[FIC][Pasado] Las agujas
#1
Día 14 de Verano // Año 11

El sudor corría bajo el pelaje de Varo. Las cigarras cantaban con un son incesante, como si estuvieran rezando a los dioses por algo de tregua con el calor. El verano había llegado con fuerza aquel año y solo las escapadas del mink a la selva Anozama le permitían estar a salvo de la luz ajusticiadora del sol. El viento, escaso, soplaba en ráfagas desagradables, cálidas, como si un volcán exhalase desde lo más profundo. Varo, caluroso por naturaleza, caminaba con la camisa abierta y usaba su sombrero a modo de abanico. Siempre había apreciado su pelaje, pero en aquellos días hubiese dado cualquier cosa por abandonar su abrigo natural y que el aire refrescase su piel.

Ante él, una de las guaridas de la familia Reena. Nada de edificios imponentes, ni grandes sucursales, no. Para alguien de su reputación dentro de la banda estaba prohibido el acceso a la residencia de Destrutore. Para él, bastaba con la trastienda de algún bar o algún local abandonado cuyo acceso se encontraba en el más hediondo de los callejones. Allí debía hacer las entregas de sus encargos, robos de poca monta; algún marco centenario o si tenía suerte algún anillo engarzado. La confianza en su fidelidad no era suficiente como para darle trabajos que pudieran llamar la atención. Así funcionaba la familia Reena: discreción y volar bajo, es lo que siempre le repetían.

Accedió al bar. Las ventanas dejaban filtrar una tenue luz, que hacía más deprimente aún la estampa de los fieles parroquianos de aquel tugurio. Las mesas, llenas de jarras de cerveza a medio beber y cáscaras de frutos secos que rodaban hasta el suelo, abarrotaban la sala. La barra, aunque más luminosa, no mejoraba la presencia del local. El camarero, siempre con cara de pocos amigos, se dejaba caer detrás de una barra mugrienta, de las que sabes que puedes dejar algo sobre ella, pero no si vas a poder despegarlo. Y eso parecía haberle pasado a alguno de los feligreses que allí se encontraban, ya que tenían la cara sobre ella y parecían ser incapaces de levantarse.

Varo inclinó la cabeza en señal de saludo hacia el tabernero, el cual, sin cambiar su gesto de desagrado, contestó con un ademán de cabeza concediendo permiso al mink para que accediese, de manera discreta a la parte trasera del local. Tras esto, permaneció de pie secando una jarra con un trapo que parecía llevar muchos kilómetros de vidrio limpiados ya. El mink cruzó un pasillo, oscuro y lleno de cajas. Siempre le sorprendía el olor a baños públicos de aquel pasillo, aunque viendo el estado de los clientes, no le sorprendería que más de uno se hubiese confundido. Esquivó el último de los bultos, intentando no rozarse mucho con nada, incluida la pared y llegó hasta una puerta de madera bien oculta. Giró el pomo, pensando en cuanto debería frotar su mano si pretendía no enfermar, y abrió la puerta despacio, con calma. Asomó la cabeza para encontrar, como era costumbre, a Brakko tras el cañón de su arma, listo para disparar a cualquier intruso.

—¡Ah, vaya! Pero si eres tú. Vamos a tener que ponerle un cascabel a este perro si no queremos que nos de estos sustos, ¿eh, chicos! —rio en tono de burla.

—Traigo lo que me solicitasteis —contestó Varo, con el orgullo herido por la referencia a llamarlo animal, mientras lanzaba un pequeño saquito sobre la mesa llena de cartas—. Dadme mi recompensa. No quiero estar demasiado tiempo en este tugurio. Podría enfermar.

—Veamos... —Brakko tomó la bolsa y comenzó a revisar el contenido—. Jajaja. Hay que tener cuidado con la rata. Tiene unas buenas manos largas.

Varo se tensó de nuevo, apretó su mandíbula y dio un paso hacia el grupo de maleantes. Brakko volvió a apuntarlo con su arma mientras reía amenazante.

—Cuida lo que haces, chucho. No querrás salir con algún agujero de más, ¿verdad? 

Varo apretó sus puños, sus nudillos blancos de la presión. Pero dio un paso atrás.

—Así me gusta. Buen chico. Jajajaj —se jactó—. Además, ¿qué pretendes hacer contra nosotros? —Brakko hizo un gesto amplio con la mano, señalando a sus compañeros. Todos ellos iban armados. No con pistolas, no. Cada uno parecía estar especializado en un tipo de arma: el que llevaba katanas, otro con puños americanos, otro con un garrote lleno de púas...

—Yo no pienso llevar armas tan burdas. Las espadas no son para mi. Prefiero algo más... sutil.


Brakko lanzó una bolsa con monedas al mink y comenzaron con sus burlas de nuevo. Varo metió la bolsa en su bolsillo y se marchó sin mediar palabra, aún sintiéndose herido por sus comparaciones con animales, él sabía que no podía enfrentarse a ellos. No por el momento. No sin un arma.

Volvió a su taller, donde trabajaba restaurando algunas piezas de mobiliario antiguo que robaban los hombres de Reena. Hoy su trabajo se limitaría a reparar un gastado sillón. Ya casi había finalizado sus tareas. Había pasado días lijando la madera de las patas para esconder arañazos y levantar el barniz viejo. Luego se dedicó a devolver los tallados a su estado original. Rearmado el armazón, colocó un nuevo relleno, para que volviese a ser tan confortable como lo había sido en sus mejores días. Ahora solo le faltaba una tarea. Volver a coser el cuero que cubría asiento y respaldo. 

Tensó con fuerza la curtida piel y clavó una de sus agujas. Con fuerza, con firmeza. Pero el cuero estaba duro. Cada puntada le costaba más que la anterior, ya que en algunas zonas, la punta se deslizaba por la piel y no llegaba a atravesarlo. Preparó una nueva puntada, no entraba. Empujó con más fuerza, tanta que cuando la aguja consiguió perforar el material, lo hizo sin control. Avanzando como una flecha por el cielo, hasta llegar a su dedo. Se clavó arañando su piel y rasgando la carne. La sangre comenzó a brotar de su dedo, que salió corriendo hacia la boca, en un gesto instintivo de curación. Y lo vio.

Varo permaneció mirando la herida de su dedo un instante. Sus agujas fueron hechas con la intención de perforar piel. Sí, piel curtida y tratada. Para remendar prendas y muebles. Pero el cuero era mucho más duro que la piel de cualquier persona. Tal vez...

Cogió su aguja y la lanzó con fuerza contra un tablón de madera vieja que tenía en el taller. La aguja se clavó. No atravesó la madera, ni mucho menos. Pero sí que perforó la tabla lo suficiente como para saber que causaría daños al impactar en determinadas zonas de un enemigo. Recogió su aguja y lo supo. 

Ya tenía un arma.
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[FIC][Pasado] Las agujas - por Varoganchin - 25-08-2025, 11:59 AM

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