12-08-2025, 01:40 PM
Krysser permaneció inmóvil entre la maleza, un espectro en medio del verde, sin apartar la vista del lunarian. Cada movimiento de aquel extraño quedaba registrado en su mente, pero principalmente le llamó la atención la manera relajada con la que se sentaba, los gestos lentos que parecían confiar demasiado en la aparente calma del claro. No parecía tener experiencia como explorador, además, debía llevar poco tiempo en la isla.
El mink no apartaba la vista, analizando con paciencia depredadora, por eso no se le escapó el brillo metálico cuando el forastero sacó su arma. La hizo girar entre los dedos, no como un hombre en guardia, sino como alguien sumido en pensamientos lejanos. Y entonces, las palabras rompieron el silencio.
-Necesito compañeros fuertes... -Murmuró el lunarian. Aquello era algo que el felino había pensado muchas veces antes, por eso podía comprender al tirador. Una persona fuerte que te cubra la espalda y en la que poder confiar, alguien que formara parte de tu manada, que fuera lo que la gente llamaba "amigo". Un pensamiento idílico, tal vez, pero lo suficiente atractivo para luchar por cumplirlo.
El cuerpo de Krysser se tensó, y en un solo instante abandonó su escondite. El felino emergió de la espesura como un relámpago, desdibujando la distancia en apenas unos pasos. La maleza crujió apenas un susurro antes de que estuviera ya junto a su objetivo. La velocidad era tal que cualquier reacción del desconocido, ensimismado y distraído, llegaría sin duda tarde.
Se inclinó ligeramente, lo bastante cerca como para que su voz baja y grave se impusiera al murmullo del bosque.
-En la jungla, bajar la guardia es una forma rápida de acabar muerto. -Dijo, con un tono más de advertencia que de amenaza. Sus ojos dorados escrutaban al lunarian con intensidad, y no tardó en calmar su posible preocupación al desvelar sus intenciones con una afirmación más. -Tienes razón. Sin duda, necesitas compañeros. Y no eres el único.
Krysser ladeó la cabeza, posando su mirada en un instante hacia el arma que descansaba en las manos del forastero. La forma, el equilibrio, el desgaste del metal. Todo gritaba que no era un arma cualquiera ni un adorno.
-Eres un tirador. -Afirmó sin dejar lugar a dudas, como si fuera un hecho evidente. -Dime… ¿Por qué razón empuñas un arma?
La pregunta no sonaba como una simple curiosidad; había un filo en su voz, como si la respuesta fuese una pieza crucial para decidir si este encuentro terminaría con un aliado o con un enemigo más en aquella selva.
El mink no apartaba la vista, analizando con paciencia depredadora, por eso no se le escapó el brillo metálico cuando el forastero sacó su arma. La hizo girar entre los dedos, no como un hombre en guardia, sino como alguien sumido en pensamientos lejanos. Y entonces, las palabras rompieron el silencio.
-Necesito compañeros fuertes... -Murmuró el lunarian. Aquello era algo que el felino había pensado muchas veces antes, por eso podía comprender al tirador. Una persona fuerte que te cubra la espalda y en la que poder confiar, alguien que formara parte de tu manada, que fuera lo que la gente llamaba "amigo". Un pensamiento idílico, tal vez, pero lo suficiente atractivo para luchar por cumplirlo.
El cuerpo de Krysser se tensó, y en un solo instante abandonó su escondite. El felino emergió de la espesura como un relámpago, desdibujando la distancia en apenas unos pasos. La maleza crujió apenas un susurro antes de que estuviera ya junto a su objetivo. La velocidad era tal que cualquier reacción del desconocido, ensimismado y distraído, llegaría sin duda tarde.
Se inclinó ligeramente, lo bastante cerca como para que su voz baja y grave se impusiera al murmullo del bosque.
-En la jungla, bajar la guardia es una forma rápida de acabar muerto. -Dijo, con un tono más de advertencia que de amenaza. Sus ojos dorados escrutaban al lunarian con intensidad, y no tardó en calmar su posible preocupación al desvelar sus intenciones con una afirmación más. -Tienes razón. Sin duda, necesitas compañeros. Y no eres el único.
Krysser ladeó la cabeza, posando su mirada en un instante hacia el arma que descansaba en las manos del forastero. La forma, el equilibrio, el desgaste del metal. Todo gritaba que no era un arma cualquiera ni un adorno.
-Eres un tirador. -Afirmó sin dejar lugar a dudas, como si fuera un hecho evidente. -Dime… ¿Por qué razón empuñas un arma?
La pregunta no sonaba como una simple curiosidad; había un filo en su voz, como si la respuesta fuese una pieza crucial para decidir si este encuentro terminaría con un aliado o con un enemigo más en aquella selva.
