14-08-2025, 01:02 PM
Continúo mi huida entre los viñedos. Las ramas secas no me aportan nada de lo que ando buscando: ni producen mucha sombra, ni mucho menos uvas. Avanzo agazapado, como un animal que persigue una presa, solo que en este caso o yo soy la presa, o la presa es la libertad. Por más árboles que dejo atrás, no me alejo lo suficiente de los guardias que me persiguen. No, sería más correcto decir que no me alejo tanto como me gustaría. Corro veloz. Una viña. Dos. Tres. Tomo distancia con los guardias. Pese a oír como maldicen y me amenazan, ya no puedo verlos al mirar atrás. Parecen furiosos, tanto que discuten entre ellos. No puedo dejar que me atrapen. No quiero ser la diana de toda esa rabia cuando salga disparada. Peor aún, si me atrapan acabaré siendo una piñata en manos de un niño sádico que cumple años a diario; Destrutore Reena.
Dejo el viñedo atrás. La ciudad se abre ante mi, como una esperanza, que no deja de estar llena de amenazas. Una calle amplia me marca el camino al puerto, lo he recorrido una y mil veces para realizar encargos de Reena. Si corro por ella no tardaría en llegar al embarcadero, el cual creo que es mi mejor opción para huir de aquí. No puedo permanecer en esta isla por más tiempo si quiero seguir respirando. O al menos si quiero conservar todas las extremidades. Ya he visto de lo que son capaces la familia y sus secuaces.
La avenida está bien iluminada, tanto que parece un camino pintado con luz para guiarme a mi destino. O tal vez sea como la lámpara de un pez abisal, que ilumina las profundidades para atraer hacia su boca a los incautos pececillos. Esta calle es sin duda el camino más rápido, pero no siempre ir más rápido es la mejor opción. Estaré muy expuesto, y aunque haya dejado atrás a los matones de Reena, puedo estar seguro de que no cesarán en su empeño por encontrarme y así poder ofrecerme como recompensa ante el jefe. ¿Quién sabe que podría llegar a darles por atrapar al único rebelde desde que tengo conocimiento de la banda?
Aparto mi mirada de la calle, buscando más opciones. Mis ojos, deslumbrados por tanta claridad, se adaptan para ver un nuevo camino. Uno mucho más adecuado a mis necesidades, en el que sin duda, me encontraría mucho más cómodo. Un callejón oscuro. Lleno de sombras y recovecos. Algo donde un amante del subterfugio, como yo, se encontraría como en casa. Veo un contenedor de basura. No parece tener nada en su interior y, pese a lo que me repugna la idea, podría se un buen escondite hasta que amaine el temporal. Podría esperar a que los guardias se marchasen a buscar a otro lado y entonces largarme de aquí. No, creo que no es buena idea. Si me demoro demasiado, seguro que Reena llena el puerto de hombres para evitar mi huida. Además, veo una sombra echada entre cartones. Un mendigo. Un testigo. Alguien que podría indicarles donde me escondo a cambio de un puñado de berries. No, definitivamente no es mi opción.
Sigo buscando. Noto mi pulso acelerado, que parece estar combatiendo con los rugidos de mi estómago por ver cual de los dos llena mi cabeza de más ruido. Me giro. A mi izquierda, una nueva posibilidad. Una puerta. Asomo mi cabeza para descubrir un pasillo con una luz al fondo. La iluminación viene de de la planta superior. La luz viene acompañada de un ruido familiar. El ruido que produce un gran grupo de personas bebiendo y bailando. Pienso si esa sería una buena opción para mi. Habrá demasiada gente y eso es algo que detesto. El contacto con los demás... No, gracias. Pero no tengo muchas más opciones. Además, el bullicio y gentío pueden ser mi mejor disfraz ahora mismo.
Me adentro por la puerta y avanzo cuidadoso hacia las escaleras. Aprovecho las sombras para observar oculto qué me trae la escena más arriba. Luces de neón y tumulto. Sin duda se trata de un local clandestino. Al menos se que estaré rodeado de gente que quiere tener tan lejos de sí a la autoridad como yo. Subo los escalones con decisión, como aquel que sabe dónde va. Avanzo hasta la puerta y llamo para entrar, mi mirada hacia el suelo, con la intención de mantener oculta mi cara gracias al sombrero. La puerta se abre y puedo sentir la música golpeando mi pecho. Una voz me gruñe urgiéndome a pasar rápido. Obedezco sin rechistar y me cuelo en el local.
Decido avanzar sin llamar la atención. No me dirijo al centro de la pista, pero tampoco voy pegado a la pared. Pretendo ser uno más y me deslizo entre la gente intentando no rozarme demasiado. El aire huele a una mezcla de tabaco y sudor poco recomendable como ambientador. Veo la gente bailando, bebiendo y gritando. Debo estar atento a cualquier movimiento sospechoso, pero, por el momento, me siento oculto.
Dejo el viñedo atrás. La ciudad se abre ante mi, como una esperanza, que no deja de estar llena de amenazas. Una calle amplia me marca el camino al puerto, lo he recorrido una y mil veces para realizar encargos de Reena. Si corro por ella no tardaría en llegar al embarcadero, el cual creo que es mi mejor opción para huir de aquí. No puedo permanecer en esta isla por más tiempo si quiero seguir respirando. O al menos si quiero conservar todas las extremidades. Ya he visto de lo que son capaces la familia y sus secuaces.
La avenida está bien iluminada, tanto que parece un camino pintado con luz para guiarme a mi destino. O tal vez sea como la lámpara de un pez abisal, que ilumina las profundidades para atraer hacia su boca a los incautos pececillos. Esta calle es sin duda el camino más rápido, pero no siempre ir más rápido es la mejor opción. Estaré muy expuesto, y aunque haya dejado atrás a los matones de Reena, puedo estar seguro de que no cesarán en su empeño por encontrarme y así poder ofrecerme como recompensa ante el jefe. ¿Quién sabe que podría llegar a darles por atrapar al único rebelde desde que tengo conocimiento de la banda?
Aparto mi mirada de la calle, buscando más opciones. Mis ojos, deslumbrados por tanta claridad, se adaptan para ver un nuevo camino. Uno mucho más adecuado a mis necesidades, en el que sin duda, me encontraría mucho más cómodo. Un callejón oscuro. Lleno de sombras y recovecos. Algo donde un amante del subterfugio, como yo, se encontraría como en casa. Veo un contenedor de basura. No parece tener nada en su interior y, pese a lo que me repugna la idea, podría se un buen escondite hasta que amaine el temporal. Podría esperar a que los guardias se marchasen a buscar a otro lado y entonces largarme de aquí. No, creo que no es buena idea. Si me demoro demasiado, seguro que Reena llena el puerto de hombres para evitar mi huida. Además, veo una sombra echada entre cartones. Un mendigo. Un testigo. Alguien que podría indicarles donde me escondo a cambio de un puñado de berries. No, definitivamente no es mi opción.
Sigo buscando. Noto mi pulso acelerado, que parece estar combatiendo con los rugidos de mi estómago por ver cual de los dos llena mi cabeza de más ruido. Me giro. A mi izquierda, una nueva posibilidad. Una puerta. Asomo mi cabeza para descubrir un pasillo con una luz al fondo. La iluminación viene de de la planta superior. La luz viene acompañada de un ruido familiar. El ruido que produce un gran grupo de personas bebiendo y bailando. Pienso si esa sería una buena opción para mi. Habrá demasiada gente y eso es algo que detesto. El contacto con los demás... No, gracias. Pero no tengo muchas más opciones. Además, el bullicio y gentío pueden ser mi mejor disfraz ahora mismo.
Me adentro por la puerta y avanzo cuidadoso hacia las escaleras. Aprovecho las sombras para observar oculto qué me trae la escena más arriba. Luces de neón y tumulto. Sin duda se trata de un local clandestino. Al menos se que estaré rodeado de gente que quiere tener tan lejos de sí a la autoridad como yo. Subo los escalones con decisión, como aquel que sabe dónde va. Avanzo hasta la puerta y llamo para entrar, mi mirada hacia el suelo, con la intención de mantener oculta mi cara gracias al sombrero. La puerta se abre y puedo sentir la música golpeando mi pecho. Una voz me gruñe urgiéndome a pasar rápido. Obedezco sin rechistar y me cuelo en el local.
Decido avanzar sin llamar la atención. No me dirijo al centro de la pista, pero tampoco voy pegado a la pared. Pretendo ser uno más y me deslizo entre la gente intentando no rozarme demasiado. El aire huele a una mezcla de tabaco y sudor poco recomendable como ambientador. Veo la gente bailando, bebiendo y gritando. Debo estar atento a cualquier movimiento sospechoso, pero, por el momento, me siento oculto.
INfo
