13-08-2025, 10:54 AM
Cuando Sam entró al salón encontró de frente al señor de la casa, en un sillón individual que se rodeaba de sofás de amplia longitud. El tapizado de estos era de un color rojo brillante adornado en las costuras con lo que parecía hilo de oro. En la pared de su derecha un gran cuadro de 3 metros de alto por 2 de ancho mostraba a Maratush en su días pasados, la figura era esbelta los cabellos dorados y el hombre que alguna vez aquel anciano había sido se mostraba con una posición de seguridad y de grandeza. Enfrente de ellos 6 ventanales con vidrieras de colores daban luz y claridad a la estancia, llegando incluso a cegar al mink en algunas posiciones, al lado izquierdo unos grandes estantes repletos de libros de todo tipo de índole se levantaba hasta el techo, el cual, mostraba vigas que le daban profundidad de las que colgaban lámparas ornamentadas que daban a la estancia el broche final al lujo que se respiraba de ella.
Ante la presentación de Sam Bernand un suspiro cansado se escapó de la boca del Maratush, el cual en contraposición a su cuadro ahora estaba encogido en su sillón, un chape sobresalía en su espalda, su pelo, ahora de colores canos ya no era tan abundante, per aún así, era largo cayendo en cascada sobre sus hombros. Sus ojos se ocultaban pequeños tras unas gafas, su nariz marcaba estrías por la edad y su rostro estaba completamente repleto de arrugas. Sus manos apoyadas sobre el reposabrazos temblaban incluso con la ayuda de los mismos y sus piernas colgaban si llegar al suelo, de manera diagonal. Un gotero infundía alguna especie de líquido que hacía más llevadores sus dolores, pero aún así, la imagen de ese hombre era la de alguien que pronto pasaría a mejor vida.
- Oh que educado - le contestó su anfitrión con una voz apagada y cansada - muchas gracias joven. Necesito de los servicios de alguien de fuera de mi casa. Mis 14 hijos están peleándose en vida por mi cadáver... Ay si mi querida Silibi los viera, que decepción se llevaría, nosotros le hemos dado una educación mucho mejor - Se revolvió en su asiento y con movimientos lentos sacó de un compartimento del lado derecho una carta - Esto - dijo mientras la levantaba el papel temblaba como si un terremoto asolará la mansión - es mi testamento. Esta sellado por mi sello personal, nadie más en el mundo tiene un sello para el lacre con esta forma. Si se rompe o abre antes de que llegue a mi notario, perderá toda la validez que tiene este escrito. Me he esforzado en inculcar a mis pequeños la igualdad, que la posición aventajada de la que disponemos es para ayudar a los desfavorecidos, que el señor nos dio todo este dinero para hacer el bien y no para el egoísmo... Pero parece que no han aprendido nada. Por eso, entregaré esta fortuna y este hogar a una administración que quedará al nombre de todos ellos y que tiene como objetivo ayudar a la zona sur de la ciudad, dar comida a los mendigos, rehabilitar sus calles, producir un cambio, solo dispondrán de nuestras riquezas si trabajan para mi causa, si no, se quedarán sin nada. Sé muy bien que tu travesía hasta el notario será peligros chico, no todos mis muchachos están de acuerdo con mi decisión, por eso estoy solo en mis últimos días de vida. Por favor, hazle el favor a este alma anciana y entrega esta carta. Todo por un mundo mejor - Dejo un momento de silencio como si aquel monólogo hubiera agotado las pocas energías que le quedaban.
- Por favor... - La voz del mayordomo sonó preocupada, como si aquel hombre no cuidara de su jefe por trabajo si no por devoción, como si las palabras de aquel anciano fueran la luz entre la sombra del egoísmo del mundo. Dio dos pasos prestos y con toda la delicadeza del mundo agarró la carta para entregársela a Sam Bernard - Deberás llegar a la Plaza Principal y entregar esta cara al Notario Buenavista, esta a 2 km de aquí. Ten cuidado, se muy bien de lo que son capaces esos bribones, tendrás que ser más listo que ellos. Ayude a mi señor, por todas las veces que él ha ayudado a los demás - dijo Alfred clavando sus ojos en Sam, en su mirada se podía ver la pureza de la bondad, la resistencia de la justicia, aquella misión era un grano de arena en una isla completamente perversa.
Ante la presentación de Sam Bernand un suspiro cansado se escapó de la boca del Maratush, el cual en contraposición a su cuadro ahora estaba encogido en su sillón, un chape sobresalía en su espalda, su pelo, ahora de colores canos ya no era tan abundante, per aún así, era largo cayendo en cascada sobre sus hombros. Sus ojos se ocultaban pequeños tras unas gafas, su nariz marcaba estrías por la edad y su rostro estaba completamente repleto de arrugas. Sus manos apoyadas sobre el reposabrazos temblaban incluso con la ayuda de los mismos y sus piernas colgaban si llegar al suelo, de manera diagonal. Un gotero infundía alguna especie de líquido que hacía más llevadores sus dolores, pero aún así, la imagen de ese hombre era la de alguien que pronto pasaría a mejor vida.
- Oh que educado - le contestó su anfitrión con una voz apagada y cansada - muchas gracias joven. Necesito de los servicios de alguien de fuera de mi casa. Mis 14 hijos están peleándose en vida por mi cadáver... Ay si mi querida Silibi los viera, que decepción se llevaría, nosotros le hemos dado una educación mucho mejor - Se revolvió en su asiento y con movimientos lentos sacó de un compartimento del lado derecho una carta - Esto - dijo mientras la levantaba el papel temblaba como si un terremoto asolará la mansión - es mi testamento. Esta sellado por mi sello personal, nadie más en el mundo tiene un sello para el lacre con esta forma. Si se rompe o abre antes de que llegue a mi notario, perderá toda la validez que tiene este escrito. Me he esforzado en inculcar a mis pequeños la igualdad, que la posición aventajada de la que disponemos es para ayudar a los desfavorecidos, que el señor nos dio todo este dinero para hacer el bien y no para el egoísmo... Pero parece que no han aprendido nada. Por eso, entregaré esta fortuna y este hogar a una administración que quedará al nombre de todos ellos y que tiene como objetivo ayudar a la zona sur de la ciudad, dar comida a los mendigos, rehabilitar sus calles, producir un cambio, solo dispondrán de nuestras riquezas si trabajan para mi causa, si no, se quedarán sin nada. Sé muy bien que tu travesía hasta el notario será peligros chico, no todos mis muchachos están de acuerdo con mi decisión, por eso estoy solo en mis últimos días de vida. Por favor, hazle el favor a este alma anciana y entrega esta carta. Todo por un mundo mejor - Dejo un momento de silencio como si aquel monólogo hubiera agotado las pocas energías que le quedaban.
- Por favor... - La voz del mayordomo sonó preocupada, como si aquel hombre no cuidara de su jefe por trabajo si no por devoción, como si las palabras de aquel anciano fueran la luz entre la sombra del egoísmo del mundo. Dio dos pasos prestos y con toda la delicadeza del mundo agarró la carta para entregársela a Sam Bernard - Deberás llegar a la Plaza Principal y entregar esta cara al Notario Buenavista, esta a 2 km de aquí. Ten cuidado, se muy bien de lo que son capaces esos bribones, tendrás que ser más listo que ellos. Ayude a mi señor, por todas las veces que él ha ayudado a los demás - dijo Alfred clavando sus ojos en Sam, en su mirada se podía ver la pureza de la bondad, la resistencia de la justicia, aquella misión era un grano de arena en una isla completamente perversa.
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