, a los Toros Negros les fue encomendada una misión de suma importancia: Hallar el cuerpo de Gronn Warden, heredero del heróico revolucionario Marlin Warden, y llevarlo de vuelta a la Isla Gyojin para ser enterrado con honores.
Por mucho que la gente intente negarlo, hay algunos huecos que son difíciles de llenar, heridas que dan paso a cicatrices que nunca se van, odiosas comparaciones y expectativas inalcanzables. Todo esto cae como una losa sobre los hombros. Un enorme peso que amenaza con aplastarnos. Y uno de esos huecos era el que los Toros Negros tenían que llenar. El vacío que había dejado una de las personas más queridas de la revolución. Pero esa presión no es nada comparada con lo que una persona se puede llegar a ejercer a sí misma. Y cada cual tiene una forma diferente de lidiar con esa presión. El más mayor de los integrantes, aquel que portaba la misteriosa D en su nombre y que poseía las cualidades para ser un rey, decidió aislarse de sus compañeros con la única intención de ser más fuerte no solo física si no mentalmente. Mientras tanto, el líder del grupo y ahora Comandante de la Revolución, usuario de la Susu Susu no mi, se sumergía más y más en su trabajo. Rellenar papeleo, entrenar reclutas, y demás quehaceres que podría perfectamente haber delegado en alguien más pero que hacía con diligencia y gran esfuerzo. Ambos dieron lo mejor de sí, cada uno a su manera, para ser todavía mejores de lo que ya eran. Aunque tal vez se habían centrado demasiado en eso y habían descuidado algo importante, pues ninguno de los dos fue capaz de evitar que el Mariscal Ideale y Comilón partieran en una misión que supuso el final de sus vidas.
Pero, las brasas de una llama que se apaga pueden avivar otra llama. Es así como, tras la muerte del mariscal Zorak Ideale y del recluta Comilón McBacon, los Toros Negros dieron la bienvenida a dos nuevas promesas. El soldado Beto, un invidente monje de la legendaria tribu de los gigantes, y el capitán Oxxy Coon, quien tras codearse con dos piratas que terminaron uniéndose a las filas de los Piratas Mushoku, cuyo capitán había jurado acabar con los Toros Negros, había llegado hasta allí buscando a su viejo amigo Zorak. La unión de estos dos peculiares sujetos no solo había aportado al grupo un personal más que necesario o habilidades inéditas a la par que poderosas, si no también un nuevo y poderoso navío al que apodaron Grand Prix.
Pero la revolución no se hace en un día y cada día que pasa se traduce en más gente sufriendo. A diferencia de mucha otra gente, quien en su misma situación aprovecharía para buscar la gloria o hacer ver que están a la altura, el antiguo pescador parecía seguir un fin más noble, el de liberar a la gente de la opresión. Es por eso que, tan pronto como tuvo un mínimo indicio de lo que parecía estar sucediendo en el Reino Mogaro y sin dudarlo un instante, el comandante Kageyama comenzó con los preparativos para zarpar hacia aquella isla del Nuevo Mundo con la intención de investigar si era cierta la tiranía de su rey, y liberar al pueblo en caso de que así fuera. De esa forma, tan pronto recibieron la autorización, los cuatro integrantes de los Toros Negros ultimaron los preparativos y zarparon en el Grand Prix rumbo al Reino Mogaro, acompañados por cuatro camaradas del Ejército Revolucionario, quienes les ayudarían con su tapadera de científicos en su llegada al destino de su travesía.
Este día, al igual que aquel de hace casi dos años, marcaría un antes y un después quizás no en todo el mundo, pero sin duda en los cuatro integrantes de los Toros Negros, y en todos los habitantes del Reino Mogaro
¿Serían estos los libertadores que estaban esperando, o sería Kisuke Kageyama un nuevo amo con distinta correa?
Los graznidos de las gaviotas alertaron de la presencia de la isla a los tripulantes del Grand Prix, aquel majestuoso galeón que surcaba los mares del Nuevo Mundo, mostrando a todo el mundo su característico mascarón en forma de toro negro. Poco después de empezar a escuchar el sonido de las aves, los revolucionarios pudieron vislumbrar en el horizonte el lugar al que se dirigían. Una isla pequeña a la par que diversa, pues en cuanto ésta dejó de ser solo una silueta en la lejanía, los tripulantes pudieron vislumbrar numerosas montañas, así como bosques y playas.
El plan de los Toros Negros era claro: Hacerse pasar por científicos y pasar desapercibidos, si acaso eso era posible dadas las peculiaridades de sus miembros, para investigar la situación del reino y en caso necesario actuar para proteger a la gente. Por esa misma razón y con la única intención de guardar las apariencias, los cuatro revolucionarios que les acompañaban se disfrazaron de marineros, a la par que cambiaban las banderas del barco por unas falsas, simulando ser un servicio de transporte y escolta. Atracaron en el Pueblo Bayo, tal y como el comandante les indicó.
- ¿Se han asegurado de que tienen todas sus cosas, no? - preguntó a Kisuke el que se hacía pasar por el jefe, una vez hubieron desembarcado - Bueno, no se preocupen señores. Si se han olvidado cualquier cosa o necesitan que les llevemos a algún otro destino no duden en llamarnos. Por ser clientes habituales les haremos un descuento - se despidieron todos antes de zarpar nuevamente.
Si los Toros Negros habían estado demasiado ocupados recogiendo sus cosas mientras el barco llegaba hasta el embarcadero, una vez su preciado barco abandonó el muelle pudieron ver con más detenimiento el lugar al que habían llegado. Bayo se trataba de un pueblo relativamente grande, de en torno a un tercio de millar de habitantes, pues era un enclave pesquero y, al fin y al cabo, no estaba tan lejos de la capital. Las edificaciones eran por lo general construcciones de madera de una única planta, aunque cerca del muelle, en la que parecía ser la calle principal, se podían ver un par de edificios de dos plantas, también de madera. La gente, quien acostumbra a ir y venir debido a sus ajetreadas vidas, se había ido reuniendo cerca del muelle a medida que el navío se acercaba más y más a tierra. Si bien estaban acostumbrados a ver barcos de pesca zarpar y atracar a lo largo del día, los barcos de aquel tamaño eran realmente extraños debido a que todos los barcos mercantes y visitantes iban directamente a la capital. La emoción de los más jóvenes, quienes no habían podido más que soñar con una embarcación de tal magnitud creció más todavía al desembarcar los pasajeros, cada cual más alto que el anterior, siendo el invidente monje casi tan alto como los edificios más altos del pueblo. Si bien la gente comenzó a congregarse rápidamente cerca del muelle a la llegada de la voluminosa embarcación, se dispersaron con la misma rapidez en cuanto el barco se alejó un poco de la costa, pues la gran mayoría de ellos tenían trabajo que llevar a cabo, y no podían permitirse más que perder un momento, aunque posiblemente fuera la única vez en sus vidas que llegaran a ver algo igual.
Con la intención de levantar las menores sospechas posibles, el grupo se puso en movimiento. La calle principal, de más de doscientos metros de largo y doce de ancho, tenía diversas casas y tiendas a ambos lados, así como varias calles más estrechas que nacían desde ella. No distaba mucho de una calle normal, gente caminando por ambos lados, comprando cosas o simplemente amigos poniéndose al día acerca de los últimos sucesos que habían vivido. Si bien tampoco era lo ideal, pues lo ideal sería que nadie tuvieran que hacerlo, tampoco era extraño ver a algún que otra persona sin hogar pidiendo limosna, intentando de esa forma subsistir.
Mientras el grupo caminaba con relativa calma, pues a pesar de que parecía que no los habían reconocido nunca podían estar del todo seguros, un joven de unos catorce años, de un metro y medio de altura, se chocó de frente con el más mayor del grupo - Perdón, perdón, señor. No era mi intención, es solo que este me ha emp... - se disculpó efusivamente antes de girarse hacia su izquierda. Echó a correr entonces, alejándose del grupo - ¡Ven aquí! Ya verás como te pille la que te voy a dar - seguía gritando improperios a su amigo, persiguiendo a alguien que los revolucionarios no alcanzaban a ver.
Cuando el grupo se disponía a continuar su camino, el ahora científico Kageyama pudo percatarse, mientras veía al joven abandonar al calle principal mientras se metía en una más estrecha entre una frutería y una esquina en la que había un mendigo a treinta metros de distancia , de que lo que hasta hace nada podía parecer un simple e inocente chaval en realidad resultaba ser un ratero que le había robado una bolsa, y con ella practicamente todo su dinero.
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