07-08-2025, 11:28 AM
(Última modificación: 07-08-2025, 11:30 AM por Varoganchin.)
Continúo disfrutando de la ovación, que se cierra sobre mi como un abrazo cálido y protector. ¿Podría acostumbrarme a esto? Estoy acostumbrado a ser invisible para muchos, e inferior para otros tantos. Esta clase de reconocimiento es... ¿para mi? No soy más que un ladrón con amor por el arte. Sí supiesen a lo que me dedico seguramente no continuarían con sus aplausos.
Pero me hace sentir tan bien...
Poco a poco, los vítores van perdiendo fuerza, presencia. Dejan libre un espacio en el aire, como si se viesen obligados de dejar paso a algo más importante, algo de mayor calibre. Y así es. Viene de la misma dirección en la que se encuentra el Palacio Real. Algo como... Una melodía. No, son mujeres cantando. Traen consigo una canción que te atrapa. Pero no tengo tiempo de deleitarme con ella, ya que noto como el gentío va perdiendo fuelle. Los gritos de ánimo van siendo sustituidos por exclamaciones de sorpresa. La misma reacción que se tiene cuando ves que alguien va directo a recibir un gran golpe inevitable. La misma que paraliza la sangre, y el tiempo, un segundo antes de lo peor. Muy diferente a la reacción de impotencia y temor que tenía la gente al pasar junto a los dos marines que agredían al perro.
Noto revuelo más adelante. Sería más preciso decir que es movimiento, pues parece que la gente va abriendo paso a algo imponente, como sabiendo que no podrían detenerlo aunque no se apartasen. La misma oposición que ejercen las ramas en un bosque al paso firme de un oso. Un oso acompañado por una melodía que tira de tu cuerpo para ponerlo a bailar. Al menos, es lo que parece cuando veo que la gente no puede retener sus pies o caderas a pesar de la tensión.
El tumulto se abre ante mi para dejar paso a unas sombras que cortarían el aliento a cualquiera. Un hombre, alto y de piel oscura, vestido con la ropa de la marina. Sus músculos están tan desarrollados que hacen parecer que su piel, tersa y brillante, pueda estallar en cualquier momento. Las figuras que lo acompañan son 5 mujeres que cantan con un ritmo embriagador. Eran las causantes del hechizo que invitaba a bailar a la gente.
Pronto comienzan los comentarios: unos de asombro, que dejan claro la posición del marine como Contramaestre; otros que hablan de su poder; adulaciones sobre su aspecto físico o su forma de vestir, peculiar pese a ser marine; algunos se preguntan si viene a detenerme.
Entonces el hombre levanta una mano y todo se detiene. Ya no hay más cánticos ni adulaciones, ni siquiera se escucha ningún pie arrastrando por el empedrado al son de la música. El hombre se presenta como fan numero uno de Tucrow, pero no tengo tiempo para preguntarme quién es, porque rápido le pide explicaciones a uno de los marines, al que había mordido el perro.
—Señor Robingo, señor. Este animal descontrolado me ha mordido la pierna. Ronald me ha defendido y este... Dueño irresponsable, nos ha atacado armado por defendernos de su chucho con rabia y después a..
El contramaestre lo interrumpe y cambia al momento su postura. Sus ojos se clavan en mi de una manera que me hace sentir como si me volviese más pequeño a cada instante. Su gesto, confiado, deja ver que se sabe superior a mi, que no supondría ningún problema el detenerme allí mismo. Y entonces, me cuestiona si tengo algo que decir a mi favor. Su voz y su postura parecen amistosas, pero algo en él deja claro que zanjará el asunto allí mismo.
Mi pulso se acelera ante su presencia. Intento comenzar a hablar, pero la voz me tiembla. Respiro profundo y exhalo, como si el aire que sale por mi boca arrastrase todo ese nerviosismo. Vuelvo a guardar mi rifle, con la intención de dejar claras mis intenciones. Despacio, consciente de que un error puede tener malas consecuencias. Muy malas a juzgar por el aspecto del hombre y lo que comentaba nuestro público hacía unos instantes.
Pero me hace sentir tan bien...
Poco a poco, los vítores van perdiendo fuerza, presencia. Dejan libre un espacio en el aire, como si se viesen obligados de dejar paso a algo más importante, algo de mayor calibre. Y así es. Viene de la misma dirección en la que se encuentra el Palacio Real. Algo como... Una melodía. No, son mujeres cantando. Traen consigo una canción que te atrapa. Pero no tengo tiempo de deleitarme con ella, ya que noto como el gentío va perdiendo fuelle. Los gritos de ánimo van siendo sustituidos por exclamaciones de sorpresa. La misma reacción que se tiene cuando ves que alguien va directo a recibir un gran golpe inevitable. La misma que paraliza la sangre, y el tiempo, un segundo antes de lo peor. Muy diferente a la reacción de impotencia y temor que tenía la gente al pasar junto a los dos marines que agredían al perro.
Noto revuelo más adelante. Sería más preciso decir que es movimiento, pues parece que la gente va abriendo paso a algo imponente, como sabiendo que no podrían detenerlo aunque no se apartasen. La misma oposición que ejercen las ramas en un bosque al paso firme de un oso. Un oso acompañado por una melodía que tira de tu cuerpo para ponerlo a bailar. Al menos, es lo que parece cuando veo que la gente no puede retener sus pies o caderas a pesar de la tensión.
El tumulto se abre ante mi para dejar paso a unas sombras que cortarían el aliento a cualquiera. Un hombre, alto y de piel oscura, vestido con la ropa de la marina. Sus músculos están tan desarrollados que hacen parecer que su piel, tersa y brillante, pueda estallar en cualquier momento. Las figuras que lo acompañan son 5 mujeres que cantan con un ritmo embriagador. Eran las causantes del hechizo que invitaba a bailar a la gente.
Pronto comienzan los comentarios: unos de asombro, que dejan claro la posición del marine como Contramaestre; otros que hablan de su poder; adulaciones sobre su aspecto físico o su forma de vestir, peculiar pese a ser marine; algunos se preguntan si viene a detenerme.
Entonces el hombre levanta una mano y todo se detiene. Ya no hay más cánticos ni adulaciones, ni siquiera se escucha ningún pie arrastrando por el empedrado al son de la música. El hombre se presenta como fan numero uno de Tucrow, pero no tengo tiempo para preguntarme quién es, porque rápido le pide explicaciones a uno de los marines, al que había mordido el perro.
—Señor Robingo, señor. Este animal descontrolado me ha mordido la pierna. Ronald me ha defendido y este... Dueño irresponsable, nos ha atacado armado por defendernos de su chucho con rabia y después a..
El contramaestre lo interrumpe y cambia al momento su postura. Sus ojos se clavan en mi de una manera que me hace sentir como si me volviese más pequeño a cada instante. Su gesto, confiado, deja ver que se sabe superior a mi, que no supondría ningún problema el detenerme allí mismo. Y entonces, me cuestiona si tengo algo que decir a mi favor. Su voz y su postura parecen amistosas, pero algo en él deja claro que zanjará el asunto allí mismo.
Mi pulso se acelera ante su presencia. Intento comenzar a hablar, pero la voz me tiembla. Respiro profundo y exhalo, como si el aire que sale por mi boca arrastrase todo ese nerviosismo. Vuelvo a guardar mi rifle, con la intención de dejar claras mis intenciones. Despacio, consciente de que un error puede tener malas consecuencias. Muy malas a juzgar por el aspecto del hombre y lo que comentaba nuestro público hacía unos instantes.
—Disculpe, señor... Robingo. Lo que dice este hombre no es del todo cierto. Yo no soy el dueño de este perro —digo con tono pausado—. Yo solo estaba en esta calle cuando escuché alboroto. Al acercarme, vi como uno de sus hombres pateaba sin piedad a este pobre perro —señalo al perro que sigue malherido en el suelo—. Mire en qué estado ha quedado.
Las fuerzas corren por mis venas y me siento con más valor que antes. El hombre sigue intimidándome, pero siento que la verdad tiene que ser dicha. Aunque pueda salpicarme, Ronald debe pagar por lo que ha hecho.
—Yo les llamé la atención. Tal vez mis formas no fueron adecuadas, pero no podía soportar ver un golpe más. Después, ese hombre sacó su arma y me disparó —digo apuntando con mi dedo a Ronald—. Por suerte pude esquivar el tiro. Intenté responder a su ataque evitando grandes daños, pero no se si lo he conseguido. Entenderé cualquier consecuencia de mis actos, pero estoy seguro de que un hombre justo, como un Contramaestre de la marina, será capaz de aplicar un castigo sobre una conducta tan poco apropiada como la de su hombre. Sí, eso es. Me apuesto 10 Berries con usted a que esa actitud no está permitida en la marina.
Permanezco mirando al contralmirante Robingo, expectante sobre su decisión, Sabedor de que mis actos pueden llevarme a estar entre rejas, o, aún peor, traerme problemas con el jefe Reena.
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