Era de noche; las luces del poblado más lejano en la zona Sur de Sorbet iluminaban sus calles. Eran pequeñas farolas con velas y aceite en los pórticos de las casas. Las calles se cubrían poco a poco de fango mientras la lluvia tenue se cernía sobre el poblado como una cortina. Mal presagio.
Las nubes negras se cernieron sobre el poblado como la mano gigantesca de Dios y la tormenta pronto comenzó a hacerse presente. Rayos y centellas; un trueno sonó tan fuerte que cualquiera pudo haberse quedado sordo durante al menos un segundo.
Se colocó la cabeza de lobo como capucha, cubriéndose la mayor parte del cuerpo. Desde lejos, Lan se veía como si fuera una criatura feral, a la orilla del bosque y andando entre arbustos, balanceándose entre ramas y caminando como si acechara en la oscuridad, hasta que finalmente salió de entre los arbustos que daban al bosque más cercano y miró hacia el cielo, apartando con la mano una rama para pasar debajo de ella ágilmente y llegar finalmente al poblado.
La mujer avanzó con premura; estar en el bosque durante una tormenta sin refugio no era muy buena idea. Se adentró en el poblado, viendo cómo los aldeanos se guardaban dentro de sus casas y apagaban las linternas, oscureciendo a su paso la calle.
Llegó hasta un local de huéspedes que tenía un letrero en la entrada con el precio de cobro por noche. Tocó entonces tres veces y la puerta corrediza se abrió para ella. Dentro había un piso caliente y una chimenea; el olor a comida le revolvió el estómago. Tenía hambre, y pudo ver una pila de leña amontonada junto a los galones de aceite para mantener velas y candiles encendidos.
La anciana le dio un vistazo sin esperar a que Lan se presentara a sí misma, y compuso una mueca horrible al ver hacia arriba y distinguir la cabeza de lobo rojo justo cuando un rayo iluminaba la espalda de la mujer, proyectando su sombra dentro del salón de huéspedes. La anciana miró los pies de la mujer y entonces volvió a mirar hacia arriba, fastidiada.
—¿Tienes dinero para pagar una noche aquí, vagabundo? —el tono de la mujer hizo que Lan sonriera desde debajo de la piel de lobo.
Esa señora había pasado por mucho, se le veía en la cara, y eso hizo que Lan no se lo tomara personal. Sacó la bolsa de cuero que llevaba con los últimos berries que se permitiría gastar en un refugio. Sacó varias monedas y las colocó en la mano de la anciana mientras se ponía en cuclillas, para estar cara a cara con ella, destapándose la cabeza, echando el manto de lobo hacia atrás y revelando sus facciones.
—¿Es suficiente para una noche y comida? —preguntó, mirando fijamente a la mujer, quien quedó muda ante la revelación, pero solo por un momento.
—¡Ja! Resultó que eres mujer… ¿lo eres? —preguntó, pero Lan no se inmutó y se puso de pie de nuevo. Sonrió satisfecha.
—Siéntate cerca de la puerta, no quiero que mojes el suelo. Límpiate los pies antes de entrar, te traeré agua caliente —dijo la anciana y desapareció tras la puerta, dejándola abierta para que ella pudiera pasar al pórtico y dejar de mojarse.
Aquello era algo que no podía despreciar.
En algún lugar del hostal, el viento azotó una puerta corrediza y un trueno hizo vibrar las ventanas. Una de las farolas se desplomó con estrépito, y un olor distinto al de la leña empezó a colarse por las rendijas.
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